Recuerdos del río volador, Historia de la literatura

BOGOTÁ

enero 19, 2023

Por Mónica Acebedo


Recuerdos del río volador

Daniel Ferreira

Alfaguara, 2022


Daniel Ferreira selló con broche de oro su Pentalogía (infame) de Colombia. Esta última novela confirma que se trata de unos de los mejores escritores colombianos del momento. Las cinco novelas son maravillosas, pero esta, a mi juicio, es la mejor. El aparato narratológico es preciso y novedoso: una polifonía de voces, una historia fragmentada pero consecuente, cartas, fotografías, obras de arte y la magia de naturaleza dialogan con los sucesos más relevantes de Colombia y del mundo entre los años veinte y cuarenta del siglo XX. 



Yuxtapone magistralmente datos y personajes históricos, el descubrimiento del petróleo, la tecnología y la idea de progreso con la violencia colombiana, la marginalidad de los pueblos de Colombia y el impacto en las comunidades de la presencia de las empresas americanas:


«Por eso me puse esa ropa, porque iba a donde estaban el trabajo, el progreso y el dinero: el puerto del Cacique, la llanura lacustre de la concesión petrolera donde retozaron de amor los dinosaurios y donde desde el fondo de la tierra manó una lluvia de aceite negro que convirtió una aldea de pescadores en una fabulosa ciudad de hierro, quemadores y chimeneas que fabricaba dólares […] (31).  Pero además, es una historia de amor muy conmovedora. 


Alejandro Plata trabaja en el Puerto del Cacique, un pueblo ficticio que  se ha desarrollado a partir del descubrimiento de petróleo y el establecimiento de una refinería. La trama gira alrededor de la desaparición de Alejandro y la búsqueda que emprenden su hermano y su madre. Lucía Lausen es una maestra de escuela que se mueve por varios pueblos de Colombia. Entre ellos se desarrollará una compleja relación que se va fortaleciendo y debilitando al capricho de los lectores. El río Magdalena es el protagonista de esta maravillosa historia que se va construyendo en desorden cronológico, junto con una serie de personajes enigmáticos y muy reales, que reflejan el sentimiento de una nación entera que trae a cuestas una historia indeleble de violencia. 


Es el perfecto ejemplo de polifonía narrativa. Escuchamos diversas voces que se confunden en el tiempo y en el espacio, pero que edifican con firmeza el núcleo de la historia. Cuando utiliza la primera persona evoca intimismo y sentimiento:


«Mi hermano Alejandro diseñó un plan para burlar la presencia de nuestra madre» (11). (Timoleón Plata, el hermano de Alejandro).


«La niebla bajaba como un manto de novia y cubría la montañas gemelas Montefrío y Montaña Redonda. Sabíamos que luego de penetrar en los bosques y difuminar las cumbres, el banco de niebla cerraría la vista de la carretera y de la Peña de Fedra blanca del barranco de Chinchón» (49). (Elena, la hija de Lucía).


«Huele a tierra mojada y pienso en ti, Lucía. Me pierdo en tu recuerdo como me perdí en una selva, como me perdí en el cielo, como me perdí en tu pelo, como me perdí recorriendo tus pechos, como me perdí en tu nuca y los bordes de tu cara y de tu frente romana, como me perdí en la casa oscura de zaguanes y claraboyas donde fui niño y descubrí el trayecto de la luz en el polvo suspendido» (516) (Alejandro).


La segunda persona también está presente ya sea en cartas o la conciencia hablando: «Te detienes en la arena caliente y observas el cielo. Las aves esconden grandes enigmas. Su dirección de vuelo, su tiempo exacto de aparianiento, su canto» (180). (Alejandro)  


Encontramos igualmente a un narrador en tercera persona, algunas veces desde alguno de los puntos de vista de algún personaje o, en otras, omnisciente, que ayuda a darle neutralidad a la narración: «Toda la noche se oyó el ruido de la lluvia. La lluvia cesó antes del amanecer, de repente callaron las hojas de plátano y los techos de zinc». (141) 


Esas múltiples voces narrativas juegan con unos tiempos verbales que le dan inmediatez a la narración o ponen distancia para que el lector pueda contemplar las escenas y trabajar en su propio criterio, ya que, precisamente, Ferreira es un mago en el mostrar y no contar. Eso sí, describe cuando se necesita.


«Me voy a morir, Lucía, en cualquier momento me voy a morir, pero escúchame bien lo que voy a decirte: siempre sentí que nadie me amó, y que por la misma razón yo no podía amar. Hasta que te conocí.


Lucía alza el paquete de cartas y busca otra. La desdobla». (290).


Desde la perspectiva del género, se podría decir que es al mismo tiempo una novela telúrica, de violencia, romántica e incluso histórica. Rezuma 


numerosos temas como la violencia, el bipartidismo, el progreso, la influencia del el comunismo internacional, las luchas sindicales, la historia del petróleo, la historia de la fotografía, el amor y muchos más…


No quiero cerrar este breve comentario de una novela de la que se puede hablar mucho, sin alabar la labor editorial de Carolina López Bernal: espectacular edición. 


¡Esta novela toca leerla!

*** 

Mónica Acevedo, es crítica del diario El Espectador y profesora de literatura en la Universidad de los Andes

https://www.monicaacebedo.com/recuerdos-del-rio-volador/

Recuerdos del río volador, Revista Generación

El revelado de la imaginación narrativa

Por Clemencia Ardila

Revista Generación

El Colombiano

15 de enero de 2023

Recuerdos del río volador, de Daniel Ferreira, Alfaguara,523 páginas.



En ocasiones la lectura de una obra nos convierte en lectores ávidos de un autor, atentos a sus publicaciones y, en el caso del escritor santandereano Daniel Ferreira, seguidores expectantes de su proyecto de escritura: una pentalogía de la violencia en la Colombia del siglo XX. El autor desarrolla una historia cruenta y brutal de nuestro país cuyo inicio arranca con la guerra de los Mil días (El año del sol negro, 2018) y finaliza con las incursiones de guerrilleros y paramilitares (Viaje al interior de una gota de sangre,2014), pasando por las luchas por la tenencia de la tierra (Rebelión de los oficios inútiles, 2015), las huelgas obreras de 1920 y la violencia bipartidista tras la muerte de Gaitán (Recuerdos del río volador, 2022), sin olvidar el maltrato en el seno familiar, el miedo que obliga a asesinar, el amor que lleva al filicidio (Balada de los bandoleros baladíes, 2011).


El amor y el sufrimiento

No hay lugar a dudas de la importancia de la temática de las cinco novelas y del desconcierto y tristeza que nos sucinta el sabernos parte de una sociedad cuyo inventario de formas y razones para estigmatizar y aniquilar a los otros es tan diverso como feroz y sangriento. Sin embargo, la relevancia de esta pentalogía trasciende su asunto para proyectase en un universo narrativo contundente en su propuesta estética. Las estrategias para lograr tal efecto son tan diversas como las novelas mismas, pero es quizá en Recuerdos del río volador donde se nos revela, y el término no es gratuito, cómo el lenguaje se torna en materia maleable y el autor en un artesano de palabras.



Críticos

La ficción en positivo


Además de la polifonía de voces y perspectivas acerca de los hechos, común a todas las novelas, de la presencia de recursos narrativos diversos —cartas, diarios, testimonios, comentarios del narrador —, se configura un personaje central, Alejandro Plata, heredero de un espíritu andariego y aficionado a la fotografía. Desde los 19 años recorre el río Magdalena capturando con su cámara escenas de la vida cotidiana, social y política que, finalmente, se evidencian en el río: “Quería fotografiar eso, la vida del río: sus cambios de temperamento, los surcos y derivas como caminos descartados con los siglos. El enigma de ese río. Sus fantasmas”. Esas fotos son el núcleo de la narración; en ellas se condensa una historia y se cifra una visión del mundo. El narrador y los personajes son, tanto como nosotros, lectores de cada una de esas postales que no existen sino en la palabra, que han mudado hacia ella, para, por obra y gracia del lenguaje, retornar a su origen. Al fin y al cabo, dice Alejandro, “la imaginación y el recuerdo, que significa traer al corazón, y la vista se asemejan”. Ya lo señalaba Cortázar y Ferreira lo reitera, con su propuesta estética, con la inclusión de fotos en algunas de sus novelas, el oficio del fotógrafo es similar al del escritor.


*Profesora e investigadora en literatura

https://www.elcolombiano.com/generacion/criticos/resena-sobre-recuerdos-del-rio-volador-de-daniel-ferreira-NB19815679