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Rebelión de los oficios inútiles, por Mattías Meragelman

(Antes de adentrarse en esta reseña, los lectores deben saber que el libro del colombiano Daniel Ferreira es el mejor texto que leí en los últimos años. Hacía mucho tiempo que una novela no me impactaba tanto. Hecha esta advertencia, pueden leer).
“Rebelión de los oficios inútiles” es parte de una serie de cinco relatos que el colombiano Daniel Ferreira decidió escribir como parte de la descripción sobre su país y que en el caso de este libro en particular le valió el premio Clarín de novela del año 2014.
El texto narra la historia de Ana Larrota, una dirigente social que encabeza la lucha por la ocupación de unos terrenos abandonados y que pretenden se usen para construir viviendas para los sectores carenciados de la población. También cuenta la vida de Simón Alemán, el empresario dueño de esos predios y al mismo tiempo el protagonista de una historia de vida marcada por el desamor. Finalmente, aparece Joaquín Borja, el periodista que decide contar la historia de estos personajes y enfrentar desde el relato periodístico a la sociedad de la cual forma parte.
La primera virtud de esta historia es cómo está escrita. Ferreira logra una gran dinámica narrativa y la concreta a partir de una mezcla de estilos: aparece y desaparece la primera persona, surgen nosotros, ellos y ustedes, capítulos sin puntos aparte y con párrafos eternos. Sin embargo, en todo momento uno sabe quién y de qué está hablando. Un relato que manifiesta muchos estilos sin que el lector se pierda.
El segundo elemento a considerar es la gran metáfora que la obra es, desde su título, desde las pequeñas historias de los personajes y sus consecuencias colectivas. Ferreira logra el sueño de todo escritor de pintar su aldea para estar pintando el mundo. No está contando la historia de un pueblo de Colombia, está narrando una gran parte de América Latina y es fácil sentirse identificado con muchas de las historias que en este texto se plantean.
Quizás más cerca de la crudeza de Fernando Vallejos que del realismo mágico de García Márquez, quizás parecido a algunos momentos de Vargas Llosa y su descripción de la dictadura de Trujillo. Daniel Ferreira impacta, atrapa y si el resto de la “Pentalogía de Colombia” logar mantener el mismo ritmo, estamos frente a un joven de 34 años que seguiremos leyendo por varios años más.

Mattías Meragelman [Argentina]

La violencia contenida, Margarita Valencia sobre la obra de Daniel Ferreira

Por Margarita Valencia 
[Editora, escritora, profesora]


El arte es arrojarse al vacío e ir construyendo las alas a medida que uno cae: Las palabras son de Patricia Ariza y las cita el escritor colombiano Daniel Ferreira, quien acaba de ganar el premio Clarín de Novela. Este es un premio joven (existe desde 1998) y Daniel Ferreira, nacido en 1981, es el más joven de sus ganadores hasta la fecha. De hecho es el más notorio representante de la más reciente generación de escritores colombianos, entre las cuales podemos nombrar también a Alberto Bejarano, o a Margarita García. Esta última, residente en Argentina, decía hace poco en una entrevista que no podía evitar subrayar en su ficción ciertas prácticas y hábitos de la sociedad colombiana a las que nos hemos habituado quienes las padecemos cotidianamente pero que resultan aberrantes cuando se las mira desde fuera. Ferreira, que vive en Colombia, hace lo mismo, aunque su obra es radicalmente diferente de la de García.
En el comunicado de los organizadores del premio de Narrativa Eafit, recientemente fallado, se subrayaba el hecho de que ninguno de los once libros finalistas se ocupaba de la violencia. La obra de ficción de Ferreira hasta la fecha se ocupa exclusivamente del tema: "A nosotros nos tocó dar cuenta de otro mundo, aseguró recientemente: la proliferación de las urbes, los éxodos, los destierros, los campos arrasados del siglo XX. Yo pertenezco a la tradición de la novela de la violencia a la que trato de darle una interpretación y un tratamiento estilístico distinto del de las décadas anteriores."
No es azar que cite a Patricia Ariza, quien desde el teatro se ha ocupado del tema. Ni a Daniel Caicedo, o a Osorio Lizarazo, entre los colombianos; o a Agota Kristof y Nellie Campobello.
Son muy pocas las novelas de las dos generaciones anteriores que abordan el tema de la violencia con seriedad y calidad narrativa. En cambio la industria editorial se dio un banquete con las historias indigestas e indigeribles de secuestrados y secuestradores, asesinos y sobrevivientes, empeñados todos en evacuar sus miserias sobre unos lectores que, comprensiblemente, prefirieron la frivolización de la muerte a su vivencia cotidiana.
La obra de Ferreira marca, esperamos, un hito en la vida del país y de su literatura. Uno en el cual, quizás, ya lo peor quedó atrás y podemos enfrentarlo, horrorizados pero listos para seguir adelante.

Editorial del Programa radial Los Libros, emitido por Radio Nacional de Colombia
Oir el programa

LA BALADA DE LOS BANDOLEROS BALADÍES, por Adriana Marcelo

La balada de los bandoleros baladíes ha sido reeditada por Editorial Arte y Literatura. La presentación de la edición cubana en la Feria del Libro de La Habana 2015 a cargo de la editora Adriana Marcelo

LA BALADA DE LOS BANDOLEROS BALADÍES, O CÓMO ROMPER EL MOLDE

Muchos de los narradores de hoy han creado con su escritura una suerte de círculo vicioso del que resulta difícil salirse. Por difícil no son muchos los que lo intentan, y quedan atrapados cómodamente en un terrible lugar común, lleno de personajes repetidos una y otra vez, de situaciones estereotipadas, de temas tratados todos de la misma manera infértil; crean una literatura ausente de individualidad que como resultado funciona como caricatura deforme, como un muñeco hecho con gastados rellenos, cosido de manera tan obvia que repele al lector.

En este panorama donde casi todo resulta una burla de sí mismo aparece un escritor que logra empujar por las escaleras al guiñapo de muñones y costuras en su silla de ruedas. Daniel Ferreira se autoexilia, alejándose del lugar común donde muchos se presentan arrastrándose. Surgen entonces algunas interrogantes: ¿qué es lo verdaderamente diferente en Ferreira? ¿cómo logra saltar el cerco para burlar los fantasmas de los estereotipos y de las etiquetas? La diferencia radica, a mi entender, en la manera en la que se cuenta, en el tono, en el posicionamiento. Daniel Ferreira escribe desde un oscuro lugar que pareciera por momentos ser el desencanto. No hay un su poética intención moralizante, no pretende documentar. Escribe a veces como forma de venganza, arremete contra todos, porque no puede ser de otra manera. La escritura pareciera convertirse también en exorcismo, en tabla de salvación, en auxilio vital.

Dicha forma de posicionarse es lo que provoca que este autor marque una diferencia; da lo mismo entonces si en sus novelas habitan traficantes, asesinos, prostitutas, policías, porque no serán personajes mutilados o mutilantes. Y es que, lo que marca la diferencia es saber alejarse del modo de hacer tradicional en el que existe la tendencia de crear personajes colectivos, pues uno representa a todos. Ferreira sabe cómo individualizar sus protagonistas y darles voz. La madre que decide matar al hijo idiota, el policía obsesionado con el destino que le deparan las cartas de una baraja, un hijo deforme que acaba con su familia, son algunos de los que aparecen en La balada de los bandoleros baladíes. No hay buenos o malos; sino personajes humanos, a veces, es cierto, repulsivamente humanos, que matan, y sobreviven, creando así, lo que el propio autor ha considerado que debe crear la literatura: “un mapa del país en el que ha nacido”, y a través de estos personajes, se intenta encontrar caminos posibles. La  novela recrea un medio pervertido por una violencia “cada vez más cruda y desconcertante” favorecida por la guerra, las droga, pero no confunda el lector esta novela con algún bodrio hollywoodense, la narrativa de Ferreira a pesar de que no justifica el uso de la violencia, tampoco la juzga, ni se regodea en ella. Retrata una sociedad en la que la violencia se recicla, en la que las víctimas terminan por convertirse en victimarios. Pero la violencia recreada por Ferreira no es solo física, no es únicamente la de “ojos cosidos, o la de cera caliente en los oídos, o uñas arrancadas a la madre, o el martirio de un hombre clavado por la clavícula”… no, es también la soledad total de una madre, es la indiferencia de la hija, es el rechazo sufrido por el enfermo. Ferreira explota también la violencia cotidiana, esa que es menos espectacular, pero igual de terrible, la que sufren e infligen personas aparentemente normales.

Con un estilo llano y muchas veces deliciosamente socarrón, donde las cosas se dicen sin medir consecuencias, sin interesarse en el peligroso término de lo “políticamente correcto”, Ferreira nos introduce a un mundo de horror y desencanto. Un mundo de pérdidas de ilusión y aspiraciones, un mundo en el que los personajes hacen de todo en intentos, muchas veces trágicos, por salvarse. No se intuye en su narrativa molestos intentos moralizantes, lo que el lector inteligente agradecerá de seguro, pues cómo mantener una actitud esperanzadora e idealista en medio de la barbarie, cómo no regodearse en el desencanto cuando todo conspira para eso. Cómo conservar algún indicio de ilusión en un lugar donde se respira violencia. Refiriéndose a la narrativa de Ferreira, Juan Cruz Ruiz dice, “asistimos a hechos, en general atroces y en ocasiones delicadamente celebratorios de la vida y la belleza del mundo, pero sin la mediación de un narrador o testigo que juzgue, las cosas son como son, no hay más que el destino, se asume, se sufre, a veces se disfruta pero no se juzga”.

La técnica de Daniel Ferreira en esta novela es la mesura: oraciones cortas, sencillas y demoledoras van dando corpus a la historia. No hay una palabra de más. El autor no se detiene para crear efecto alguno, pues su ausencia resulta más convincente y demoledora cual tajazo de machete que divide el lector de lado a lado. Lo esencial no es la espectacularidad de la violencia, lo esencial es lo que ella esconde. Así pues con este estilo llano lo contado es solo la punta del iceberg, la violencia es lo que se muestra, ocultando algo mucho más peligroso: el horror, lo diferente no es lo que se narra, es lo que se intuye detrás de las historias contadas. La novela se nos presenta fragmentada, triturada, donde cada parte resulta ser la voz de un personaje que cuenta su historia terrible de vida, donde cada trozo parece convertirse en suerte de aullidos lanzados por los que hablan, por aquellos que relatan su historia.
 La balada de los bandoleros baladíes retrata un mundo cruel, terrible y enfermo, pero real, en el que todos corremos el riesgo fatal, cual equilibristas de circo de caer y convertirnos así en posibles criminales.

Adriana Marcelo, filóloga y editora

Viaje al interior de una gota de sangre, en Puerto Rico

Reseña aparecida el Domingo 1 de abril 2012, diario El nuevo día, Puerto Rico
Como su título indica, la segunda entrega de la "Pentalogía de Colombia", de Daniel Ferreira, se perfila como un viaje hacia la inmolación.
Al principio de la novela, los atardeceres y los platos de comida (rodajas de cabro, sangre de carnero) ensombrecen la tranquilidad de un pequeño pueblo colombiano y anuncian el desastre irrevocable. El texto abre con una masacre en la que mueren unos personajes cuyo anonimato se esfumará en los capítulos subsiguientes. La novela maneja la estructura narrativa de manera distinta de La balada de los bandoleros baladíes, aunque con destreza equiparable. Ya no estamos ante un rompecabezas que cobra sentido al final, sino que presenciamos retrospecciones que permiten, no ya entender la trama, sino inclinarnos hacia los personajes. Además, por supuesto, conjeturamos las causas de la masacre, que implican a un sacerdote "comunista" y a la escuadra paramilitar que pacifica el pueblo a base de ráfagas de metralleta y tiros de gracia. Un joven que despierta sexualmente, un ebanista contratado por la iglesia, varias participantes de un patético certamen de belleza, patriarcas pueblerinos y un niño inteligentísimo habitan brevemente el texto. El hermoso y tristísimo viaje, narrado hacia lo más entrañable de sus deseos y miedos, se origina en la explosión de sangre. La explicación política (guerrilla versus autodefensa; ambos versus el campesinado; narcos y gobierno triunfantes) da pie a otras minúsculas causas de violencia: rencillas internas ante cuyas historias asistimos. Las minúsculas reyertas entre los habitantes del pueblo propendían hacia la hostilidad y el resentimiento; la verdadera violencia, sin embargo, baldea la posibilidad de odio o redención.
Puede que al final se perfile el paraíso perdido de ensueño, el espacio campestre arcádico que no equivale a otra cosa que a una existencia sosegada: a un pasado que debió ser o a un futuro no vislumbrable aún.


Mónica Gómez presenta Viaje al interior de una gota de sangre, en La Habana

Presentación Viaje al interior de una gota de sangre, Premio Alba Narrativa, Feria internacional del libro de La habana, febrero 2012. 

Mónica Gómez*:

[…] La novela Viaje al interior de una gota de sangre interesará a los lectores desde el primer instante de la lectura. Su historia empieza una tarde del mes de septiembre en un pueblo que se prepara para elegir la reina de la belleza, durante la celebración de las ferias populares. De repente irrumpe un grupo de encapuchados en una camioneta negra. Buscan al cura del pueblo, al que acusan de revolucionario y comunista. Podría ir contando el argumento completo de la novela, sin que ello influya en el posterior disfrute de la lectura, pues lo que singulariza y hace atractivo este texto es la manera en que está narrada su historia; la estructura circular de la novela.
En el primer capítulo, titulado La hora de las sombras largas, tiene lugar lo que podríamos denominar el núcleo circular de la novela, donde un narrador omnisciente, en tercera persona, nos relata lo que ocurre después de la llegada de los encapuchados. Los diferentes recursos que utiliza el narrador para atrapar al lector y crear lo que podríamos denominar “el suspenso”, son elementos a destacar. Específicamente, me refiero a como el narrador va reiterando y dilatando las horas, con diferencia de minutos, en que va ocurriendo cada uno de los sucesos narrados. Cuando uno termina la lectura del primer capítulo, cualquier lector podría pensar que el narrador ya nos ha dicho todo lo que sucederá. Sin embargo, es en el segundo capítulo, titulado Las mujeres locas que asesinaron a Orfeo (y fijen también su atención en los sugerente de los títulos de cada capítulo) en que la novela se va haciendo cada vez más interesante. Ahora la historia va a ser narrada de forma fragmentaria, como con cortes cinematográficos, mediante constantes retrospectivas y rupturas temporales (desde el punto de vista de algunos de los personajes que habían sido mencionados en el primer capítulo). Esta peculiar estructura posibilita que el lector viaje entre el pasado y el presente de los personajes que transitan por la novela. Así nos aproximamos a conflictos de personajes como Delfina, alrededor de la cual se orquestan otros personajes de la historia: una muchacha cuyo padre contrabandista fue asesinado al regreso de Venezuela, y su madre la obliga a tener relaciones con un hombre mayor por dinero. Encontramos también a un maestro de escuela alcohólico que llegó a ese pueblecito para tratar de averiguar cómo fue asesinado años atrás su abuelo pintor, comunista y homosexual. Se conocen también pasajes de la vida del cura, al que los encapuchados llegan buscando, así como sus ideas liberales. Además la historia de un niño, que vive en el hotel del pueblo con su madre, personaje de gran importancia y cuya narración es uno de los pasajes más impactantes de la novela. A medida que avanzamos en la novela, todas estas historias que nos pueden parecer alejadas y sin conexión entre sí, se van entretejiendo de forma magistral y permiten un diálogo muy activo con el lector, en la medida en que éste va reconstruyendo y organizando los diferentes pasajes de la novela.
Los invito entonces a que compren y lean Viaje al interior de una gota de sangre. No porque su autor esté sentado a mi lado, sino porque es una excelente representante de la narrativa escrita por jóvenes en Latinoamérica. Y ahora, que sea el propio Daniel quien nos hable de su novela. […]

Daniel Ferreira:

[...] Gracias Mónica. Creo que acaba usted de evitarme la penosa labor que es hacer la propia sinopsis de la novela que uno escribió. Voy a comentar brevemente ese proyecto personal llamado tentativamente Pentalogía de Colombia. No es un proyecto apresurado, sino en el que llevo trabajando muchos años como si se tratara de una sola obra. En realidad son cinco novelas que ambientan algunos de los episodios y momentos de los conflictos sociales que ha tenido Colombia a lo largo del siglo XX. Esta novela en particular [Viaje al interior de una gota de sangre] está situada en un universo histórico alusivo que viene a ser los años ochentas del siglo pasado: una década que vio complejizar el conflicto armado al ver surgir los primeros cuerpos de ejércitos paramilitares, en zonas aisladas, rurales, y que hacia los años noventas controlarían ya zonas extensas y específicas del territorio nacional. En este tiempo alusivo es que se da el argumento de la novela. Los demás volúmenes (uno de los cuales presenté en esta misma feria el día de ayer) ambientan otras épocas. A diferencia de esta novela (que explora y trata de recomponer la vida de un grupo de personajes que van a ser asesinados) La balada de los bandoleros baladíes es la antítesis de Viaje al interior de una gota de sangre, porque aborda la vida de los criminales, en los años noventas. Son, si se prefiere, perspectivas antagónicas, pero complementarias. Lo que buscaba explorar en esta novela es el mundo interior de la víctima en el momento en que su vida es segada. Esto no se puede hacer con el periodismo, por los grilletes de la realidad a que se obliga el cronista. Pero con la literatura se puede transformar el tiempo, hacer estas retrospectivas, digresiones, estas anamnesis, estos recuerdos involuntarios que ha ido mencionando Mónica en su extraordinaria presentación. Y bueno, estoy muy contento de haber recibido el premio Alba Narrativa. Creo que con obras que muestren experimentaciones formales se puede ir dando una buena muestra del mapa de narradores que tienen Latinoamérica y se puede consolidar el premio como un referente (además de convertir en una alternativa para escritores que venimos de zonas de penumbra editorial). Para no extender más este evento porque ya viene el anuncio del ganador del tercer certamen, los invito a escuchar ahora a la editora de El papel de lija y a su autor, Alejandro Carpio, que siempre nos hace reír con su ingenio [...]

*Mónica Gómez, editora al cuidado de la edición cubana de Viaje al interior de una gota de sangre, editorial Arte y literatura, 2012.

Pentalogía de Colombia en Cuba

Por Isbel Gonzales*
Daniel Ferreira

América Latina, la región del planeta de mayores diferencias sociales, cuna de infinidad de dictaduras, golpes de estado, gobernantes caudillistas, corruptos y sicarios, centro además del narcotráfico mundial y eterno traspatio de oscuros intereses norteamericanos y de otros países del primer mundo, ha devenido, por estas y otras muchas causas en una de las regiones más violentas del planeta y nuestra literatura, por supuesto, no ha podido librarse de este estigma y ha reflejado en muchas de sus grandes obras las disímiles caras de esta violencia, tanto física como sicológica.

La estética de la violencia

El guatemalteco Augusto Monterroso nos dice en su ensayo Novelas sobre dictadores 1 que, y sito: Entre las muchas cosas que Hispanoamérica (y aquí supongo que quiso decir Latinoamérica) no ha inventado se encuentran los dictadores; ni siquiera los pintorescos y mucho menos los sanguinarios. […] y en Europa, […] hace algunos años comenzaron a pensar qué divertido, cómo Hispanoamérica (o Latinoamérica) puede dar esos tipos tan extraños. Y es cierto, Latinoamérica no ha descubierto las dictaduras, mucho menos la violencia, pero es innegable que, como quizás en ningún otro sitio del planeta, las dictaduras y la violencia en general han copado muchas de sus grandes obras, han alcanzado grandes valores estéticos, pudiéndose hablar, quizás, de una “estética de la violencia”, violencia que por demás ha sido en ocasiones prácticamente el personaje protagónico de muchos de estos textos. Ejemplos memorables Muchos de los autores del llamado “boom” latinoamericano han abordado, con gran acierto, la violencia y sus disímiles aristas; no solo la violencia institucional, como en el caso de las grandes novelas sobre dictadores, sino además la violencia más “doméstica”, por llamarle de algún modo. Basten mencionar, por ejemplo, el extenso relatoCrónica de una muerte anunciada, del colombiano Gabriel García Márquez, o la novela La ciudad y los perros, del peruano Mario Vargas Llosa e incluso el relato Los cachorros, del mismo autor, donde la violencia es más contenida, más bien sicológica. Pero esta violencia, que se universaliza a partir del mencionado “boom” es un fenómeno literario muy anterior a este, si bien es cierto que con un carácter menos urbano, o sea, más rural, con autores precedentes y que solo fueron lanzados al panorama literario mundial gracias al referido fenómeno. Entre ellos se encuentran Juan Rulfo(recordemos su famoso relato Diles que no me maten, o la novela Pedro Páramo), Julio Cortázar (el más citadino de estos autores, no ha de olvidarse que residió muchos años en París), Alejo Carpentier, Octavio Paz, Juan Carlos Onetti o Jorge Luis Borges (con sus historias sobre payadores). No solo la literatura, por supuesto, ha estado permeada por esta violencia, sino también el resto de las manifestaciones artísticas. Baste citar, entre la infinidad de ejemplos, la conocida y multipremiada película brasileña Ciudad de Dios; aunque cierto es, como afirman muchos críticos, y a pesar de sus muchos reconocimientos, que esta se regodea en la mera violencia, sin ir más allá de lo epidérmico, sin ahondar en sus raíces.

Una novela de y desde la violencia

"Dos hombres irrumpieron en la habitación de la anciana. ¿Dónde está la plata, vieja hijueputa? Cuchillo y navaja, y puño cerrado." Así comienza La balada de los bandoleros baladíes, de Daniel Ferreira. Entonces uno tiene dos opciones; Uno: decirse, bueno, solo otra historia de la violencia gratuita y cerrar el libro o, Dos: continuar leyendo y descubrir una excelente novela de y desde la violencia. Y digo “desde” porque La balada… es una novela construida completamente mediante el descomedimiento y la intemperancia. Hay dos modos de revelar la violencia, desde el distanciamiento e, incluso, el humor (como el memorable ejemplo del filme italiano La vida es bella, de Roberto Benigni) o desde la tragedia y la violencia misma y esta alternativa es la que nos ofrece Daniel en esta, su primera novela. Este, considero, es uno de los principales aciertos del libro, el de transmitir al lector ese estado de ánimo de zozobra y temor que poseen sus personajes, el de hacernos partícipes de ese ambiente sórdido y equívoco, de llegar a sentir, incluso, ese olor pútrido de la muerte. Y en este modo de mostrarnos los escenarios de la historia, de hacernos partícipes de ella a través de todos los sentidos y, sobre todo, de lo olfatorio y lo visual, el autor tiende puentes, tal vez de modo inconsciente, hacia otros autores que le preceden, incluyendo a García Márquez, su coterráneo. Y es que ese ambiente sofocante y de modorra del trópico o ese olor fétido de los pantanos del Gabo están también presentes en La balada…, pero desde una óptica más implacable.

Sinfonía para nada baladí

Esta novela hecha a retazos, aparentemente dispersa, es según palabras de su propio autor, un intento de captar la dispersión de su propio país, y yo diría que, más bien, la dispersión de Latinoamérica en general, de esta región del mundo hecha también de retazos, retazos de etnias, culturas, razas, geografías. Retazos que van colindando, se van superponiendo, solapando, interactuando o confrontando para conformar lo que ha dado en llamarse la identidad latinoamericana. De igual modo, las historias aparentemente disímiles de La balada… van engranándose poco a poco para revelarnos, finalmente, que la violencia es solo la epidermis de un fenómeno social mucho más profundo, y que sus semillas están bien escondidas dentro de cada uno de sus personajes y, por qué no, de nosotros, listas ha germinar si la sociedad y los sistemas que nos rigen las abonan.

Isbel Gonzáles* Escritor y astrónomo aficionado. Fue galardonado con premio Semana Negra de Gijón, España.

La balada de los bandoleros baladíes, reseñada

Por Germán Martínez Aceves*
Publicado en Boletín Bibliográfico, Universidad Veracruzana

Un signo de los tiempos: la violencia. Es cierto, no es exclusiva de los inicios del siglo XXI. La furia, el odio, el rencor, son sentimientos inherentes al ser humano, sólo que el aniquilamiento sistemático, la muerte como sistema de sobrevivencia que crece como cáncer incontrolable y corroe las estructuras sociales, se convierte en una desesperanza sin fin. Esos temas los encontramos en La balada de los bandoleros baladíes, ópera prima de Daniel Ferreira que le hizo merecedor del Premio Latinoamericano a Primera Novela Sergio Galindo. En Ferreira encontramos a un narrador sorprendente. Nacido en Colombia (1981) se ha dedicado a escribir la historia de seres que nacieron en el lado oscuro de la vida, productos de la inequidad social que no sólo es la carencia económica sino también la ausencia de amor o nobleza. Podríamos caer en el estigma fácil de que La balada de los bandoleros baladíes es un canto eterno del entorno colombiano, pero basta vernos en nuestro espejo y la realidad nos mostrará nuestro rostro actual de atrocidades y anarquías que construye la violencia cotidiana. En menor o mayor medida, podemos encontrar en otras sociedades la construcción del deterioro, la derrota de la felicidad. En La balada de los bandoleros baladíes encontramos una literatura que no se regodea en la violencia como eje sistemático que trata de hacer una apología del delito, sino que explora el mundo interior de los hombres violentos y el nacimiento de la mente criminal. En la portada del libro aparecen cinco calaveras bicicleteras de José Guadalupe Posadas y de fondo los colores de la bandera colombiana (buena combinación de ideas) que de alguna manera nos representa a los cinco personajes centrales de las historias entrecruzados en la novela. Mercenarios, cazafortunas, ladrones, prófugos de la felicidad y una madre costurera que tiene un hijo con discapacidades a quien llama La Bestia.
La novela está lejos de tener una estructura clásica; es más bien un reto al lector para que ate los cabos y cuadros diversos. La reminiscencia es parte esencial los flash backs y las fracturas sentimentales que moldean a los personajes que narran sus vidas desde la marginalidad, la indigencia o la locura en abismos de soledad absoluta. Las historias surgen del barrio caótico, de los tiraderos de la basura, del taller mecánico, de las calles sin ley, de la guerrilla que trafica con armas, del sexo que parece tener sólo razón de ser en la violación o el pago por evento y en los narcóticos evasores de la realidad. La violencia es la cotidianidad y en la novela tiene un momento extremo en la matanza en el Machox-Bar, un tugurio de trasvestis que queda sentenciado por el crimen: “Aquí estuvo la justicia”.
Si algo esquiva la vida de estos bandoleros baladíes, seres sin valor, es la felicidad, ese sentimiento raro que desaparece cuando pasa el efecto de la cocaína o la heroína, la descarga del odio y el rencor o la pérdida del dinero, oropel que cubre placeres primitivos. El proyecto abarca lo que el autor llama “Pentalogía infame de Colombia”. La primera novela es La balada de los bandoleros baladíes, continuarán Guerrilla, Una hoguera para que arda Goya, Rebelión de los oficios inútiles y Un millón de desconocidos.
Es seguro que el escritor no estará agotado y continuará construyendo con su literatura la narrativa de estos tiempos violentos. Por lo pronto esta balada es un canto del hombre arropado por la soledad y la desesperanza descrito por un escritor novel magistral.

*Escritor y cronista mexicano.