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3 novelas de Daniel Ferreira, por Juan Ramón Duchesne

Por Juan Ramón Duchesne* 

2025


Viaje al interior de una gota de sangre


«Es profesor de un colegio donde nadie atiende. Donde nadie aprende. Donde nadie se quiere educar para el futuro porque todos los alumnos saben que para ellos no habrá futuro» 


Este pensamiento del maestro de la escuela de un pueblo entre muchos otros masacrados casi en su totalidad por paramilitares de derecha en Colombia, nos conecta a todos con el núcleo de la violencia no sólo política sino más acá y más allá de la política que afecta a casi todos los países del planeta: el cero futuro, signo de nuestra actual  existencia particularmente manifiesto en las tribulaciones de la educación pública.


«Viaje al interior de una gota de sangre», la segunda novela de la Pentalogía de Colombia, ahonda en las capas y suelos del afecto, el desafecto, el poder, el micropoder y el odio inseparables de la pasión política violenta y sus arcanos.



Precisamente porque, como nos enseña esta novela, NO todo es política, es que no existen soluciones políticas si no se va más allá y más acá de la política.


Daniel Ferreira nos va mostrando, cual si nos develara un mural oculto, el escenario pasional secreto de una masacre. Por tanto, la composición de la novela es espacial, a manera de un paneo de las íntimas perspectivas de varios personajes inolvidables a los que no se les pudo preguntar, «¿Qué hacías tú cuando la masacre?» pues no vivieron para contarlo, con excepción de un solo niño que se salva inexplicablemente. 


El caso es que la voz narrativa principal sí nos narra lo que vivieron en ese día aquellos que no vivieron para contarlo. Lo hace valiéndose del ancla afectiva que le proporciona el niño sobreviviente, que nació sabiendo leer desde que su madre lo parió, antes de ir a escuela alguna, niño a quien no pudo conocer el maestro frustrado que cito al principio, pues también fue abatido por los paramilitares frente a la escuela.



La balada de los bandoleros baladíes


Esta es la primera novela de las cinco que componen la impresionante Pentalogía de Colombia, de Daniel Ferreira.


De esta magnífica prosa brotan incesantes relámpagos de oscuridad que no enceguecen sino que obligan a mirar como se desoculta el exceso de la realidad manifiesta en la violencia. La ambiciosa serie, cuyas novelas son independientes, aunque relacionadas, se propone plasmar traumas íntimos y colectivos de la historia contemporánea que redundan en trágicas epifanías de la fatalidad humana.



A veces se habla de la “novela de la violencia” como si fuera un subgénero del pasado, pero no, esta novela demuestra que esa realidad histórica es actual y tiene mucho que decir todavía, incluso más que antes, desafortunadamente, y que la obligación es seguir escuchando.



Rebelión de los oficios inútiles


«Claro que existe la lucha de clases, y la clase rica, mi clase, la está ganando»

—Warren Buffet


Las novelas reunidas en la «Pentalogía de Colombia», de Daniel Ferreira, nos dejan el sabor de que, nos guste o no, el notorio financista Warren Buffet dice lo cierto: la lucha de clases por supuesto que existe, y la clase suya, la oligarquía financiera, la está ganando. Prueba de ello es que ya casi nadie quiere hablar de la lucha de clases.


No por nada la mayor parte de la izquierda del siglo veintiuno ha tirado los guayos, ha abandonado la lucha de clases y se ha amañado al postureo de las identidades postizas del capitalismo líquido, cuestión no más de dar el performance, como dice Judith Butler. Y por ahí se ha ido también la literatura actual.



Pero Daniel Ferreira es de los tercos que no olvidan esa incorregible lucha de clases que Marx llamó «motor de la historia». Allá los posmodernos con su performance, parecen decirnos las novelas de Ferreira, pero el «viejo topo» de la revolución sigue cavando. 


Rebelión de los oficios inútiles, como las entregas previas del autor santandereano, instala varios paneles de tiempo y espacio en torno a un momento histórico de la violencia. Cada protagonista tiene su panel y su perspectiva. Las vidas íntimas de estos protagonistas proveen focos diversos del evento y, al acumularse, lo transforman; todas se cruzan en el acontecimiento. 


¿Qué es un acontecimiento? Es sencillamente lo que no se deja olvidar, lo que siempre, en algún momento, regresa no importa qué. En esta novela resalta la fidelidad ética y estética al acontecimiento, la cual no se debe confundir con la mera reproducción y postulación exacta de los hechos y de las ideas que los acompañaron, pues se trata más bien de convocar la pasión de vivir, los afectos, el amor, la entrega que enalteció unas vidas, con todas sus debilidades y fortalezas demasiado humanas.


Acontece aquí una gran batalla contra la continua expropiación de tierras y otros medios de vida ejercida por la oligarquía colombiana contra las comunidades y los pueblos y su consiguiente desplazamiento e indigencia. La contraposición binaria entre civilización y barbarie que sustenta a la ideología de la clase dominante se nos revela como una gran pantalla simuladora, como un performance que pretende ocultar el salvajismo delirante,  la violencia de la lucha de clases que motorizan la historia y hace saltar en pedazos la patraña «civilizadora». 


Daniel Ferreira logra que no podamos olvidar a Joaquín Borda, el literato que se mete a periodista y le vuelan en pedazos su imprenta, matando a su adorable hermana, Laura, que muere en la explosión, a Ana Larrota, la anciana líder de la «rebelión de los oficios inútiles» mandada a asesinar en la cárcel por la «gente de bien», y a Simón Alemán, el hacendado sibarita desvalijado por los banqueros, traicionado por su propia clase, se crucen todos en una pequeña ciudad andina, en la década de 1970, más acá y más allá de lo que llamamos «política». 

***

Juan Ramón Duchesne, es crítico literario y ensayista

https://jrdewinter.substack.com/

https://pentalogiadecolombia.tumblr.com/post/773387573118844928/sobre-daniel-ferreira-rebeli%C3%B3n-de-los-oficios

Retratos de un país en llamas: el colombiano Daniel Ferreira

URUGUAY

Por Mariana Figueroa Dacasto

-La diaria

1 de noviembre de 2024


El autor de Recuerdos del río volador habla de los cambios históricos en su país y de la literatura como forma de dar sentido a la historia.


La colección Mapa de las lenguas de Editorial Alfaguara (desde 2017 subsidiaria de Penguin Random House) elabora año a año una lista de obras representativas de distintos países de habla hispana, generalmente de autores que ya han logrado una cierta relevancia en sus ámbitos nacionales. Es el caso de la peruana Katya Adaui, entrevistada en estas páginas y del uruguayo Diego Recoba, entre otros.


Daniel Ferreira (1981) fue elegido como representante de Colombia con su novela Recuerdos del río volador. El compromiso con su realidad nacional es claro: las novelas de la Pentalogía de Colombia recorren distintos momentos del siglo pasado a través de un mosaico polifónico en el que numerosos, complejos y diversos elencos de personajes dan cuerpo a un devenir de violencia constante, pero en el que también la fuerza del amor y los vínculos filiales desafían el peso cruel de la tragedia colectiva.


Tanto trabajo en la elaboración de una crítica y de una postura histórica se nota inmediatamente en su conversación abundante. Su voz resulta sumamente interesante y esclarecedora en un momento en que Colombia atraviesa una importante transición que genera grandes interrogantes y expectativas.


Las novelas de la Pentalogía de Colombia abarcan distintos momentos históricos, del 1900 en adelante. ¿Por qué exactamente esos períodos?

Toda la pentalogía es un retrato literario del siglo XX, construida con distintas voces y tiempos que se van entrecruzando, pero cada una es una novela separada de las otras. Yo planteé la idea de cinco novelas, como hubiera podido decir dos o diez. Pero me pareció que con cinco podría retratar algunos aspectos específicos de lo que fue el siglo XX en Colombia. La primera novela fue Viaje al interior de una gota de sangre, que cuenta la historia de una matanza paramilitar en los años 80. La balada de los bandoleros baladíes se ubica en la década siguiente, cuando Colombia sufrió la parte más fuerte de la guerra paramilitar y guerrillera.


Ahí fui yendo hacia atrás en el siglo y escribí La rebelión de los oficios inútiles, que ocurría durante todas esas masacres y guerras entre mercenarios y bandas que se armaban en los campos colombianos. Cuenta algo que marcó la década de 1970, las invasiones de tierra. Los siervos sin tierras colombianos decidieron ocupar territorios que resultaron tener dueños, que se organizaron para defender estos territorios y criminalizaron ese tipo de protesta con acciones de barbarie, defendidas por los gobiernos de entonces, incapaces de concretar una reforma agraria.


Con la experiencia de esa novela, más las otras dos, me atreví a ir un poco más atrás en el tiempo, al comienzo del siglo, cuando Colombia vivió lo que se llamó la guerra de los Mil Días. Aproveché ese momento e historias que estaban en la oralidad, hice una investigación y escribí un relato que se llama El año del sol negro, que cuenta los meses anteriores al estallido de la guerra. Y ese fue como el arco completo del siglo.


Me faltaban esos años de interregno entre una hegemonía conservadora, que fue uno de los resultados de la guerra de los Mil Días, y el proceso de desarrollo de Colombia de los años 1920 y 1930, en los que aparecieron nuevas bonanzas y nuevas industrias, pero controladas por empresas extranjeras, como el petróleo. Entonces ahí pensé que el personaje principal debía ser un desaparecido, porque ese período coincide con los momentos previos al estallido de la violencia bipartidista [entre el Partido Liberal y el Partido Conservador] promovida por caciques regionales que propagaban entre la gente ideas absurdas. Usted no se podía vestir del color del partido contrario porque le volaban la cabeza a machetazos. El período más arduo, más crudo de esa violencia se da a finales de los años 40 y comienzos de los 50. La novela se situaba ahí, en esa frontera. Y el desaparecido me parecía más emblemático que cualquier otro personaje porque Colombia ha sido un país de desaparecidos. Por un siglo no se le puso nombre a ese delito. No se percibió.


En los primeros acuerdos de paz, que fueron con los paramilitares, se incluyó la desaparición forzada como un delito tipificado. Este año se creó una comisión estatal de búsqueda de personas desaparecidas, que es un logro, pero un logro que llega tarde. Colombia ha contado más de 200.000 desaparecidos desde 1970 en adelante. Pero los desaparecidos de la violencia bipartidista no se cuentan allí. Ese vacío, esa herencia de la guerra, no estaba retratado. Entonces surgió Recuerdos del río volador y cuenta la búsqueda de las personas que amaron a ese desaparecido: sus hermanos, sus familiares, sus amores. La novela retrata cómo un archivo roto se construye, a partir de fragmentos de cartas, de fotos, de pequeñas escenas en las que se cuenta cómo se lo buscó, qué se encontró y lo que dijeron las personas que tuvieron contacto con él. Ese mapa es un poco el mapa que hacen las familias que tienen un desaparecido, que han tenido la función y la misión de hacer lo que el Estado nunca hizo: investigar, buscar, ir a las fosas, ir a sacar cadáveres, más el drama de sostener un duelo que no acaba, porque la desaparición forzada tiene la particularidad de ser un duelo inacabado.


Foto del artículo 'Retratos de un país en llamas: el colombiano Daniel Ferreira'

Yo escribí estas novelas en un tiempo en que la memoria afloró en Colombia a partir de los acuerdos de paz. Fue un tiempo para hablar del pasado, para poner la memoria en el presente, para decirse la verdad en la cara, para oír a los perpetradores contar por qué habían hecho sus matanzas. Esto ha sacudido a la sociedad colombiana y le permitió algo que las generaciones anteriores no habían podido hacer: un alto para mirar atrás. Por eso también los acuerdos de paz habían fracasado anteriormente, porque no obtuvieron verdad ni reparación ni justicia, fueron acuerdos entre paramilitares saboteados por sectores sociales a los que no les interesaba hacer la paz. En este siglo al menos se pudieron hacer unos acuerdos parciales, que si bien no han implementado una paz total, sí permitieron un cese, y a los artistas nos permitieron mirar de otra manera el pasado del país.


¿Qué te posibilita el formato coral?

Un proyecto de novelas corales era en principio lo que yo quería: voces, voces hablando de ciertas individualidades y de ciertas épocas y de ciertos contextos sociales. Pero las voces no iban a estar situadas siempre desde las élites o desde el poder, porque en mucha literatura lo que cuentan son los delirios y la buena vida que se da la élite letrada, la élite que ha viajado, la élite dominante. Yo quería personajes como una analfabeta en la guerra de los Mil Días, un obrero de la construcción del ferrocarril en los años 30, un periodista militante de los años 70 que empieza a hacer denuncias públicas y termina siendo acosado y llevado prácticamente a tomar las armas para defenderse físicamente, dentro de un proyecto ideológico que es la aventura de una generación que terminó muerta en los campos de batalla siendo intelectual. Personajes como los perpetradores, difíciles de describir cuando no hay un testimonio, por ejemplo, de un paramilitar, de alguien que ha hecho masacres, que ha perseguido personas para matarlas, que se dedica a ese mundo del mercenario. Uno oye esos relatos, pero trabajar con ellos no valida el discurso de ellos. Es una decisión ética difícil de sostener porque es un punto de vista tabú, a pesar de que a esos personajes los tenemos ahí.


Colombia tiene mercenarios en la guerra de Ucrania, mercenarios que mataron al presidente de Haití y mercenarios en conflictos internacionales. Porque hemos sido una fábrica de mercenarios. Porque hemos utilizado la fuerza de la juventud para convertirla en una fuerza de choque y de guerra. Todos esos fueron muchachos que no tuvieron educación, que fueron captados por grupos armados que les lavaron el cerebro y los convirtieron en soldados de cualquier guerra. Ese tipo de personajes no eran convencionales: seleccionarlos fue una apuesta. Creo que el proyecto no terminó cuajando como novela polifónica porque yo encontré algo, y fue la textualidad en lugar de una voz, una especie de mediación, un discurso que se convertía o se filtraba a través de algo de la escritura misma.


Foto del artículo 'Retratos de un país en llamas: el colombiano Daniel Ferreira'

Tu prosa es bastante realista y siempre, cuando hablás de tu obra, hay un diálogo con una realidad. ¿Cómo vendría a ser esa relación entre la literatura y la realidad? ¿Pensás que la literatura tiene alguna función? ¿Puede transformar algo?

Yo escribo estos libros en Colombia; vivo en Colombia. Y aunque, como mi generación, también tuve los sueños de irme y hacer la vida en otro lado, siempre todos esos proyectos se volvían viajes interrumpidos, y siento que era porque me arraigaba contar esas historias. Tenía que estar escribiéndolas ahí. Entonces eso afinó la atención que yo ponía sobre lo social y lo político en Colombia. Ahora, no es sólo reflejarlos, porque me interesaba también hacer una crítica social y una crítica política. Porque hay eventos políticos que afectaron a la sociedad en general y direccionaron la historia del país. Ahora tenemos uno importantísimo, el movimiento social que se armó en 2021 con un paro nacional que duró cuatro meses, liderado por la gente más joven, que uno creería la más desinformada, la más distraída por los celulares. Yo ya no soy joven, pero admiro mucho a esa generación que nos permitió transformar la mirada y tener por primera vez un gobierno popular, más allá de que sea de izquierda. Un gobierno que esperábamos que representara a muchos sectores que estaban marginalizados, tratados como minorías, cuando son la gran mayoría del pueblo colombiano.


Yo me he alimentado de lecturas de libros que están en la tradición de la literatura latinoamericana y colombiana, que han ido rastreando el devenir de los pueblos, como Elena Poniatowska, Reynaldo Arenas, Tomás Eloy Martínez, José Eustasio Rivera, los autores del boom, gente que trataba de captar los momentos históricos y las realidades y cómo afectaba eso al mundo de la cultura en general, y de allí derivaban sus relatos. A mí me interesa la novela política más que otra, porque me he formado en ella, porque veo que tiene una función.


Ahora, con respecto a si sirve o no la literatura, ya a esta altura no me lo pregunto, porque en mi caso personal la literatura sí me transformó la vida: me transformó poco a poco, desde mis primeras lecturas hasta que escribo relatos. La misma literatura me fue mostrando cómo hacer literatura y hacia dónde poner la mirada. También fue dándome una cierta sensibilidad hacia la cultura popular, la situación de los pueblos, o mi pueblo por lo menos.


Lo que yo veía era que estábamos en la misma desigualdad de siempre sin darnos cuenta, completamente hipnotizados por discursos mediáticos que nos hacían sentir que vivíamos en un paraíso lleno de riquezas. Y si la literatura no me hubiera abierto los ojos para eso, yo hubiera seguido reproduciendo el mismo esquema de ese discurso dominante. Creo que todo el que viva la literatura con una pasión general no tiene manera de no darse cuenta, de no despertar, de no encender luces sobre cosas que están como en penumbra. Los poetas y los buenos narradores son los que nos ayudan a dilucidar los secretos culposos de las sociedades, las partes oscuras del individuo, toda la complejidad humana. Entonces, me es difícil decir para qué pueda servir la literatura, pero siento que la vida de la gente no es lo mismo sin ella.


Recuerdos del río volador. 524 páginas. Alfaguara, 2024.

https://ladiaria.com.uy/libros/articulo/2024/11/retratos-de-un-pais-en-llamas-el-colombiano-daniel-ferreira/

Recuerdos del río volador

--Lara Vesga, Letras en vena

El inspector de obras férreas y gran aficionado a la fotografía Alejandro Plata desaparece un día cerca del puerto del Cacique, en Colombia. A partir de ahí surge su búsqueda narrada a través de distintas voces y tiempos. A Alejandro le busca su hermano Timoleón y su madre Mariquita. Y le espera, de manera desesperada, su amante Lucía.


Aunque el protagonista del libro no es Alejandro. El protagonista es quien lo titula, un río volador que permanece inmutable a través de los años y que surca las algo más de quinientas páginas de la novela demostrando lo poderosa y permanente que es la naturaleza y lo frágil y fugaz que es el ser humano.


Daniel Ferreira (San Vicente de Chucurí, Colombia, 1981) construye en Recuerdos del río volador un rompecabezas que los lectores tendrán que ir armando y descifrando a partir de recuerdos, fotos antiguas, cartas y viejas reliquias. Y así, a través de la intrahistoria de Alejandro Plata, llegar a la Historia con mayúsculas de Colombia a lo largo del siglo XX, una época marca por la violencia paramilitar, que es el gran tema tratado por Ferreira en su obra narrativa. De hecho, «Recuerdos del río volador» cierra una pentalogía que empezó con «La balada de los bandoleros baladíes» (2010) y a la que le siguieron «Viaje al interior de una gota de sangre» (2011), «Rebelión de los oficios inútiles» (2014) y «El año del sol negro» (2018).


En la última novela de la serie, cada capítulo desvela un vestigio del pasado a través de diferentes puntos de vista, demostración de la apuesta del autor por huir de los discursos únicos y oficialistas para acercarse a la historia del país a través de un ejercicio coral que entiende que no hay una única verdad sino múltiples verdades que, colocadas todas ellas a la misma altura, dan como resultado un homenaje a la escucha y a la reconciliación.


Monumental, polifónica y sublime en fondo y forma, merece la pena leer Recuerdos del río volador con libreta y bolígrafo a mano para apuntar alguna de las muchas reflexiones sobre la vida que aparecen como perlas escondidas entre sus páginas.

https://letrasenvena.com/2024/recuerdos-del-rio-volador-de-daniel-ferreira

Entrevista a Daniel Ferreira, Paula Andrea Marín

Interview with Daniel Ferreira


Paula Andrea Marín Colorado paula.marin2@udea.edu.co

Universidad de Antioquia, Colombia

Entrevista a Daniel Ferreira*


Estudios de literatura colombiana, no. 55, pp. 221-232, 2024


Universidad de Antioquia



Published: 31 July 2024


DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.356977


Daniel Ferreira (n. San Vicente de Chucurí, 1981) es autor de cinco novelas que conforman lo que él ha denominado la Pentalogía (Infame) de Colombia: La balada de los bandoleros baladíes (2011), Viaje al interior de una gota de sangre (2011), Rebelión de los oficios inútiles (2015), El año del sol negro (2018) y Recuerdos del río volador (2022). Ha sido ganador del Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo, otorgado por la editorial de la Universidad Veracruzana (México), del Premio Latinoamericano de Novela ALBA Narrativa (Cuba) y del Premio Clarín de Novela (Argentina). En 2017, fue incluido en el listado Bogotá39; en 2021, su novela Viaje al interior de una gota de sangre quedó seleccionada en el listado del catálogo Reading Colombia (programa de estímulos del Ministerio de Cultura para la traducción de obras colombianas en el extranjero) y se tradujo al griego; en 2022, su novela Recuerdos del río volador fue incluida en la lista Mapa de las Lenguas, de Alfaguara.


Esta conversación se llevó a cabo el 28 de septiembre de 2023, en el marco del xvi Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, en Armenia (Quindío).


Empecemos esta charla hablando de la propuesta estética que está detrás de la Pentalogía (Infame) de Colombia. Tú has mencionado en algunas entrevistas y en algunos textos lo importante que era encontrar una manera de expresar estéticamente lo popular. ¿Cómo fue ese proceso de encontrar una expresión estética de lo popular y de construir personajes populares complejos?


Las novelas que yo he escrito hasta ahora tienen varios discursos de lo popular, recogen ciertas experiencias de lo popular, ciertas expresiones de lo popular y de lo popular en el tiempo.


Voy a contar una anécdota para que se entienda cómo se va nutriendo la literatura de estos discursos populares. En mi novela más reciente, que ocurre imaginariamente en el río Magdalena entre los años 30 y 40 del siglo pasado, hay muchos momentos que aluden a ese río. Cuando yo la estaba escribiendo, no lograba hacer que hubiera un río realmente en mi libro. Me faltaba río, entonces me fui a hacer un viaje. Yo ya había estado en el río Magdalena en varios segmentos, porque es un río que atraviesa muchos departamentos del país. Hice una travesía por lo que es el cauce del Magdalena Medio. El río se riega en la depresión momposina; su cabecera es en el Huila, después de bajar del páramo; luego está Honda, hasta donde fue navegable; después se vuelve un río arenoso. En la zona del Magdalena Medio, el río baña las riberas de varios departamentos. Las más grandes son las de Bolívar y Santander; Antioquia también tiene una parte importante, uno de los puertos importantes y principales: Berrío. Todo el río tiene una dinámica propia de la gente del río, que Orlando Fals Borda llamaba “gente anfibia”. La parte de la depresión momposina tiene muchas poblaciones con otras dinámicas. Como el río está regado, esto crea muchas fronteras y muchos problemas administrativos entre departamentos.


Yo viajé por ese río en esas partes, antes de la pandemia (2020), para capturar río. No era una cosa de capturar color local, porque ya más o menos sabía por dónde iba la historia que estaba escribiendo y sabía que el presente en el que me estaba desplazando no era el tiempo cronológico de la novela, que lo que tenía que hacer era trasladar algunos elementos que estaban en lo popular para fortalecer los huecos de verosimilitud que tenía en el relato.


Pienso en algunos momentos que tiene el libro: hay una romería a la Virgen de Chiquinquirá. En algún momento, una madre cuyo hijo ha desaparecido empieza la búsqueda yéndose a hacer un pagamento a la Virgen de Chiquinquirá. Yo tenía referencias de que hacia los años 30 se hacían estas peregrinaciones desde Santander a Boyacá. Eran peregrinaciones a pie, durante dos o tres días, por el Camino Nacional; se paraba en algunos pueblos como Los Santos y Cabrera y se llegaba a Chiquinquirá. Allí se hacían las rogativas, se pedía favores a la Virgen; casi siempre la gente iba a pedir algo. Yo encontré un espejo de esto en Simití, en el sur del Bolívar. Allá tienen una Virgen, la Original; es un cuadro de la Colonia. Ese cuadro es una réplica; el original se lo llevaron, pero lo llaman La Original, y la gente sigue haciendo el mismo pagamento desde la época de la Colonia, tal y como era en los años 30 en Santander. Mucha gente sigue yendo a Chiquinquirá a hacer sus pagamentos, pero donde vi la tradición viva fue en Simití.


Encontré otras cosas de lo popular. En Loba, tienen una fiesta popular: la Fiesta de San Martín, que es en noviembre. Esta fiesta aglutina a los músicos del río Magdalena que llegan allí a hacer unas procesiones en honor a este santo. Yo me fui allí y estuve hablando con la gente que organiza a los músicos. Me asesoró gente de la Red de Emisoras del Magdalena Medio, que han hecho el cubrimiento de esas fiestas que juntan, por un lado, lo cultural, las expresiones culturales y, por otro, las expresiones religiosas. Así me fui enterando de todas esas prácticas y mitos. Eso era lo que no tenía mi libro. Hasta que fui y descubrí todo esto, sentí que estaban vivas las tradiciones en una región específica, que era la que yo trataba de representar en un tiempo pasado.


Cada una de las novelas de la Pentalogía abarca épocas distintas, porque la idea era que abarcaran el siglo xx en Colombia, y en cada una de estas hubo búsquedas similares de las expresiones populares, para nutrir ciertos aspectos narrativos. Recurro a otros discursos, no solo de las tradiciones religiosas o culturales; también, por ejemplo, he aludido a los corridos prohibidos, que fueron una fuente de información para estudiar cómo se narra un suceso, cómo se hace una crónica de un episodio de sangre.


Esos corridos me dieron soluciones para mi primera novela: La balada de los bandoleros baladíes; hay una aliteración con las “b” y por eso decidí dejar en el título “balada”, pero en realidad es un corrido, debería ser El corrido de los bandoleros baladíes, pero me sonó mejor “balada”. La música me ayudó a solucionar cierta estructura que tenía esa novela y, por supuesto, hay una alegoría directa de las expresiones que han surgido a partir de las prácticas económicas del traqueteo, del tráfico de drogas, que han producido una cantidad de expresiones musicales. No están literalmente trasladadas las letras de corridos al libro, sino que el libro funciona como una especie de corrido muy rápido, una crónica.


¿Cómo distingues en la escritura que algo no funciona simplemente para dar color local o para ser pintoresco, sino que ya tiene un componente artístico, estético?


No tendría una herramienta formal en este momento para explicar cómo lo sé. Yo asisto a muchas cosas, voy para ver cómo se divierte la gente, qué está pasando, qué música se oye, cuáles son las cosas que se mantienen en las tradiciones vivas. Pero no todo eso lo uso para ser trasladado o reelaborado en la narración. En el caso de Recuerdos del río volador, necesitaba que una mujer decidiera primero ir a pedirle a la Virgen que le ayude a encontrar a su hijo desaparecido, para que algo que le pasa en ese desplazamiento la haga ver que otras personas andan haciendo lo mismo. Es una manera práctica, concreta de mostrarlo; no solo exhibir un acto de fe, sino algo que lleva a la acción. No es que me vaya a “agarrar pueblo” (como se critica en el documental de Carlos Mayolo y Luis Ospina) para meter en un libro, sino que lo que elijo es solo en función del relato.


La novela no estaba funcionando, no me creía lo que pasaba en el río; por eso tenía que ir al río, tenía que ver en qué andaba la gente. Después de “ver” hay una criba, porque, por supuesto, lo que pasa en este presente no es como sucedía en el pasado imaginario de mi universo de ficción. Allí ya entran en juego otras reglas para la narración.


A mí me llama mucho la atención la figura del padre en tus novelas y, en Recuerdos del río volador, también la figura de la madre. Percibo que en todos los personajes de las novelas los protagonistas deben “matar al padre”, a veces, literalmente, como en La balada, pero, en general, estos personajes tienen una ruptura con el padre, ya sea porque no lo tienen, porque ese padre no los ha reconocido como hijos o porque ha muerto, como en el caso de Recuerdos del río volador. Esa falta del padre (o de la madre, en Recuerdos) provoca que ese héroe o esa heroína busquen su destino, busquen un destino propio y eso conllevaría la idea de que, para ser realmente adultos, héroes de nuestras propias vidas, tenemos que emprender la búsqueda de un destino propio, dejando atrás al padre y a la madre. ¿Esto es algo que deliberadamente querías que estuviera presente en las novelas?


No es algo premeditado. La figura del padre, en las primeras novelas, era la figura de un mandato patriarcal que producía esquemas de poder; eran padres que les habían arruinado la vida a sus hijos, pero no era un ajuste de cuentas mío, con mi figura de padre. Si hubiera tenido un padre cabrón, probablemente hubiera sido legítimo hacerlo, pero en las novelas la construcción de la figura del padre implicaba otras cosas; tiene que ver con el conflicto de los personajes en particular.


Por ejemplo, en La balada de los bandoleros baladíes, hay muchas violencias domésticas moviendo la vida de los personajes: uno es un asesino, otro es una especie de monstruo moral que se venga de su familia, de aquello en lo que la misma familia lo fue convirtiendo; otros son unos paramilitares que andan por todo el país ganando dinero y cuyos padres son víctimas: uno es un abogado al que matan y su hijo se convierte en un mercenario. Todos estos personajes estaban condicionados por ciertas figuras patriarcales, seguían su mandato y lo reproducían.


En otras novelas, el foco no estaba sobre lo familiar, sino sobre destinos individuales enfrentados a ciertas condiciones de la realidad, presiones o conflictos políticos y sociales. Allí los padres ya no tenían una figura importante, pero sí se mantenía un mandato, esta vez del Estado, porque este reproduce esquemas de poder a nivel macro, que se van reproduciendo a nivel micro en los individuos. Estos personajes se enfrentan a ciertas figuras de autoridad; quizá lo patriarcal allí sería la autoridad.


No todos los padres han encarnado ese mandato. Por ejemplo, en Recuerdos del río volador, ninguno de los hijos quiere seguir el camino del padre, que era médico y, sin embargo, hay una relación mucho más amable, evocadora y sana con el padre, y una distancia con la madre. Ahí hay un espejo distinto.


La oposición al destino es lo que daría a un personaje el relieve dramático; no aceptar el destino que me impone la sociedad de ser “X” o “Y” persona, sino enfrentarme a algo para conseguir ser otra persona o cambiar una realidad en la que estoy inmerso. Me interesan los personajes rebeldes.


Me interesa mucho la construcción de tus personajes femeninos. Son mujeres muy fuertes y se hacen cada vez más fuertes a partir de Rebelión de los oficios inútiles. Ellas también configuran personajes rebeldes que buscan su propio destino y en las últimas dos novelas, específicamente con Julia Valserra, de El año del sol negro y Lucía Lausen, de Recuerdos del río volador, son mujeres a las que les interesa mucho la posibilidad de seguir una vocación. Sabemos que, al principio del siglo xx, para las mujeres estaba vedada esa búsqueda de una vocación y esta representaba un camino diferente a la feminidad tradicional. Todos los personajes femeninos de tus novelas tienen algo de eso. ¿Cuáles fueron las dificultades en la construcción de esos personajes femeninos?


Básicamente, la construcción pasa por lo arquetípico, en términos literarios: volver a tomar ciertos mitos que están en la sociedad, en la cultura y que uno encuentra en la literatura. Por ejemplo, en Recuerdos del río volador, hay dos mujeres muy fuertes como personajes, pero detrás de ellas hay mitos clásicos: uno es Hécuba, una de las madres de Troya a la que le asesinan a los hijos, es secuestrada después de que cae Troya y todos sus hijos son sacrificados. Hécuba estuvo todo el tiempo detrás de la creación de este personaje de Recuerdos, que es una mujer que está buscando a su hijo. Otro arquetipo fuerte fue Antígona, que es también un mito trágico griego: una mujer que se opone al poder para lograr enterrar a sus hermanos muertos.


Las dos mujeres del libro responden a estos arquetipos tradicionales de la literatura. No me los inventé yo; muchos autores han trabajado sobre mitos. Pero detrás hay otros arquetipos ya producidos por la misma sociedad; uno es la mujer que busca a un desaparecido y no cualquier mujer, sino la madre. En algún momento, mientras tomaba las decisiones narrativas para la novela, pensé que la compañera sentimental sería la que iba a hacer la búsqueda; Colombia está llena de mujeres que han buscado a sus maridos, sus esposos desaparecidos en los ríos, en la fosa común, pero la madre encarna mejor la búsqueda. Ahí están, por ejemplo, las mujeres de la masacre de El Tigre que sacralizaron esos cuerpos de hombres que no eran sus esposos, despedazados por los paramilitares, y los envolvieron en sábanas. Esas son las mujeres que van creando los arquetipos, es decir, un modelo de ética que nos permite a todos percibir una esperanza. Mis personajes femeninos se nutren de la literatura, porque yo básicamente lo que he sido es un ratón de biblioteca, pero también de las historias de este país.


Lucía, que es otro personaje fuerte de Recuerdos, tiene una misión: salvar a una niña de la violencia, salvarla de un entorno donde ha estallado la guerra bipartidista. Ella es su madre vicaria, no su madre biológica; recibió a una niña que quedó huérfana porque perdió a sus padres en una matanza y reemplaza su vida por salvar la de esa niña, sacrifica su propio bienestar. Ahí hay un modelo ético, un arquetipo, que podría ser también cristiano, porque Lucía tiene una crisis de fe y llega a la conclusión de que la fe no es una creencia, sino que debe encarnar en una acción en el mundo, porque es lo que da una ética. Eso la va a salvar de su crisis existencial.


El método para contar esto es un cuaderno de confesiones, que es una escritura muy privada. El cuaderno de confesiones tiene unas características distintas al diario o a las autobiografías, que tienen una cierta complacencia sobre el relato de uno mismo, construyen una ficción de uno mismo. En la confesión, hay más bien una frustración que no es del todo aceptada. En la tradición católica es donde funcionó bien la confesión: el gran libro de Santa Teresa y el de San Agustín, por ejemplo. En el prólogo a Cuadernos de Lanzarote, de José Saramago, él reflexiona, a partir de María Zambrano, sobre cómo la confesión al exponer una frustración y aceptarla, da una esperanza de que yo cambie y pueda hacer algo en este mundo o por este mundo; eso crea una ética. El arquetipo de Lucía es más católico que literario.


Hay otro tema que me interesa y es la presencia del amor. Es muy claro cómo el amor y, específicamente, el amor de pareja, solo puede aparecer en las dos últimas novelas (con unas características muy particulares, porque son amores muy transgresores frente a su sociedad). Esta aparición del amor tiene que ver, entonces, con las novelas en las que más atrás te vas en el tiempo de la narración y no sé si se relacione con que, en el presente, pareciera que hablar del amor es cada vez más difícil, entre otras cosas, por el temor a ser cursi. Para mí, esa presencia del amor en las dos últimas novelas tiene que ver con la posibilidad de construcción de vínculos, que son cada vez más imposibles en La balada de los bandoleros baladíes y en Viaje al interior de una gota de sangre, porque ahí la sociedad colombiana está rota, la vida no vale nada, el territorio está plagado de bandoleros baladíes que matan por 20 mil pesos. Pero al irte más atrás en el tiempo este vínculo amoroso de pareja puede surgir. ¿Cómo fue construir ese tipo de amor en estas dos últimas novelas?


Yo pienso que la posibilidad del amor en la literatura, su representación en una pareja o en las distintas relaciones personales, aunque hoy esté corroída por el lenguaje de internet y por todas esas mediaciones, se da, precisamente, por la creación de un lenguaje: un lenguaje entre la pareja. Ahí es donde se da la posibilidad del amor.


Si uno lee las cartas de Kafka a Milena Jesenská, que eran cartas reales, Kafka va creando los vínculos con una mujer con la que no se ve, a partir de la construcción de un lenguaje. Se perdieron las cartas de Milena porque ella vivió en un campo de concentración y murió, pero ella también le escribió y, en algunos momentos, Kafka menciona algo que ella le había escrito. Recuerdos del río volador tiene un sustrato de cartas que se comparten; son fragmentos de cartas, fragmentos de un discurso de amor del que no se conoce todo. Se conocen algunos términos en los que se dio esa historia. Esas cartas están ahí para crear ese lenguaje que es muy intuitivo y personal.


Entonces el amor -y esto ya no es solo para la literatura- se expresa como un lenguaje; es un lenguaje entre los protagonistas del amor y solo lo entienden ellos. El resto es el “fragmento de un discurso amoroso”, de Barthes: cómo la sociedad ha construido el amor romántico. La historicidad del amor a mí no me interesa; me interesa cómo construye el amor un par de personajes en los años 30, a través de un lenguaje. Cuando encuentro el lenguaje, está la historia, aunque el lector viva una idea del amor distinta.


Tú has mencionado en algunas entrevistas que, en algún momento de tu vida, pensaste en ser revolucionario, pero que lo que decidiste, finalmente, fue ser un escritor y hacer una revolución del lenguaje, que consideras como una de las funciones principales del escritor. Es decir, pasaste de pensar hacer una revolución por las armas a una revolución de la palabra. ¿Cómo ha sido hacer una revolución del lenguaje en cinco novelas?


A mí se me salen esas cursilerías en las entrevistas de medios… Escribo sobre personajes revolucionarios, pero yo no fui un militante que hubiera estado dispuesto a la vida armada como respuesta ante la desigualdad, porque la justificación social de la lucha armada tuvo su época y su tiempo, y ya no fueron los míos. Cuando yo era niño, ya la lucha armada estaba muy desprestigiada por sus métodos de guerra. Yo quería hacer una serie de novelas sobre el siglo xx y los conflictos sociales de Colombia en el siglo pasado me implicaban observar dos categorías esenciales: el siglo xx fue el de las revoluciones y las resistencias. En Colombia, no tuvimos esas grandes conflagraciones como las guerras mundiales, pero tuvimos la Guerra de los Mil Días, que inicia el siglo xx, tuvimos la guerra bipartidista, la lucha armada revolucionaria, el abuso del poder del Estado para reprimir, para perseguir esas fuerzas revolucionarias. Fueron esos conflictos sociales el motor de las historias en las que iba a trabajar.


La más reciente novela, que es Recuerdos del río volador, habla sobre esos inicios de las luchas obreras en los años 20 y 30, permeadas por los discursos de la Internacional Comunista, traídos por luchadores sociales como Raúl Eduardo Mahecha y María Cano, para organizar a los obreros ante la corporación Rockefeller, que tenía dos empresas fachadas (la Standard Oil y la Tropical Oil) y monopolizó el petróleo colombiano durante 50 años, además de mantener una explotación humana con muy malas condiciones de contratación y unas reglas impuestas por el imperialismo norteamericano. Estos primeros núcleos obreros empezaron a hacer las primeras conquistas sociales, a partir de huelgas y de soportar represión, desapariciones y de comer zancudos en la selva del Magdalena Medio construyendo un oleoducto.


Ese es el trasfondo revolucionario que hay ahí. En otras novelas, cambia ese trasfondo. En El año del sol negro, es la Guerra de los Mil Días, el estallido de los primeros meses. La novela no alcanza a cubrir toda la complejidad que tienen esos años que le cuestan a Colombia la pérdida de un territorio: Panamá, que deja un país de viudas. La mirada está puesta sobre los primeros meses y cómo empieza el estallido. Cada una de las cinco novelas se pregunta por la resistencia, donde está la resistencia, cómo se organizó la gente ante el poder. Todo es visto desde la ficción, porque no son libros de historia, y eso es lo revolucionario que hay.


Recuerdos del río volador fue publicada en 2022, muy cerca del momento de publicación del informe final de la Comisión de la Verdad. El tema de la memoria es muy importante en tus cinco novelas. Si bien no son novelas históricas, en cada una de ellas es muy importante la reconstrucción de la memoria de un hecho que marcó la historia de este país, de una manera muy catastrófica. ¿Qué significa la memoria en tus novelas? ¿Cómo se da esa construcción de la memoria en ellas?


Yo, por supuesto, no me he leído las quince mil páginas de los informes de la Comisión de la Verdad. Me interesa mucho el informe sobre testimonios. La verdad, es sobrecogedor, al igual que escuchar en este momento las confesiones de los militares ante la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz).


Pero no es la Comisión ni son los grupos de memoria histórica los que han hecho la memoria en este país, sino los colectivos sociales. Hay muchas asociaciones de todo tipo. Esos colectivos son los que decidieron conservar la memoria y son los que han ido nutriendo todos estos informes, que hoy hacen parte de un discurso oficial, en un momento surgido a partir de los Acuerdos de Paz, y que nos han permitido acercarnos a los testimonios y tener la ilusión de una verdadera pacificación del país.


En América Latina, países como Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, todos los países que tuvieron dictaduras, tienen una literatura de la memoria, que surge a partir de la entrada de las nuevas democracias. Una vez cesan esos episodios de violencia del siglo xx, se liberan los relatos y hay una serie de novelas, de autores que han trabajado sobre esos temas. Pero en Colombia, la característica era que seguíamos escribiendo mientras el conflicto se ha seguido desarrollando por muchas décadas y entonces le pusieron una etiqueta: son libros de Violencia, no libros de memoria, hasta ahora, que hablamos de duelos, de reconciliación. Esto fue posible por los Acuerdos de Paz y por esta ilusión que todos tenemos. Entonces, están surgiendo estos libros que se asocian a la memoria, pero la memoria es mucho más profunda que solo informes o que solo llegar a ciertas verdades. Para mí, que trabajo sobre estos temas, sobre ciertas tradiciones y que a veces siento que tengo tan poca imaginación, la memoria se convierte en algo más importante que la invención. En un país al que le ha pasado todo lo que nos ha pasado a nosotros, a veces inventar es demasiado.


Pero pienso que a veces los dispositivos para almacenar la memoria son los que nos enseñan qué debemos narrar. Cuando alguien decide que en ese lugar, donde se encontró una prenda de un padre o de un hijo desaparecido, va a poner una placa, convierte ello en un sitio de memoria. Cuando alguien decide renombrar una plaza, cuando alguien decide que algo que ha querido ser borrado no debe ser borrado, eso se convierte en gestos revolucionarios de resistencia, que nos llevan a pensar que no van a ser los militares y otras fuerzas los que van a borrar la memoria de este país borrando a la gente que sabe la verdad, sino que es el pueblo el que dice cuándo hay que hacer la memoria y dónde hay que hacer la memoria y dónde poner la placa y dónde debe estar el museo y qué es lo que debe estar ahí. Es el arte y la gente los que han ido defendiendo la memoria.


Hay un conocimiento muy profundo de tus antecesores y antecesoras en relación con la tradición de la literatura colombiana, especialmente, con toda la tradición de la literatura de la Violencia, la que se escribe después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, pero también, a nivel internacional, de las novelas que narraban la Segunda Guerra Mundial. Creo que eso habla de tu conciencia como escritor y de tu responsabilidad: no creer que estás haciendo algo completamente nuevo, sino que estás insertándote en una tradición, y esto habla también -creo- de una conciencia de querer hacer obras que perduren en el tiempo, en la memoria de los lectores y de las lectoras.


Veo también que en cada una de tus novelas había cada vez un reto narrativo mayor, como ir complicando de muchas maneras las técnicas narrativas (la visión caleidoscópica, la polifonía y la ruptura de la estructura narrativa más tradicional, tan presente en toda la obra) y los temas sobre los que narrabas. ¿Cómo fue complicarte la vida con cada novela nueva y cómo ves esa conciencia de que te estás insertando en una tradición de la literatura colombiana?


Yo llevo como veinte años leyendo en serio literatura colombiana y muchas otras literaturas de otro lado. No miro la literatura del mundo desde la literatura colombiana, sino que invertí esa mirada hacia cómo otros encontraron soluciones para sus realidades.


A los dieciséis años uno no va a escribir nada… Tiene que vivir un poco más y tiene que empezar a tocar ciertas figuras sociales y a integrarse con lo demás, a ver en qué estado está el mundo, y ahí empieza a encontrar un lenguaje. Ahí pasa la catarsis como autor de decir: “Bueno, ¿qué es lo que yo tengo que contar?”.


Los libros tenían ciertas limitaciones: tenían que ser sobre Colombia, a partir de historias de mi región. El tiempo es inventado, pero debía coincidir con el tiempo histórico de este país y pensé que tenía que haber historias que yo no hubiera leído en la literatura colombiana y no las hubiera encontrado, pero que se mantuvieran en una tradición.


Nunca quise ser un continuador de cosas como el realismo mágico, porque sentía que eso no abarcaba el mundo que yo quería, pero sí iba a trabajar sobre el realismo. Por ejemplo, Recuerdos del río volador tiene un realismo fotográfico, quiere capturar ciertos elementos para crear otra noción de realismo.


La tradición colombiana tiene huecos en cosas que pudieron ser y no fueron y eso sí me ha interesado más: la historia apócrifa de la literatura. Lo que ha sido censurado, lo que ha sido callado, lo que no se pudo realizar, a veces es más interesante. También los libros malos a veces resultan elocuentes; son fallidos por algo: falló el lenguaje o fallaron los personajes o algo. Pero examinándolos uno llega a decir: “¡Ah!, pero esta gente estaba evidenciando ciertas realidades”. Ese catálogo grande de novelas de la Violencia de los años 50, 60, le muestra a uno los errores generales de la literatura. Ya G. García Márquez lo señaló bastante en “Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia”, un artículo de 1959, donde habla de las repeticiones que hay en esas novelas.


Con las grietas o con los silencios o con lo apócrifo me refiero a, por ejemplo, José Eustasio Rivera, el autor de La vorágine. Murió de 46 años en los Estados Unidos, pero justo antes de morir, él estaba anunciando una novela que se iba a llamar La mancha negra. Esa novela surgía a partir de una investigación que él hizo sobre cómo la Standard Oil se quedó con el petróleo colombiano, cómo engatusaron al Gobierno de Pedro Nel Ospina para quedarse con los yacimientos del petróleo, cómo esas concesiones ganaron precio como acciones sin haber explotado un solo barril; mientras esperaban que el precio del petróleo subiera, organizaban la estructura para negociar la concesión. Así se quedaron 50 años sacando el petróleo sin darle a Colombia nada.


José Eustasio Rivera, en los años 20, publica una serie de crónicas en un periódico de Bogotá contando sus investigaciones. Él había sido parte del Comité Limítrofe, había visto cómo trazaban la raya de Venezuela y Colombia, y cómo el petróleo quedaba del lado venezolano, no colombiano. La historia del petróleo venezolano es también muy interesante, pero desde otra óptica. Con esta investigación que él hace y donde explica por qué sacaron a Marco Fidel Suárez del poder cuando quería nacionalizar el petróleo, cómo sobornaron a los ministros de minas de entonces, cómo las empresas eran fachadas, pues era Rockefeller detrás del petróleo, con todo eso él iba a hacer una novela, pero nunca se publicó.


No se sabe de qué murió José Eustasio Rivera, pero ya deberíamos saberlo hoy, pues hay técnicas para saber; sus restos están acá, pero no sabemos de qué murió, si lo envenenaron y tampoco sabemos qué pasó con el manuscrito de eso que él ya anunciaba. Él estaba en los Estados Unidos tratando de convertir al cine La vorágine y muere y lo repatrian; su cadáver se pudre en el río Magdalena y allí está en el Cementerio Central de Bogotá, en una fosa bastante abandonada.


El maestro Isaías Peña había hecho unos artículos sobre las columnas de Rivera; él me ilustró más al respecto, y a mí me quedó esa inquietud: Rivera trabajaba en un libro que iba a tocar la época de la explotación petrolera. En el fondo, no fue que tomé la historia de Rivera, porque cuando yo descubrí eso ya estaba avanzada mi novela, pero me dio una directriz. El conflicto social, el fantasma de todo esto es el imperialismo funcionando en Colombia y cómo eso afecta las condiciones de vida de la gente, la migración, pues mucha gente llegó a la región del Magdalena Medio buscando transformar su vida con un salario de la petrolera, un salario de mierda porque se trataba de trabajar con paludismo, vivir en las peores condiciones habitacionales, contar con un solo médico para tres mil trabajadores y a todos únicamente les daban quina.


A partir de esos datos, Rivera me puso en la pista y fui aterrizando en lo que quería. Como un pequeño homenaje, el periódico revolucionario del libro se llama La Mancha Negra. En La vorágine, también van a aparecer muchas preguntas sobre la explotación humana del caucho y los errores que causó. Es en esa tradición que yo quería enclavar lo que estaba haciendo.


***

Paula Andrea Marín

Profesora y crítica literaria

* Cómo citar esta entrevista: Marín Colorado, P. A. (2024). Entrevista a Daniel Ferreira. Estudios de Literatura Colombiana 55, pp. 221-232. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.356977

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[Crítica] «Recuerdos del río volador»: En las entrañas del dolor colombiano

CHILE

Cine y Literatura 2 agosto, 2023

Por Martín Parra Olave


El joven y prolífico escritor chucureño Daniel Ferreira publica la quinta novela de su denominada «Pentalogía (infame)» en torno a la historia contemporánea de su país, un texto de ficción polifónico y monumental de más de 500 páginas, donde su autor se interna en los orígenes estructurales de la violencia y de la indignación social presentes hasta el día de hoy en su país.


Si hay algo transversal a la literatura colombiana es la historia de actos y hechos violentos que tanto han marcado la vida de los habitantes de aquel país en los últimos 70 años. Muchas obras literarias se han escrito para intentar entender las causas de lo que ha sido un estigma para la sociedad cafetera.


En este sentido, la obra de Daniel Ferreira ( San Vicente de Chucurí, 1981) es un ambicioso proyecto literario que se enmarca dentro de lo que ha sido llamada su pentalogía acerca de Colombia, una serie de novelas con las cuales el narrador aborda la caótica realidad política, social y cultural de su nación.Ver espectáculos


Las ficciones que componen este ciclo son: La balada de los bandoleros baladíes (2010), Viaje al interior de una gota de sangre (2011), Rebelión de los oficios inútiles (2014) y El año del sol negro (2018). La monumental obra que cierra este proyecto es Recuerdos del río volador (Alfaguara, 2023).


En esta, la última novela de Ferreira, el argumento está constituido a partir de la desaparición de Alejandro Plata, un fotógrafo algo enamorado que a la vez se desempeña también como un inspector de obras férreas, en las primeras décadas del siglo XX.



Sin embargo, el texto en sí mismo no es solo la historia de este personaje, sino que más bien es el relato de la pregunta que ha rondado por la cabeza de los colombianos durante décadas: ¿qué me quitó y cómo llegó «la violencia» hasta mi vida?


Y cuando se refieren a la Violencia la escriben con mayúscula, pues parece ser una fuerza viva, inexorable, difícil de prever y con la tremenda capacidad para mutar en el tiempo e ir adquiriendo nuevas formas y mecanismos para truncar las existencias de los ciudadanos, campesinos y soldados de aquella golpeada sociedad.



Llena de pasajes emotivos e intensos


Pueblos completos que van quedando como pequeños poblados fantasmas pues la barbarie de uno y otro lado confluyen en ese lugar para transformarlo en un campo de batalla donde los campesinos son asesinados por los guerrilleros, los paramilitares o los militares. Parece una locura, ya que nadie confía en nadie y la muerte parece ser la única salida posible.


No hay familia ni ser humano en Colombia que no conozca la fuerza de la violencia que le haya arrebatado algún ser querido. Profesoras, madres, niñas huérfanas que conocen posteriormente las razones verdaderas de por qué sus padres ya no están.


Ferreira maneja una técnica narrativa fuera de lo común, y es capaz de moverse de manera hábil en relatos breves y en algunas historias de largo aliento, como lo es Recuerdos del río volador, una novela de más de 500 páginas que absorben completamente al lector desde que inicia el aprecio de sus páginas.


Llena de pasajes emotivos e intensos, esta novela es una obra polifónica, que se sumerge en las entrañas del dolor colombiano para dar cuenta de que muchos de los actos de violencia que se viven en el presente, son las ondas de aquellos años más cruentos que se vivieron en las últimas décadas de la centuria pasada, y que parece que aún no se cierran definitivamente.


Una obra que, más que buscar respuestas, nos ayuda a hacernos preguntas acerca de la forma y manera en la cual vamos construyendo nuestro presente y de como el pasado es un fantasma que no deja de regresar.


***


Martín Parra Olave es licenciado en gobierno y gestión pública de la Universidad de Chile y magíster en letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente cursa el doctorado en literatura impartido por la última Casa de Estudios.

https://www.cineyliteratura.cl/critica-recuerdos-del-rio-volador-en-las-entranas-del-dolor-colombiano/

Recuerdos del río volador, Historia de la literatura

BOGOTÁ

enero 19, 2023

Por Mónica Acebedo


Recuerdos del río volador

Daniel Ferreira

Alfaguara, 2022


Daniel Ferreira selló con broche de oro su Pentalogía (infame) de Colombia. Esta última novela confirma que se trata de unos de los mejores escritores colombianos del momento. Las cinco novelas son maravillosas, pero esta, a mi juicio, es la mejor. El aparato narratológico es preciso y novedoso: una polifonía de voces, una historia fragmentada pero consecuente, cartas, fotografías, obras de arte y la magia de naturaleza dialogan con los sucesos más relevantes de Colombia y del mundo entre los años veinte y cuarenta del siglo XX. 



Yuxtapone magistralmente datos y personajes históricos, el descubrimiento del petróleo, la tecnología y la idea de progreso con la violencia colombiana, la marginalidad de los pueblos de Colombia y el impacto en las comunidades de la presencia de las empresas americanas:


«Por eso me puse esa ropa, porque iba a donde estaban el trabajo, el progreso y el dinero: el puerto del Cacique, la llanura lacustre de la concesión petrolera donde retozaron de amor los dinosaurios y donde desde el fondo de la tierra manó una lluvia de aceite negro que convirtió una aldea de pescadores en una fabulosa ciudad de hierro, quemadores y chimeneas que fabricaba dólares […] (31).  Pero además, es una historia de amor muy conmovedora. 


Alejandro Plata trabaja en el Puerto del Cacique, un pueblo ficticio que  se ha desarrollado a partir del descubrimiento de petróleo y el establecimiento de una refinería. La trama gira alrededor de la desaparición de Alejandro y la búsqueda que emprenden su hermano y su madre. Lucía Lausen es una maestra de escuela que se mueve por varios pueblos de Colombia. Entre ellos se desarrollará una compleja relación que se va fortaleciendo y debilitando al capricho de los lectores. El río Magdalena es el protagonista de esta maravillosa historia que se va construyendo en desorden cronológico, junto con una serie de personajes enigmáticos y muy reales, que reflejan el sentimiento de una nación entera que trae a cuestas una historia indeleble de violencia. 


Es el perfecto ejemplo de polifonía narrativa. Escuchamos diversas voces que se confunden en el tiempo y en el espacio, pero que edifican con firmeza el núcleo de la historia. Cuando utiliza la primera persona evoca intimismo y sentimiento:


«Mi hermano Alejandro diseñó un plan para burlar la presencia de nuestra madre» (11). (Timoleón Plata, el hermano de Alejandro).


«La niebla bajaba como un manto de novia y cubría la montañas gemelas Montefrío y Montaña Redonda. Sabíamos que luego de penetrar en los bosques y difuminar las cumbres, el banco de niebla cerraría la vista de la carretera y de la Peña de Fedra blanca del barranco de Chinchón» (49). (Elena, la hija de Lucía).


«Huele a tierra mojada y pienso en ti, Lucía. Me pierdo en tu recuerdo como me perdí en una selva, como me perdí en el cielo, como me perdí en tu pelo, como me perdí recorriendo tus pechos, como me perdí en tu nuca y los bordes de tu cara y de tu frente romana, como me perdí en la casa oscura de zaguanes y claraboyas donde fui niño y descubrí el trayecto de la luz en el polvo suspendido» (516) (Alejandro).


La segunda persona también está presente ya sea en cartas o la conciencia hablando: «Te detienes en la arena caliente y observas el cielo. Las aves esconden grandes enigmas. Su dirección de vuelo, su tiempo exacto de aparianiento, su canto» (180). (Alejandro)  


Encontramos igualmente a un narrador en tercera persona, algunas veces desde alguno de los puntos de vista de algún personaje o, en otras, omnisciente, que ayuda a darle neutralidad a la narración: «Toda la noche se oyó el ruido de la lluvia. La lluvia cesó antes del amanecer, de repente callaron las hojas de plátano y los techos de zinc». (141) 


Esas múltiples voces narrativas juegan con unos tiempos verbales que le dan inmediatez a la narración o ponen distancia para que el lector pueda contemplar las escenas y trabajar en su propio criterio, ya que, precisamente, Ferreira es un mago en el mostrar y no contar. Eso sí, describe cuando se necesita.


«Me voy a morir, Lucía, en cualquier momento me voy a morir, pero escúchame bien lo que voy a decirte: siempre sentí que nadie me amó, y que por la misma razón yo no podía amar. Hasta que te conocí.


Lucía alza el paquete de cartas y busca otra. La desdobla». (290).


Desde la perspectiva del género, se podría decir que es al mismo tiempo una novela telúrica, de violencia, romántica e incluso histórica. Rezuma 


numerosos temas como la violencia, el bipartidismo, el progreso, la influencia del el comunismo internacional, las luchas sindicales, la historia del petróleo, la historia de la fotografía, el amor y muchos más…


No quiero cerrar este breve comentario de una novela de la que se puede hablar mucho, sin alabar la labor editorial de Carolina López Bernal: espectacular edición. 


¡Esta novela toca leerla!

*** 

Mónica Acevedo, es crítica del diario El Espectador y profesora de literatura en la Universidad de los Andes

https://www.monicaacebedo.com/recuerdos-del-rio-volador/

Recuerdos del río volador, Revista Generación

El revelado de la imaginación narrativa

Por Clemencia Ardila

Revista Generación

El Colombiano

15 de enero de 2023

Recuerdos del río volador, de Daniel Ferreira, Alfaguara,523 páginas.



En ocasiones la lectura de una obra nos convierte en lectores ávidos de un autor, atentos a sus publicaciones y, en el caso del escritor santandereano Daniel Ferreira, seguidores expectantes de su proyecto de escritura: una pentalogía de la violencia en la Colombia del siglo XX. El autor desarrolla una historia cruenta y brutal de nuestro país cuyo inicio arranca con la guerra de los Mil días (El año del sol negro, 2018) y finaliza con las incursiones de guerrilleros y paramilitares (Viaje al interior de una gota de sangre,2014), pasando por las luchas por la tenencia de la tierra (Rebelión de los oficios inútiles, 2015), las huelgas obreras de 1920 y la violencia bipartidista tras la muerte de Gaitán (Recuerdos del río volador, 2022), sin olvidar el maltrato en el seno familiar, el miedo que obliga a asesinar, el amor que lleva al filicidio (Balada de los bandoleros baladíes, 2011).


El amor y el sufrimiento

No hay lugar a dudas de la importancia de la temática de las cinco novelas y del desconcierto y tristeza que nos sucinta el sabernos parte de una sociedad cuyo inventario de formas y razones para estigmatizar y aniquilar a los otros es tan diverso como feroz y sangriento. Sin embargo, la relevancia de esta pentalogía trasciende su asunto para proyectase en un universo narrativo contundente en su propuesta estética. Las estrategias para lograr tal efecto son tan diversas como las novelas mismas, pero es quizá en Recuerdos del río volador donde se nos revela, y el término no es gratuito, cómo el lenguaje se torna en materia maleable y el autor en un artesano de palabras.



Críticos

La ficción en positivo


Además de la polifonía de voces y perspectivas acerca de los hechos, común a todas las novelas, de la presencia de recursos narrativos diversos —cartas, diarios, testimonios, comentarios del narrador —, se configura un personaje central, Alejandro Plata, heredero de un espíritu andariego y aficionado a la fotografía. Desde los 19 años recorre el río Magdalena capturando con su cámara escenas de la vida cotidiana, social y política que, finalmente, se evidencian en el río: “Quería fotografiar eso, la vida del río: sus cambios de temperamento, los surcos y derivas como caminos descartados con los siglos. El enigma de ese río. Sus fantasmas”. Esas fotos son el núcleo de la narración; en ellas se condensa una historia y se cifra una visión del mundo. El narrador y los personajes son, tanto como nosotros, lectores de cada una de esas postales que no existen sino en la palabra, que han mudado hacia ella, para, por obra y gracia del lenguaje, retornar a su origen. Al fin y al cabo, dice Alejandro, “la imaginación y el recuerdo, que significa traer al corazón, y la vista se asemejan”. Ya lo señalaba Cortázar y Ferreira lo reitera, con su propuesta estética, con la inclusión de fotos en algunas de sus novelas, el oficio del fotógrafo es similar al del escritor.


*Profesora e investigadora en literatura

https://www.elcolombiano.com/generacion/criticos/resena-sobre-recuerdos-del-rio-volador-de-daniel-ferreira-NB19815679

Pentalogía de Colombia, por Daniel Fernández Montoya

Bogotá

diciembre 6, 2022 

Por Daniel Fernández Montoya

“¿Pero si no lo busco yo, que le di la vida, entonces quién, querida hermana? La sangre es como una fuerza que atrae a la misma sangre. Cada vez que alguien me dice que no está vivo, siento las más imperiosa necesidad de encontrarlo.” P.242


En “Recuerdos del río volador”, el escritor colombiano Daniel Ferreira pone fin a su “Pentalogía de Colombia”. Esta vez siguiendo el rastro de Alejandro Plata, un amante de la fotografía que trabajaba en la construcción de las vías férreas y de quien pierden el rastro a los pocos meses del asesinato de Gaitán y el recrudecimiento de La Violencia.


A lo largo de cuatro capítulos y un poco más de quinientas páginas, conocemos todas las aristas de la historia de Alejandro Plata, su vida familiar, su afición por la fotografía, su primer amor, su primer trabajo, sus amigos en la concesión, sus aventuras como fotógrafo, la historia con la mujer que lo flecha y enamora, la búsqueda que hacen su madre y hermano para saber qué pasó con él, la espera de la mujer que nunca supo su paradero… todos estos temas y mucho más, con un río de fondo, el río por el que viajaban las personas antes de que existieran las carreteras y el río volador que Alejandro se dedicaba a observar y fotografiar en la noche, cuando creía que las estrellas nadaban en el cielo en una especie de río.


El libro tiene su propio estilo, característico de Ferreira, en el que los relatos se entremezclan con cartas y recuerdos de cada personaje, en el que el pasado y el presente se confunden en un hilo, donde todos los hechos tienen que ver con lo que se está narrando. De esta manera, se presentan diferentes subcapítulos de la trama, donde podemos seguir la búsqueda de Mariquita a su hijo, seguida de cerca por su ayudante; también conocemos un poco sobre la vida en el Puerto del Cacique cuando Alejandro trabajaba como inspector de obras de una empresa extranjera, igualmente conocemos los amigos que hizo Alejandro en ese sitio y cómo su afición por la fotografía lo llevó a hacer parte de un periódico comunista que denunciaba la violencia y los estragos de la compañía petrolera en la región.


Mención especial se le da a la historia de Lucía Laussen y su hija Elena, quienes viven a su manera la ausencia de Alejandro. Lucía era profesora de primaria y se enamoró de Alejandro en una fiesta de la compañía petrolera. Luego de algunos coqueteos y los viajes constantes de Alejandro a las obras o con el club de fotografía, Lucía y él comenzaron una relación en la que Elena, hija que ya tenía Lucía, se convirtió en ese trípode sobre el que Alejandro fijaba por momentos su vida. En una relación en la que la separación era una constante, pero los reencuentros traían magia, el amor incondicional de Lucía se debatía entre entregarse completamente o tener algunas reservas para no sufrir nuevamente una desilusión amorosa. Sin embargo, con el tiempo la ausencia de Alejandro se volvió más prolongada y Lucía se debatía entre quedarse en medio de la nada, esperando a Alejandro, mientras la vida de ella y de su hija corrían peligro, o de irse para otro sitio, donde tuvieran más seguridad.


En las páginas podemos ver cómo la madre, luego de casi una década de no saber nada sobre el paradero de su hijo, comienza a recorrer el país para atar cabos de su posible paradero. Así podemos conocer un poco más sobre la historia de Alejandro y las personas cercanas a él. Cada viaje, cada charla, se convierten en un punto que da nuevas pistas sobre quién podría saber dónde está o qué le pasó, a la vez que conocemos el pasado y cuál fue la relación de Alejandro con ellos. Un viaje que busca respuestas y cerrar un ciclo por parte de una madre que padece un cáncer terminal y quiere darle un cierre a un capítulo incompleto de su vida.


Otro gran protagonista del libro, como lo reconoce el mismo autor al final, es el río mismo. El río se convierte en un eje narrativo, en el paisaje y en el elemento que conecta todas las historias. Los viajes de Alejandro son en vapores, hidroaviones y barcas; su madre sigue la corriente del río Magdalena para conocer el último paradero de su hijo, también conoce el hidroavión de Bienvenido Miller, en el cual volaba su hijo y dio ella su último vuelo en medio de una conversación importante con ese piloto extranjero que se quedó a vivir en Colombia.


En resumen, “Recuerdos del río volador” es un libro sobre las búsquedas y los recuerdos, en el que las cartas se convierten en el elemento que mezcla el pasado con el presente y crea ese contexto en el que la búsqueda encuentra las respuestas, donde aparecen los caminos, las pistas y los personajes. Es también un libro sobre los cierres, las esperas y los duelos; elementos que desde hace mucho tiempo han marcado la historia de las familias colombianas. En Alejandro se refleja la vida de muchas personas que en medio de La Violencia y de todas las otras violencias, han sufrido por querer ser libres, por pensar diferente o por querer decir la verdad. En su madre y en Lucía, se refleja el paso del tiempo y la manera en que el tiempo se convierte en ese río volador que se lleva los recuerdos y las esperanzas, mientras todo pasa, pero se sigue esperando como si la ausencia del desaparecido hubiera sido el día anterior.


El final del libro es también una manera de hacer un llamado sobre esta situación, pues con cada página que pasa se busca el cierre, llegar a esa posible solución que dé paz a la madre, a Lucía, e incluso a quien lee el libro. Pero el desenlace sigue abierto, como la historia de muchos desaparecidos, como la historia de la violencia en Colombia y como las oportunidades para que Ferreira siga creciendo su pentalogía y nos siga deleitando con sus libros.



La balada de los bandoleros baladíes – Daniel Ferreira

diciembre 9, 2019 /


“No conservamos una forma completa de los otros, con el tiempo. Conservamos fragmentos que valdrán por el todo. Cada vez menos. Cada vez los más metafóricos. Cada vez los pocos y exactos que habrán de recordarnos que felices no fuimos, pero que en verdad lo intentamos.” P.33-34


“La balada de los bandoleros baladíes”, es la primera entrega de la “Pentalogía de Colombia”. Curiosamente, este libro ha sido el más reciente publicado por Alfaguara, luego de haber publicado “Viaje al interior de una gota de sangre”, “Rebelión de los oficios inútiles” y “El año del sol negro”. La temática de la pentalogía va de lo más reciente, a lo más antiguo; por eso, “La balada de los bandoleros baladíes” se concentra en la violencia que se produce en los bloques paramilitares, en la guerra en Irak, en los barrios populares y al interior de los hogares.


El libro cuenta la historia de cuatro personajes: Escipión o “Putamarre”, un joven que huye de su casa para volverse millonario, sin importar el oficio que deba ejercer: se convierte en raspachín de hoja de coca, en paramilitar y en ladrón. Por otro lado está Malaver o “Malaverga”, otro joven que queriendo ayudar a su madre enferma de cáncer, decide robar para aportarle dinero; convirtiéndose, junto con “Putamarre” en un ladrón experimentado. Por otro lado está la historia de “El enfermo” un joven mellizo, que mientras va creciendo, ve como su hermana es el centro de atención y la referencia de la perfección, a la vez que él, cojo y enfermo, se convierte en todo lo peor de su familia. Por último, está la historia de una madre de un hijo “minotauro” quien, con el tiempo se quedó sola y a cargo de su hijo, al que mantenía encerrado en una jaula y lo cuidaba como si fuera un perro.


A partir de estos cuatro personajes, se desarrollan las diferentes historias de “La balada de los bandoleros baladíes”. El lector va conociendo cómo Escipión empieza a hacer fortuna, cómo la pierde, cómo vuelve a conseguir algo y cómo finalmente, se enlista como apoyo a las tropas estadounidenses para combatir en la guerra de Irak. Sobre Malaver, conocemos su esporádica familia, la tragedia detrás de la muerte de su esposa y su hijo, el papel que juegan los naipes que se encuentra en la calle en su suerte y cómo estos determinan lo bueno y lo malo que pasa en su vida. De “El enfermo” conocemos más acerca de esas situaciones cotidianas que fueron convirtiendo su vida en una olla a presión que, cuando finalmente explotó, se llevó a todos aquellos que hicieron su vida un suplicio, inclusive aquellos que menos lo merecían. Finalmente, la historia de la madre y su hijo minotauro, nos lleva a conocer de cerca la vida de una mujer abandonada, quien en medio de su soledad, es la única encargada de cuidar a un hijo que no la comprende y tampoco se sabe comunicar con ella; la madre, en medio del paso del tiempo y de preocuparse por su propia vida, encuentra algún momento en su rutina para darle el poco amor que le puede brindar a ese hijo.


A lo largo del libro, las historias se cruzan, conocemos cómo la vida de Escipión y Malaver está ligada, y cómo se volvieron socios para realizar robos. También conocemos sobre la vez que fueron a la casa de una mujer que los había contratado para cavar un hueco en el patio y la visita que le hicieron al otro día para encontrar su tesoro enterrado.


Todas estas vivencias, tan reales, posibles y cercanas; van labrando el destino de cada uno de los personajes. Cada acción, cada humillación, cada robo, cada delito cometido; se van convirtiendo en una rama más de la hoguera de la violencia; esa violencia que estamos acostumbrados a ver de lejos y a enterarnos de ella por televisión. Pero a veces esa violencia nos toca ejercerla a nosotros: asesinando por dinero, haciendo matanzas de “limpieza social”, cobrando venganza de esa familia que nos humilló durante años, o dándole un final digno a la vida de un hijo que siempre dependió de otros para que lo cuidaran.


“La balada de los bandoleros baladíes” es un libro sobre actualidad, sobre esos hechos violentos que nos persiguen, conocemos de cerca, o le han pasado a alguien cercano. Los cuatro personajes representan diferentes clases sociales y condiciones que pueden desembocar en una vida violenta. La pobreza, el abandono, la humillación, la dependencia emocional; todos juegan un rol importante en el desenlace de todas las historias.


En resumen, es un libro fácil de leer, con historias atractivas y aplicables a otros contextos fuera de Colombia. Fue el primer libro de Daniel Ferreira, que curiosamente fue reconocido primero en otros países que en su país natal. Es, también, un buen libro para iniciar correctamente la “Pentalogía de Colombia” y conocer más sobre la obra de este autor colombiano que ha dado de qué hablar en los últimos años.


 


El año del sol negro- Daniel Ferreira

diciembre 23, 2018 /


“Este año es el año del sol negro. Tenemos miedo a morir en el eclipse, pero no a la guerra.” P.272


El año del sol negro, es la cuarta entrega de la pentalogía de Colombia, escrita por Daniel Ferreira. Las otras entregas son Viaje al interior de una gota de sangre, Rebelión de los oficios inútiles y La balada de los bandoleros baladíes. En este nuevo libro, Ferreira explora “La guerra de los mil días”, enfrentamiento que se dio entre finales del siglo XIX y principios del XX en el territorio colombiano, enfrentando al gobierno, en cabeza del movimiento de Rafael Reyes, conocido como “Regeneración” y las milicias liberales, conocidas como “La revolución”, encabezada por Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera.


El libro está dividido en tres partes, el primero: “La historia del fusilero” narra en segunda persona el proceso vivido por José Celestino Sul, un hijo bastardo, trabajador de una hacienda cafetera, que decide enlistarse en la guerra convencido por un amigo cercano, y en sus adentros, para probar su valor y convertirse en un mariscal, como su abuelo, quien participó en diferentes batallas en Portugal y adquirió el rango en el campo de batalla. A lo largo de la primera parte del libro aparecen los personajes que desarrollarán toda la historia: El fusilero, sus compañeros de ejército, Julia Valserra (la mujer que dejó para ir a la guerra, los bandos enfrentados (oficialista y revolución) y las diferentes situaciones propias de la guerra en sí.


En la primera parte, se conoce las entrañas de la guerra, el proceso de alistamiento, las largas marchas, los pillajes, las situaciones valerosas y deshonrosas, las misiones encomendadas a Sul, quien empieza a destacar por sus habilidades con el fúsil y otras actitudes valoradas positivamente en el campo de batalla; todo, intercalado por viajes al pasado, donde recuerda a Julia Valserra, a su anterior patrón, dueño de una hacienda cafetera, a la hija de su anterior patrón, que enloqueció porque Sul no correspondió a su amor. La historia discurre entre páginas que cuentan las largas marchas, los charcos de sangre, la adversidad de la guerra, y otras que miran atrás para dar una razón del porqué se está allí, como un recurso de fortaleza para seguir luchando en contra del bando del gobierno y traer la esperada revolución.


La segunda parte: “La historia de Julia Valserra”, narra, a modo de diario, la historia de la mujer que espera al fusilero, hija de un miembro de la clase alta del pueblo y una mujer que trabajaba en su servidumbre. La historia de Julia está atravesada por la rebelión contra su madre, pues su madre siempre le prohibió todas las actividades que no fueran de “niñas” y constantemente se reprochaba el no haber dado un hijo varón, pues era la manera en que se podía mantener el legado Valserra. Julia, creció bajo esos reproches y reclamos indirectos, haciendo precisamente aquello que le prohibían, por lo que desde temprana edad se interesó por trabajar en el almacén de su padre, pues allí podía estar fuera del control de su madre. Fue así que conoció a José Celestino, quien en una ocasión, fue al almacén a comprar unos fusiles para su patrón, allí intentó hablar con Julia, y en una situación entre tímida y penosa, se dio un contacto que se convirtió luego en visitas nocturnas.


Esta parte, cuenta los pormenores de Julia, mientras imaginaba qué estaría haciendo su amante en la guerra, si estaría vivo todavía, cómo serían los combates, si algún día regresaría para conocer esa vida que se estaba gestando en su interior; todo, mientras su padre reaccionaba a los movimientos de las tropas, mientras buscaba una solución a la posible llegada de las fuerzas de “La Revolución” que ocuparían el pueblo, y mientras creaba una relación fraternal con un comandante del ejército del gobierno, que se comenzó a interesar por su hija. En las diferentes entradas del diario de Julia Valserra, se pueden apreciar los pensamientos de una mujer culta, que veía el mundo de una manera distinta a cómo lo veían las mujeres de su época y de su edad. Igualmente hay un viaje al pasado, pues se narran hechos de la infancia de Julia, pero el vaivén entre el pasado y el presente, hacen que el personaje de Julia tome fuerza, y se entienda el porqué de sus pensamientos y sus acciones.


Finalmente, la tercera parte: El eclipse, cuenta los pormenores de la guerra en sí, los enfrentamientos entre los dos ejércitos, la situación al interior del ejército del gobierno y el ejército liberal, las tensiones entre Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, la construcción de estos personajes y sus diferencias a lo largo de la guerra, los avances y repliegues de los dos ejércitos, las misiones en el exterior para conseguir armas y su travesía para llegar a Colombia. Todos estos elementos terminan de ambientar esa guerra que envuelve todo el libro, en donde se despliegan historias por todas sus ramas, para terminar en un campo de batalla lleno de cadáveres, fuego, pantano y sangre.


En conclusión, Daniel Ferreira se supera constantemente con cada nuevo libro que publica. Cada entrega de la “pentalogía de Colombia” nos trae un escritor más creativo, más arriesgado, que explora diferentes técnicas narrativas para crear un universo en el que sus personajes toman vida y nos dan permiso para entrar en su cotidianidad, conocer sus miedos y alegrías, su pasado y su presente, sus sueños y temores y también compartir una empatía que dura unas páginas, pero se convierte en algo más que eso.


“El año del sol negro” se puede considerar 3 novelas en una, pues combina la narración de un fusilero que quiere darle sentido a su vida siendo mariscal, una historia narrada a modo de diario sobre la forma de ver el mundo de una mujer adelantada a su época, que reflexionaba sobre su entorno y todas las decisiones que la llevaron a ser lo que era en ese momento, y, finalmente, una novela histórica, que aborda algunas batallas de “La guerra de los mil días” donde se conocen detalles específicos y envolventes sobre lo que allí pasó, la manera en que se relacionaban los bandos, en que se daban las batallas, cómo estaban los dos bandos al interior, los comportamientos de los personajes más representativos, la caracterización que se hace de Herrera y Uribe Uribe se siente tan veraz y detallada, que realmente se siente un estudio a fondo de la guerra en sí. Sobra decir que el libro es atractivo, engancha fácil y su extensión (600 páginas) no se siente, menos si toma su lectura como tres historias, escritas en tres libros que pueden ser leídos por separados, pero hacen parte de una gran historia llamada “Guerra de los Mil Días” que igual pudo contar con otras pequeñas historias, desde diferentes perspectivas, que formaran lo que en el mismo libro se dice, una historia grande con todas las historias de todos.


Rebelión de los oficios inútiles – Daniel Ferreira

septiembre 5, 2017 / 


“-¿Qué buscan con sus acciones?


– Lo que buscamos es cambiar el futuro. La forma en que vivimos. Las condiciones en que estamos dispuestos a realizar un trabajo. La forma en que están repartidas las responsabilidades en una casa y en el trabajo y en el amor y en la vida diaria.”  P.180


Esta reseña comienza citando el libro de Daniel Ferreira, el tercer libro de su pentalogía sobre el conflicto colombiano, esta reseña comienza hablando del libro dedicado a las luchas sociales de los años 70, a las reivindicaciones populares por la tierra y el derecho al trabajo, a la persecución policial y el Estado de Sitio que imperó en Colombia intermitentemente durante más de 40 años, esta reseña comienza reconociendo la capacidad que tiene Ferreira para contar a través de tres personajes y puntos de vista, la historia de un pueblo cualquiera en el que la ambición, la necesidad y la prensa, se ven involucradas en un mismo relato.


Dejando ahora de lado el estilo que más predomina a lo largo del libro, Rebelión de los oficios inútiles es un viaje a un pasado cercano de la historia colombiana, en el que los movimientos guerrilleros y el descontento social primaban en el imaginario colectivo de las personas. El sentimiento de reivindicación social, las profundas inconformidades con las injusticias vividas por las personas del campo que eran desplazadas por los grandes terratenientes, empezó a crear movimientos de personas que se unían para buscar justicia por sus propias manos, a la vez que se enfrentaban a un Estado intransigente, que tomaba la represión y la tortura como principales armas para  hacer frente a este descontento social, defendiendo los privilegios de las clases dominantes.


La trama del libro está dividida en tres personajes o visiones de la situación: Simón Alemán, un adinerado del pueblo, perteneciente a una familia que tradicionalmente ha tenido tierras en el municipio y sus aledaños, quien en su juventud viajó a conocer Europa y terminó conociendo de cerca el desamor y la muerte; pero luego regresó a su país para construir una urbanización similar a un pueblo que vio en Cuba. Anita Larrota, una mujer mayor que lidera un grupo de trabajadores que han decidido invadir los terrenos en los cuales Simón Alemán estaba construyendo su urbanización, pues éste a falta de dinero, no pudo pagar a sus trabajadores, lo cual los dejó sin sustento y abandonados a la miseria; por lo que los trabajadores decidieron invadir el terreno como parte de sus reivindicaciones por los tres meses de sueldo que les debían. Finalmente aparece la voz que busca escuchar a las partes, el periodista Joaquín Borja, quien con su periódico La Gallina Política pretende contarle al pueblo todas las situaciones que se viven y presentarle las voces de los diferentes protagonistas.


A lo largo del libro se van conociendo historias más profundas sobre los tres protagonistas. El viaje de Simón Alemán en el que conoció a una italiana de la que se enamoró perdidamente y con la cual viajó a Estados Unidos para empezar una nueva vida, pero ella, en el instante de llegar a Ellis Island, lo abandona y lo deja con un inmenso dolor que lo acompañará a lo largo de toda su vida. La historia de Ana Larrota y la muerte de su hijo en un fuego cruzado entre militares y personas de la sociedad civil, el profundo sufrimiento de su esposo al saber que su hijo, que apenas era un adolescente, fue asesinado a pocos metros suyo, que lo llevó, luego de un largo periodo de depresión y alcoholismo, a elegir el suicidio como único remedio para aliviar su dolor. La pasión literaria de Joaquín Borja, sus profundas charlas con su compañero Geovanni Orozco, el amor que tenía por su hermana Luisa, que fue asesinada en un atentado que iba dirigido contra él y del que se salvó de milagro, la labor de terquedad con la que se dedicaba a sacar tirajes del periódico que nadie leía, pero él insistía en contarle al pueblo las diferentes versiones de los hechos que sucedían.


¿Qué es entonces rebelión de los oficios inútiles? Es un relato a tres voces de una Colombia en miniatura. Está la voz de los oprimidos, los trabajadores rasos de origen humilde que cargan con historias de violencia, asesinatos, muerte, desplazamiento y pobreza; que están dispuestos a hacer más allá de lo posible por darle unas condiciones de vida digna a su familia, inclusive llegando a morir por ellos defendiendo lo poco que tienen. Está el terrateniente soñador y ambicioso, que por culpa de su ambición llega a la bancarrota y se sume en una espiral de deudas y alcohol que terminan por nublarle el poco juicio que le queda. Finalmente está la prensa, la prensa libre, que hace hasta lo imposible por conseguir una nota, por aumentar su tiraje y decirle la verdad a los habitantes del pueblo, aquella que sabe que tiene poca acogida, que casi nadie la lee, pero guarda en lo más profundo de sus adentros la esperanza de algún día despertar el interés de las personas, crear una sociedad informada y contribuir al empoderamiento de las clases populares.


En conclusión, el libro es una radiografía inveterada de lo que ha sido Colombia, desde sus inicios hasta la actualidad, una constante lucha de clases en la que el que más tiene va a querer seguir teniendo y los que tienen poco, van a buscar defender a toda costa aquello que han podido obtener. Tal vez por eso Ferreira tampoco haya situado la trama del libro en un lugar en específico, pues al igual que “Viaje al interior de una gota de sangre”, esta historia pudo y puede pasar en cualquier parte de la geografía colombiana.


Viaje al interior de una gota de sangre – Daniel Ferreira

julio 30, 2017 / 


“Es el perro el primer animal muerto que vio aquel día, y es su amigo Pedrarias el primer hombre muerto que verá en la vida. No serán los únicos.” P.134


Viaje al interior de una gota de sangre es un libro que hace parte de la colección de cinco relatos pensada por el escritor colombiano Daniel Ferreira, con la cual busca narrar episodios sobre la guerra de Colombia. Este, particularmente, cuenta en diferentes voces la historia de una masacre paramilitar ocurrida en un pueblo de alguna parte del país.


El relato comienza presentando a los paramilitares y su plan para realizar la masacre, que se va a realizar el día en que el pueblo está celebrando sus fiestas populares y se lleva a cabo un reinado que concentra a todos sus habitantes en la plaza. Hasta allí los hombres armados llegan en dos camionetas y abren fuego contra todas las personas que se encuentran reunidas esperando el reinado. Luego de buscar y rematar los sobrevivientes; los sujetos armados preguntan por el cura del pueblo, a quien acusan de auxiliador de la guerrilla.


En esta escena se empiezan a dar los relevos narrativos y se conocen las historias de un niño, su perro y su amigo Pedrarias, que tenían como pasatiempo favorito ir al río para espiar a las jóvenes que se solían bañar allí desnudas. Luego se presenta la voz de Irigna Delfina, una de las mujeres que se bañaba en el río y en sus aguas encontraba el alivio para sus tristezas, pues nadar en ese río le recordaba a su padre asesinado tiempo atrás en una misión de contrabandistas. Igualmente, cercano a la historia de Irigna Delfina, está el personaje de Urbano Frías, un contrabandista y mafioso del pueblo, que busca jóvenes de 14 a 16 años para saciar sus deseos sexuales, de los cuales Irigna Delfina se convierte en objeto y es obligada por su madre a estar con él. Por otro lado está el profesor del pueblo, un historiador que viajó a la tierra natal de su abuelo para conocer más sobre su pasado y los relatos que le contaban sobre su abuelo, el único comunista que murió en un levantamiento nacional que fue cancelado a última hora, pero que decidió liderar en su pueblo para buscar su muerte al saber que su amante y principal modelo en sus pinturas, un obrero de una compañía petrolera, había muerto recientemente de paludismo. Por último está la historia del cura del pueblo, un italiano cercano al pueblo y sus necesidades, quien fue señalado de auxiliador de la guerrilla por sus comportamientos “revolucionarios” y cuyo sacristán se encargó de pintar un mural de toda la pared de la iglesia en el que retrataba diferentes escenas del levantamiento campesino y las masacres ocurridas luego de éste.


El libro discurre entre todos estos personajes y un salto constante entre el pasado y el presente, donde se rememoran hechos que tienen que ver con la vida de cada personaje y se convierten en esos instantes antes de la muerte donde toda la vida pasa como una película o donde se recuerda aquello que se quiere recordar antes de sumirse en la oscuridad total. Para mí, este recurso a veces se convierte en un elemento confuso, pues se realizan saltos del pasado al presente de un renglón a otro, lo que le resta fluidez al relato entre párrafo y párrafo.


Las 134 páginas que hacen parte de este libro se convierten en un relato desde diferentes puntos de vista, en los que se conoce la realidad de un pueblo alejado de algún lugar del país. Unas dinámicas sociales que se pueden generalizar y situar en cualquier lugar donde no exista una fuerte presencia estatal y los diferentes grupos armados ilegales hagan de las suyas. Un lugar que a pesar de convivir con la violencia, busca continuar con su vida a como dé lugar. De allí que los niños busquen inocentemente conocer el mundo a través de la sexualidad y los cuerpos de las mujeres mayores; que las niñas sueñen con salir de allí y buscar un futuro mejor; que aquél que representa el poder quiere ostentarlo y demostrarlo cada que pueda, haciendo lo que le dé la gana en el pueblo, pues el dinero reemplaza los valores y las leyes en los lugares apartados del territorio; y la labor de aquellos que deciden dar su vida por el pueblo, buscando mejorar las condiciones de vida de sus habitantes.


Viaje al interior de una gota de sangre es el relato en el que la muerte siempre está presente y en el que hacemos el recorrido de una masacre a la par de sus perpetradores y testigos. El libro de Daniel Ferreira nos lleva a aquellas épocas más violentas de Colombia, en las que la muerte vestía de cualquier color y atacaba a cualquier persona; demostrando así que el único color que conoce la guerra es el rojo de la sangre, al cual le da igual el cuerpo del que provenga, pues su misión no es conocer a quien va dirigida o qué vida busca cegar, su misión es herir y hacer sangrar.


***

Daniel Fernández Montoya es crítico literario

https://cosimoenlosarboles.wordpress.com/tag/daniel-ferreira/

El año del sol negro, Historia de la literatura

Bogotá, marzo 3, 2022

Por Mónica Acebedo


El año del sol negro 

Daniel Ferreira

Alfaguara, 2018


Esta maravillosa novela del santandereano hace parte de la Pentalogía (infame) de Colombia: La balada de los bandoleros baladíes (2010); Viaje al interior de una gota de sangre (2011); Rebelión de los oficios inútiles (2014); El año del sol negro (2018). A partir de diversas voces narrativas y una estructura fragmentada y muy poética, el autor da cuenta de algunos sucesos de Guerra de los mil días de una forma entretenida y dinámica. 



En el año 1900 un fusilero renuncia a su trabajo en una hacienda con la intención de unirse a la revolución liderada por el general Rafael Uribe Uribe que lucha contra el gobierno conservador. La amante del fusilero es hija del dueño de un almacén de ultramarinos, seguidor de los conservadores. Mientras espera la llegada de su amante el conflicto se permea a todas las esferas de la sociedad, en medio de una de las guerras más cruentas de la historia de Colombia. La novela nos presenta varias facetas de la guerra y la fragilidad de los más débiles. Alrededor del eclipse total de sol en 1900 se narran los sucesos desde diferentes perspectivas de la Guerra de los mil días. 


Aspectos narrativos


Voz narrativa


La primera parte del libro, «La historia del fusilero», está narrada en tercera persona con la perspectiva del fusilero, que alterna con una segunda persona dirigida a él mismo.


Ejemplo de la tercera:


«Así hizo el primer tramo del descenso. A tumbos y rastras y saltos y mandobles de borbón, por entre helechos y heliconias, bajó por la piel de la montaña hasta perder la vista del horizonte» (157).


Ejemplo de segunda:


«Si tienes hambre, tu estómago se hará pequeño. Si tienes frío, cubrirás con tus manos los genitales para mantener una flama de calor en la noche plateada» (157). 


La segunda parte del libro, «La historia de Julia Valserra», está narrada en primera persona, a partir de un diario personal y en segunda persona dirigida a su amante, el fusilero. 


Ejemplo de la primera:


«Papá está inquieto. Pasea de un lado al otro de la sala, sosteniéndose del bastón, y simula su impaciencia mientras lee periódicos atrasados.


Debió haberla visto, pero se hizo el pingo» (315).


Ejemplo de la segunda:


«Para escribir una historia hay que acumular tiempo y memoria. Tú podrías ser mejor escritor que yo, si lo quisieras, porque sabes observar» (320).


La tercera parte del libro, «El eclipse», contiene diferentes narraciones. Son micro relatos sobre diversos episodios alrededor del final de la guerra. La mayoría están narrados en tercera persona. Sin embargo, hay algunos en primera persona (Madrugada), por ejemplo, casi siempre los de la versión de los liberales:


«La última misión de los macheteros consistía en arrastrar dos batallones godos que se daban la pela para rechazarnos del Alto de Rubén» (443).  


Género


Narrativa de conflicto

Narrativa de violencia 

Novela histórica

Temas


Guerra

«—Quememos esta malparida casa —dijo el cuchillero.


—¿Por qué?


—Porque es la guerra» (54)


«Un héroe es un héroe —dices, con desinterés—, sin importar el bando» (139).


Violencia política

Estrategia militar

Paternidad 

La curia

«Aquella mañana, el párroco del pueblo había dicho en misa que los revolucionarios liberales quemaban biblias, fusilaban a sus prisioneros y violaban a las mujeres. Enseguida fue mandado apresar por el jefe supremo y llevado a comparecer en la plaza pública» (116).


Naturaleza femenina y el papel de la mujer en la guerra

«Desnudarse, el único acto revolucionario de una mujer»


Motivos 


Estructura espejo: El fusilero, Julia. Punto de vista femenino y masculino.

Lenguaje sencillo 

Dichos coloquiales  (endeantes, puaca, gurbia, calambuco, cuchuco, guarapo, entelerido, ameros, esmugar…)

Fragmentación – relatos independientes – Ej. P. 168

Poesía

Ejemplo: “SOBRE LA LOCURA DE LAS MUJERES”


«Las que rompen las piernas de sus hijos / Para que no se conviertan en soldados / Las que se desnudan en la calle, / Para ser rebeldes / las que fueron obligadas a acostarse con el padre / Las que deben trabajar desde la cuna / Las que espantan mariposas / Las que recogen papeles que arrastra el viento, las que se ríen de nada […]» (292). 


Escenas sexuales sutiles:

«Recuerdas el día, porque un sol cobrizo entraba por la ventana al amanecer y le daba en la cara y el pecho desnudo. Lo recuerdas, además, porque fue la última vez que estuviste dentro de su cuerpo. Recuerdas ahora el arco de las cejas, una de las cuales estaba más arriba que la otra y le daba altivez a su mirada. Recuerdas los labios carnosos y los ojos alargados. Recuerdas bien el mapa de aquel cuerpo. Las hebras de pelo desordenado después de la noche de amor. Cada tendón de su cuello. Cada porción de ese cuerpo que ya no tendrás, si te matan» 


Intimismo

«Insultos para espantar el miedo.


Frases sueltas que descompletan el frío


El páramo, donde silba el viento.


Que canta canciones 


Que confirma con su voz aguda y cortante lo que dice Duque […]» (60)


Símbolos


Diario

Embarazo

Machete

Armas 

Batallas

Mutilaciones

Masacre

***

Mónica Acebedo es crítica literaria en El Espectador

https://www.monicaacebedo.com/el-ano-del-sol-negro/