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Entrevista en El Heraldo a Daniel Ferreira, Viaje al interior de una gota de sangre

Entrevista a Daniel Ferreira, por Fabián Buelvas
El Heraldo
Filbo | Miguel Menéndez


El pasado sábado 29 de abril, Daniel Ferreira (San Vicente de Chucurí, Santander, 1981) presentó en la Feria Internacional del Libro de Bogotá Viaje al interior de una gota de sangre, novela publicada por primera vez en 2011 y editada en esta ocasión por Alfaguara. El libro cuenta el horror de un pueblo que un día, mientras celebra su reinado popular, es masacrado por un grupo de encapuchados.

La historia de ese pueblo es la historia de cientos de pueblos de Colombia que sufrieron en carne viva la guerra, el dolor y la muerte durante el tiempo más oscuro que ha trascurrido en este país. Una historia criminal que parece –contra todo pronóstico– empezar a acabarse, y por eso Ferreira, al inicio de la FilBo, dijo celebrar el fin de la caza de carne humana en las selvas
de Colombia.

 P  En una entrevista anterior dijiste que querías escribir las historias de violencia no contadas del siglo XX en Colombia, lo que quedó en las grietas de hace 30, 40 y 50 años. ¿Cuál crees que es la responsabilidad de un escritor con la historia del país?

R  Yo trabajo con la realidad, pero con formas literarias. Lo importante es no confundir la ficción con la no ficción. El arte viene después de la memoria. Un descenso en la barbarie monótona del país permitiría examinar con cabeza fría el pasado, pero algo como el actual proceso de paz no había ocurrido. A las guerrillas liberales las traicionó el poder y de ahí salieron las guerrillas de los sesenta y los Vásquez Castaño, los Tirofijo. El proceso de paz más cercano fue Casa Verde, y lo bombardearon. La paz con el M-19 y la Constituyente fue otro momento, pero un placebo para la verdadera paz si se observa con distancia la cotidianidad ensangrentada de los años noventa. La reinserción paramilitar fue un simulacro de pacificación. Ahora podría empezar un punto cero, un posconflicto. Sería necesario para que la mirada que hacemos todos sobre el pasado observe distintos nexos ocultos en esta guerra. Para mí esa distancia la impone la ruptura entre generaciones y ahora el posconflicto. Nosotros juzgamos duramente a la generación que permitió el Frente Nacional y la de los sesenta que quisieron hacer una revolución y acabó en ese aparato de guerra. En el futuro, la generación del posconflicto no nos habría perdonado hundir la paz con las Farc, y no creo que nos perdonen la incoherencia del plebiscito.

La ‘responsabilidad del escritor’ parece ser un malentendido que impone un peso de ideas comunistas sobre el artista que asuma esa postura, pero para mí tiene que ver con estar de lado de la verdad y la justicia, como fue la postura de Camus desde la ética individual, o la postura del testigo insobornable en Orwell.

 P  Tu última novela, ‘Viaje al interior de una gota de sangre’, es un sumario del horror que representa la Violencia en Colombia. Háblanos un poco de ella.

R  La violencia es una parte de un relato. El mito completo, su antes y después no podría explicarse solo con violencia. La novela transcurre en un pueblo lleno de individuos a los que una matanza convierte en sujeto colectivo, atados a un destino que parece borrarles la vida personal. Los personajes de la novela intentan ser un arquetipo, como la mujer embarazada y muerta que pintó Obregón en su cuadro; más que la representación de una mujer es una gran pregunta sobre la humanidad, sobre una época, sobre las capas acumuladas de un territorio, sobre quién mata a quién y por qué lo mata. El viaje es el recorrido de un niño por un paisaje de barbarie.

 P  El hecho de que ocurra en un pueblo recuerda a ‘La casa grande’, de Álvaro Cepeda Samudio. ¿Qué influencias literarias sustentan tu novela?

R  Seguro que estoy en deuda con la novela de Cepeda, a la que regreso cada vez que lo necesito para recordarme a dónde puede llegar la gran literatura. Todo lo que has leído es necesario para ser quien eres. Las lecturas, más que sustentar mis escritos, sustentan mi vida. Aprendí de Tomas Eloy Martínez que hay un caudal de la literatura donde se estrellan la realidad y la ficción y toman un nuevo rumbo. Busco ese lugar en Viaje al interior de una gota se sangre.

 P  Como si se tratara de un cuadro de
Brueghel, en ‘Viaje al interior de una gota de sangre’ retratas a todos los que, directa o indirectamente, participaron de la barbarie como víctimas o victimarios. ¿Es posible llegar a alguna verdad, en este caso una verdad histórica, a través de la ficción?

R  Dudo que la literatura pueda erigirse como juez de la historia, pero puede quitarle mordazas y vendas a los lectores y empujarlos a confrontar aquello que les ha sido impuesto como verdad: verdades religiosas, políticas o morales. Esos simulacros de verdad se derrumban en la literatura.

 P  Tus novelas han sido premiadas en México, Argentina y Cuba, y publicadas en esos países antes que en Colombia. ¿A qué crees que se debe que primero te hayan reconocido en el extranjero?

R  Hubo una época en que La Habana, Buenos Aires, Ciudad de México, Caracas y Barcelona eran el eje cultural de la literatura. Ahí se editaron las obras fundamentales de los autores del boom: La región más transparente, en primera edición, está fechada en La Habana. Cien años de soledad fue fenómeno en Buenos Aires. Vargas Llosa estalló en Barcelona, tras el Seix Barral, y Cortázar. Esos escritores no vivían en las ciudades donde sus obras fueron publicadas por primera vez. Creo que esa época terminó por la forma del mercado actual. Hablamos una lengua franca, pero los tirajes son ínfimos, y es difícil que una obra sea conocida por fuera de la frontera. Para la pasada fiesta de San Jordi, un editor de España advirtió lo que no se lee allá: temas latinoamericanos y africanos, salvo si son de la época imperial. La concentración editorial y sus imposiciones deben mucho a ese modelo que explica que nos enteremos primero del premio de los libreros de Madrid que del Hispanoamericano de cuento García Márquez. Se necesita algo más que suerte para ser editado, así que mi buena suerte no lo explica y tampoco es que haya llegado a miles de lectores donde fui editado antes. Lo que intento explicar es que no es una decisión que esté en manos de los autores, sino que es un asunto extraliterario. Lo que importa para los lectores son las grandes obras que dejan las corrientes ocultas de estos océanos de libros, las que mejor retraten y resignifiquen su época, las que serán imitadas y dinamitadas. Las obras que van a mantener viva la literatura y vivo el idioma.

 P  ‘Viaje al interior de una gota de sangre’ es uno de los libros que conforman lo que has llamado la Pentalogía de Colombia. ¿En qué consiste este proyecto literario?

R  Un coro de voces que atraviesa un siglo, que es el siglo XX en Colombia, es lo que busco. Viaje al interior de una gota de sangre se sitúa en la época de las matanzas de la extrema derecha armada contra las poblaciones controladas por la extrema izquierda armada. Mi otra novela, Rebelión de los oficios inútiles, trata sobre las confrontaciones por la tierra en los años setenta. Las que vienen se sitúan en otras épocas, todas con técnicas y procedimientos literarios distintos y una obsesión por los personajes trágicos. Para mí, el gran arte es el arte trágico.

Cuando el contexto compromete políticamente a los artistas

Participan: Daniel Ferreira, Alberto Barrera Tyzka, Julian Herbert, Abilio Estevez, Carlos Fonseca. Entrevista: Margarita Valencia. Filbo.

El detalle de las letras: Montoya, Ferreira, Caparrós


Por Fernando Araújo Velez | El Espectador


Diminutos instantes que con el tiempo terminan siendo decisivos, inmensos, contundentes. Martillazos que nos hacen tomar un camino y no otro, que nos golpean y años después nos hacen comprender que el camino que tomamos fue el mejor, porque siempre el camino que elegimos es el mejor, aunque por momentos no lo creamos. Y es el mejor porque ese camino nos hizo ser quienes somos, y nunca sabremos qué hubiera ocurrido si tomábamos el otro.  Una frase, una imagen, la melodía de una canción, los zapatos medio sucios y medio viajeros de un escritor, su mirada hacia el horizonte en busca de una idea, sus manos temblorosas porque la idea no cuaja. Una charla y cien o quinientos oyentes. Micrófonos, silencios, una sola voz que habla, y que en su hablar va taladrando las mentes de quienes escuchan.

Cada espectador es un mundo, y en esa pluralidad de mundos y vidas, uno juega a imaginar que el último de la fila va recreando una historia a través de lo que ve, de lo que recuerda, de lo que oye y supone. Para él tal vez no importen demasiado las frases que sobre una tarima disparan Pablo Montoya, Daniel Ferreira o Martín Caparrós en sus charlas. A él le importan los momentos, capturar un pedazo de esencia, quedarse con unas cuantas palabras que esa noche y otra y una más lo lleven a salvarse escribiendo. Montoya dice que “Medellín no es la ciudad primaveral, es la ciudad que salió impune de la pesadilla del narcotráfico”. Ferreira habla de las sutilezas en la literatura, del no decirlo todo para honrar la inteligencia y la creatividad del lector. Caparrós, de las crónicas y el riesgo de los manuales.

En un auditorio y a una hora, Montoya define su literatura, “No sé si es pesimista, pero es una literatura que no juega con la noción de felicidad, juega con la muerte, el deterioro, los malos entendidos, la enfermedad y la propensión a la melancolía”. Al día siguiente, en el mismo lugar, Ferreira confiesa que escribir, para él, es una forma de soportar la soledad. Caparrós recomienda leer, leer siempre, y asegura que escribir sin leer es como tocar guitarra sin escuchar música. Frases, y más que frases, puñaladas. Imágenes, conceptos. Escribir para salvarnos, para plasmar lo que vivimos, lo que imaginamos, lo que pensamos y sentimos, para dejar un testimonio e inmersos en unas cuantas letras, jugar a ser dioses. Escribir para contar nuestra historia y para que nadie la cuente por nosotros.

Escribir es el nombre del juego, de este juego de las ferias y los libros, de las conferencias y las entrevistas, de los libros dispersos por ahí en decenas de estantes. Escribir, aunque no se haya escrito aún nada, como Paul Auster, que fue escritor antes de haber escrito siquiera un par de cuentos. Fue escritor porque una tarde, tendría 14 años, en un campo de verano cerca de Nueva York, una tormenta lo agarró en pleno bosque con algunos de sus compañeros. La única salida era pasar por debajo de una cerca de alambre. Todos se turnaron. Auster iba detrás de un niño silencioso y retraído llamado Ralph, pero Ralph jamás atravesó porque un rayo le cayó encima. “Sólo tenía 14 años, después de todo, ¿qué podía saber? Nunca había visto un cadáver (…) No pensé en que había estado justo al lado de él cuando ocurrió. No pensé “uno o dos segundos y hubiera sido yo” (…) 34 años después todavía lo recuerdo. Y sus ojos mitad abiertos, mitad cerrados. También recuerdo eso”.

Fue escritor cuando se negó a asistir a su propia ceremonia de graduación en 1964 porque se fue a viajar por Europa, y se pasmó en y con Dublín. Allí estaban las calles y plazas y casas que James Joyce había caminado y descrito. Lloró. Devolvió el tiempo muy a su manera. Fue Joyce, y como Joyce (Retrato de un artista adolescente), sintió que el primer instante de la eternidad en el infierno duraba lo que un pájaro tardaría en trasladar la arena de la mitad del mundo hacia la otra mitad, grano tras grano. Entonces comenzó a escribir. Entonces sí comenzó a escribir con un lápiz y en un papel y en viejas y usadas máquinas  Remington. Frenético, desaforado, febril. Y fue a mil editoriales y mil veces lo rechazaron. No tenía ni para su propio entierro, pero igual, escribía y retornaba al béisbol, su loco juego, pues sólo entre letras y bates podía evadir aquella realidad, que a los 30 años, lo masacraba.

Auster, Montoya, Ferreira, Caparrós, Joyce y el último de la fila. Escritores que escriben o que garabatean en una libreta amarilla. Palabras, párrafos, martillazos. Diminutos instantes que se eternizan.

Jose Nodier Solórzano: Rebelión de los oficios inútiles

Por Jose Nodier Solórzano, Crónica del Quindío

Las sociedades de todos los tiempos, desde la invención de las imágenes lingüísticas,  han necesitado de sus escritores. De esos seres que sin que nadie se los pida andan por el mundo con los ojos alborotados, la mirada atenta, casi demente,  y un aguijón ensopado de dulzura y acidez entre sus dedos.

Ellos, los honestos en su expresión, los que dejan la entraña en cada palabra, dicen más que los mismos historiadores de método y saben interpretar su tiempo. No conocen esos escritores, tal es su devoción por la palabra, de evasiones a la realidad. Casi que rezan con George Steiner, el crítico francés, que “los hombres son cómplices de lo que les deja indiferentes”.

Así pienso al leer  Rebelión de los oficios inútiles, novela de Daniel Ferreira, un escritor colombiano, que hace la presentación de esta obra (hoy) en el desarrollo del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, en Calarcá.

Es notable el talento narrativo de Ferreira. Construye personajes creíbles, porque nacen de su imaginación, obvio, y en particular de una realidad que los obliga a crecer en la ficción y en la conciencia  de su creador. No los matiza en sus defectos, no los encubre en su talante político,  porque son amalgamados entre sus dedos de hábil estilista, de escritor de oficio.  

En la novela, escrita en tres líneas o discursos narrativos, el autor diseña la arquitectura moral de los personajes, mantiene la atención del lector y la alimenta con el vertiginoso ritmo de su fraseo, que en su sintaxis  es riguroso. La precisión confiere elegancia a esa gramática de  emociones en los tres personajes principales. Gramática y dramática, para recrear una debacle colectiva.

Uno, con cierta facilidad, desentrañaría de la novela su época, porque visualiza y ancla muy bien la Colombia de 1970, aquella donde las prácticas militaristas, la concepción autoritaria del gobierno, criminaliza la protesta social, como ocurre aún en los imaginarios de muchos colombianos, que no entienden que un personaje como Ana Larrota, dirigente de un movimiento popular, es solo el producto de la exclusión y la marginalidad.

Simón Alemán, por su tanto, es un aristócrata arruinado y venido a menos, que tiene su mejor versión cuando joven viaja a Italia y a Estados Unidos en procura de mantener ciertos sueños, ciertas búsquedas intactas. Las mismas que luego, al calor de licores, podrá invocar con la nostalgia propia del fracasado.

A su vez Joaquín Borja, el periodista de la Gallina Política, una publicación local, nutre con su independencia una insurrección en un pueblo de Colombia. Reivindica este personaje el ideal de una prensa libre, despojada de los intereses pragmáticos tan propios de nuestra realidad.

Rebelión de los oficios inútiles es un libro de ficción que evidencia el porqué de la guerra en Colombia. Ganadora del premio Clarín de Novela 2014, en Argentina,  su polifonía nos pone de frente a la tragedia que hemos vivido por cuenta del Frente Nacional, de su  obtusa cerrazón ideológica y política.

Daniel Ferreira es un escritor indispensable para una comunidad, como lo es Pablo Montoya  o Fernando Vallejo, en su postura de conciencia crítica del país, porque redescubre con destreza literaria las llagas  de un cuerpo travestido, enmascarado, de civilidad.

Daniel Ferreira en Biblioteca Publica Ramon Correa Mejía

Daniel Ferreira (San Vicente de Chucurí, 1981) es la nueva promesa de la narrativa nacional. Hace rato anda escribiendo una serie de cinco novelas –tres publicadas ya– sobre nuestra consabida violencia. Despelucado, con la camisa sin planchar y un papelito amenazando salirse todo el tiempo del bolsillo trasero del pantalón, llegó a Pereira para presentar su último libro, Rebelión de los oficios inútiles. Camilo Alzate aprovechó y se puso a conversar con él.

Por Camilo Alzate, Revista Literariedad, Pereira

Lo que yo entendía por literatura joven en Colombia (Vásquez, Silva Romero, Constaín, Burgos…) está lejísimos de sus propuestas. Su estilo e intereses son opuestos a la corriente de moda que gusta en las editoriales ¿Qué tanto lo ha jodido eso a la hora de publicar?

He llegado a pensar que mis primeras novelas –La balada de los bandoleros baladíes y Viaje al interior de una gota de sangre– eran impublicables, y no habría un editor que se interesara por esas historias sobre violencia extrema en los años ochenta y noventa. Y creo que tuve razón. Fueron escritas durante el segundo período de Álvaro Uribe, demasiado atroz, por lo que era un riesgo publicar algo así, no tanto porque fueran a leerlas, sino porque el contexto era muy complicado. Hoy, a la luz del proceso de paz, de los cambios del país, se empiezan a liberar campos y temas incómodos como el de la guerra sucia en Colombia. Entonces es posible que estos libros empiecen a circular.

Pero estoy seguro que es una literatura mal vista por ciertos entornos, se la considerará panfletaria, envejecida, quizá injustamente.

El hecho de que se dispare la audiencia para cierto tipo de libros es algo que pasa por las decisiones editoriales de los grandes sellos. Pero de todos modos siempre ha habido una literatura muy implicada con la realidad del país, la han hecho muchos autores y yo no soy el más interesado en éste tema. Ahí están Parra Sandoval, Baena, Evelio Rosero…

Claro, y Evelio José Rosero tuvo que ir a ganarse un premio afuera para que acá comenzáramos a leerlo…

Por eso, son fenómenos vinculados con las decisiones editoriales. Lo insular han sido más bien las ediciones pequeñas de las provincias, que siguen optando por relatos que hablen sobre los conflictos del país. Hay una decisión personal de los autores por abordar una temática específica, y no necesariamente un autor tiene que narrar a partir de historias domésticas, algunos nos abren vetas del corazón humano creando relatos que no estaban conectados con nada histórico, y han hecho unas obras estupendas. Lo de narrar la violencia es una decisión mía, personal, apoyada por una editorial importante ahora que salió Rebelión de los oficios inútiles, en Alfaguara.

A lo mejor se debe a que esa obtuvo el premio Clarín de novela ¿No?

Es la dinámica, simplemente es muy difícil publicar un libro en este país. Hay muchas barreras de acceso. No creo que tema o enfoque sean los que bloquean, porque las editoriales igual se han lucrado mucho con el esperpento de la tragedia colombiana, sólo que han preferido el testimonio y el periodismo.

¿Cuáles son esas fallas y costuras que tuvo aquella narrativa de la violencia de la que habló García Márquez?

Pues que ahí no hay arte, se privilegió un discurso ideológico. Lo mejor que uno puede hacer es inventariarla y decir “en tal libro hay esta escena, en tal otro hay aquello”. Para mí la mejor es La casa grande, de Cepeda Samudio, pero hay obras menores, como las de Osorio Lizarazo, o el Octavo  día, de Guillermo Martínez, con unas valiosas exploraciones técnicas aunque él nunca se volvió escritor. Creo que una de las razones por las que aquellas novelas quedaron en un vacío es porque eran intentos de personas que no aspiraban a realizar una carrera literaria, y hoy se miran sólo como testimonios documentales. Tienen fallas: no hay un estilo definido, no tienen exploraciones literarias, son pobres; optan por el lenguaje procaz y del hampa, no juegan con las voces, ni con el tiempo, son lineales hasta la exasperación, y están recargadas en lo macabro, el esperpento, lo bizarro. La crítica que hizo García Márquez en su momento fue válida.

Cuando se trabaja con el archivo y el rigor histórico, como en su caso, ¿se cae en el riesgo de ofrecer versiones definitivas e incluso ideologizadas?

La literatura no da versiones de la realidad, construye una nueva. Aunque por supuesto, se puede caer en ese riesgo si uno cree que la literatura tiene que probar la veracidad de un hecho, o quiere participar de la verificación del pasado, algo que no les concierne a los escritores. Más bien nos concierne la tergiversación de las versiones oficiales sobre los hechos del pasado, esos que nos han dicho determinan nuestra historia. Lo que busco es explorar las grietas, no los sucesos en sí mismos. Del bipartidismo lo que menos me interesa es la muerte de Gaitán y el bogotazo, supuestamente lo más espectacular y lo más narrativo.

Otro riesgo es descuidar los personajes. A mí no me gustó ni cinco el mafioso hacendado que aparece en Viaje al interior de una gota de sangre, era demasiado facilista y predecible pintarlo como un tipo gordo, desagradable, que paga en dólares… Sentí que estaba ante un estereotipo, la realidad suele ser más compleja.

Tiene razón en la idea de que era creado a partir de un estereotipo, que está por ejemplo en los corridos prohibidos que enaltecen la sublimación de la riqueza, los delitos que nos enorgullecen, los señores que juegan con la guerra y se lucran haciendo sus fortunas. Eso está en la realidad, y se construyen arquetipos que son muy fuertes, interiorizados por la cultura popular. El error está cuando uno no sigue el estereotipo sólo porque es un estereotipo. Querámoslo o no, corresponde con una tipología que existe en la sociedad, sólo que se simplifica.

Si los novelistas se quedaran con los estereotipos no tendríamos un monstruo como Tomás González ahondando en la complejidad humana…

Pero si los despreciaran no tendríamos a García Márquez, que era un experto en filtrarlos hasta llegar a personajes dramáticos. Creo que lo importante es llegar a un personaje dramático, lleno de contrastes, que se puede desarrollar y expandir, del que se pueden encontrar los visos de humanidad. Entonces se logra salir de esa simplificación, de esos rasgos generales como a manera de caricatura.

Eso quería decirle, hay situaciones demasiado caricaturescas en esa novela, como la escena de la balacera.

Si. O la del reinado en la plaza, que es también una caricatura. Si usted vive en un pueblo como el que yo vivía, nota que hay una escenografía del poder. Se manifiesta en las jerarquías, quién es amigo del Alcalde, quién es amigo del señor de la Notaría… El poder es una opereta, una puesta en escena, y por eso se puede parodiar y caricaturizar.

En cambio me fascinó aquel personaje que es maestro, de izquierda, atormentado por su homosexualidad. Ahí encontré al novelista que me gusta, revelando lo difícil y compleja que es cualquier personalidad.

Me fueron saliendo los personajes así, por supuesto en ese momento yo era más inexperto, un narrador que se enfrentaba a su primera novela y corría con muchos riesgos formales. Mi propósito era intentar revelar cómo ese destino colectivo, que es una masacre, pasa a ser destino individual. Entonces uno expande el hecho y mira a ver cómo era la vida de esa gente que muere anónima, antes de llegar al destino colectivo de la masacre. Y al individualizarlos así, empieza a crearse ese dramatismo, lo que no tiene el periodismo, porque todas las masacres se fueron contando una detrás de otra, como algo esquemático, un hecho de barbarie que al ser tan cotidiano ya no nos conmueve.

Rebelión de los oficios inútiles, en Semanario Voz

Por Juan David Aguilar Ariza 
Fuente: Semanario Voz

–¿Cómo construir una realidad como la colombiana si posee en sí misma la paradoja de sonar inverosímil?

–Imagino a mis personajes descifrando arquetipos de una sociedad descosida como la nuestra donde los antihéroes están en muchas manifestaciones de la cultura popular. Donde los héroes, contrario al adagio publicitario, no existen, porque no sobreviven, porque los matan o los desaparecen, o van al exilio. Donde los personajes principales de los dramas han sido siempre un sujeto colectivo, borroso, olvidado, secundario: las Antígonas, los rebeldes, los desvalidos. Imagino cuáles serán las metáforas del pasado. Cuáles son los momentos de ruptura de una sociedad como la colombiana. Observo cuáles han sido los dramas colectivos y veo que coinciden con historias que he visto de cerca. Luego escribo sobre mi pueblo y es como si escribiera sobre todos los pueblos.

–¿Cómo logra las voces, por ejemplo, la de un niño, o la de un alcalde militar?

–No sé por qué se me ocurren justo esas tragedias, esas voces, una anciana que exhuma los restos de su marido, un niño que camina por un escenario de barbarie, una madre filicida que decide sacrificar a un hijo desvalido, un pintor que plasma en un fresco la tragedia colectiva que se cierne sobre un pueblo. Me inquieta el arte trágico. El gran arte para mí es el arte trágico. Goya. Caravaggio. Vida y destino. El camino del tabaco. El águila y la serpiente. La casa grande. Absalom Absalom. Mi infancia ocurrió en un pueblo. En lugares específicos de un pueblo: un río, un parque, una casa. Siempre sitúo un argumento dramático en un pueblo, y dentro del pueblo, siempre en lugares de periferia, y estos parajes se corresponden con recuerdos de mi infancia.

Cualquiera puede escribir ficciones basándose en la infancia que tuvo. La infancia es una esponja que lo va absorbiendo todo: las leyes de la vida, el estado del mundo, las taras, la moral. Lo más personal, lo que nos pertenece de forma más íntima es nuestra infancia. Recuerdo al sacristán de la iglesia, Carlitos, en la escalera del campanario de la torre indicándome cómo darle cuerda al reloj y la vista desde el pueblo desde ahí, el edificio más alto que había, y por eso para mi el horizonte está debajo.

Recuerdo los paisajes, por las jornadas de caza en los montes cercanos. Recuerdo que mi madre me había dado un cuarto sin ventana en todo el centro de la casa y que allí nos refugiábamos cuando había enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército. Recuerdo animales, gente viva, gente muerta o gente que mataron. A los que mataron, los recuerdo cuando estaban vivos. Esos recuerdos no coinciden con cadáveres que estaban tendidos en la calle ensangrentados o en un ataúd. El recuerdo de la gente viva aumenta cuando la encuentras muerta.

–¿Su literatura intenta equilibrar de cierta forma los poderes, darle voz a los invisibilizados?

–Hay poder y hay no poder. El poder se impone. Para eso les sirve a los poderosos la violencia, la barbarie legal. La lucha por el poder será aplastada siempre por el poder de turno. He escrito sobre esas contradicciones. Pero no me interesan los actos de violencia en sí, porque los conflictos dramáticos de los personajes son más importantes que las situaciones en que discurre su destino. Hay una intensión ética, política y estética en lo que cualquiera escribe, pero no es indispensable que el lector lo disocie. El lector con su propia axiología puede encontrar las fronteras éticas, los dilemas morales y las tensiones políticas de una obra.

La prosa no puede ser revolucionaria si no trata de cambiar la sociedad. Basta con que resuelva las formas anteriores con nuevas formas, nuevos contenidos y nuevos pensamientos. Yo escribo para descifrar mi mundo. Para mentir, para no mentir, para amar, para recordar lo que otros han olvidado, para convertir en metáfora la tragedia colectiva, para levantarme cada mañana y seguir vivo, para no enloquecer, para enloquecer, para soñar, para hacer algo hermoso con mis angustias y mis pesadillas y mis derrotas.

Por lo demás, la realidad es inabarcable. Yo he delimitado mis temas para que coincidan con lo que conozco o con lo que me apasiona. Tener todos los temas es tener ningún tema. Mis temas son la orfandad, el destino colectivo, la lucha del no poder contra el abuso del poder, el misterio del amor.

–Usted lee a escritores poco conocidos ¿Lo hace por una estética de los apartados del sistema. Encuentra en ellos cierta belleza de lo “imperfecto”?

–El canon está determinado por la industria editorial. Y eso habla de lo que es este mundo de hoy. El canon es Penguin. Eso determina comportamientos de lectura, nichos, autores, premios, logros, difusión, presencia. A mí me gusta la literatura de periferias. De países al margen de la historia o que se parecen en su destino histórico al nuestro. Me gusta leer libros de autores de editoriales con pequeños fondos; editoriales y escritores y lenguas que han tenido que enfrentarse a las reglas del mercado mundial.

Así he encontrado a Max Frisch, Agota Kristof, Amo Oz, Nellie Campobello, Milorad Pavic, Michael Ondaatje, Coetzee, Reinaldo Arenas, Tomás Eloy Martínez, Walter Hugo Mae, Philip Forets, Patricia Nieto. Pero los leo sobre todo porque me los recomienda gente que considero buena lectora. Con eso me ahorro tiempo perdido en libros malos, y en suplementos de novedades o en estafas editoriales.

–¿En sus primeras obras había demasiado adjetivo, qué descubrió en ese proceso en particular con la palabra?

–Escribo con las palabras que usaba la gente entre la que viví cuando era niño. Palabras de un mundo particular que es Santander. Cuando voy a Santander siento que estoy entrando en mis libros. En un sentido más profundo, tal vez lo que escribo vive en mí por un tiempo hasta que encuentro palabras para fijarlo. Una historia puede empezar como un sueño primero. Me sueño siendo otro. Haciendo lo que en mi vida no haría. O lo que tal vez vi vivir en otras vidas.

Otras historia han empezado por relatos que me contaron de niño y que me han perseguido hasta ahora. Son historias que buscan un médium. Y yo las escribo como si fueran un mandato interno. Me producen insomnio. No puedo escribirlas por un tiempo, pero no dejo de pensar en ellas un solo día hasta que al fin descubro la clave, las pongo por escrito y luego me siento liberado. El modo de adjetivar lo depuré leyendo poesía.

–¿Y el I Ching y el amor?

–El I Ching es un libro que ayuda a descifrarlo todo. Toda mi infancia cabe en un estanque con peces de colores. El amor es un misterio más grande que el de la muerte, parafraseando a Wilde.

Rebelión de los oficios inútiles, por Alberto Pinzón Sanchez

Por Alberto Pinzón Sánchez | Radio Macondo
La Rochela. Prensa


(……) “esta historia comienza el día que fundé un periódico y continua el día que grabo este mensaje de viva voz en la bocina de un magnetófono, porque ya no escribiré más, porque debajo de los escombros de mi casa destruida encontré el cuerpo de mi hermana Luisa, fundé ese periódico para acompañar a un pueblo para narrar sus luchas y necesidades, para para contar sus historias domésticas, pero un pueblo que no se paraliza ante la atrocidad cotidiana, que permanece impertérrito ante la desaparición y la muerte, que animaliza al enemigo para darle muerte como a bestia sin alma, un país que responde unánimemente a los mercaderes de la moral, a la puesta en escena de los gobernantes y sus bufones, un país rodeado de muerte que se regodea con imágenes de millares de seres caídos y pide enseguida la pena de muerte para pagar crimen con crimen, para apaciguar su sed de sangre y su morbo, un país que masacra de uno en uno para que no se note el genocidio, un pueblo que es un monigote que permanece impávido ante la injusticia, un maniquí que considera a los escuadrones de la muerte como males necesarios, un país de sicofantes, de impostores, de traidores, con ciudadanos acéfalos que actúan como subnormales con artistas y músicos despreciables que actúan como bufones de una clase y hacen las bandas sonoras para acompañar el ruido de fondo de la infamia con políticos de baja estofa que legislan sus destinos desde una cueva de raposos, con la muerte como economía menor, un país un contaminado de envidia malévolo, culpable como los asesinos que pide ajusticiar en la ley del ojo por ojo y diente por diente, un país que lleva dentro la letrina que le dejaron por corazón, la herencia de la atrocidad, el esperpento que llamaron democracia, la justicia, esa venérea inoculada al nacer, su desahucio, la capacidad para heredar odio, un país de sayones, de sicarios, de ladrones, de usurpadores, de banqueros, de lacayos, de soplones, de infanticidas, un país que considera la milicia como un oficio noble y no parasitario, un país que se siente inferior a sus militares, que le otorga superioridad y servidumbre a la investidura castrense, un país que permuta el crimen por condecoraciones, un país que terminará el siglo con escuadrones de la muerte que tratarán como desechables a los  derrelictos, a los destechados, que ajusticiarán sin ley a los que viven en las calles que acabará el siglo en la debacle más aberrante desde su colonia salvaje, aherrojado a los contradictores, eliminando a los objetores, acabando con una generación entera que será enterrada en fosas comunes desperdigadas por todo el territorio, con hienas sedientas de dinero y sangre que se apropiarán nuevamente de las tierras fértiles, mercaderes de la moral que harán del Estado una ingente gleba de nepotismo, ese pueblo merece que lo sometan, que lo manipulen, que lo estafen, eso pensaba entre las ruinas, sumido en el escepticismo”(…….)

Así percibe el joven Daniel Ferreira a la actual Colombia y así la describe por boca del periodista Joaquín Borja, fundador del periódico alternativo “la gallina política-prensa libre”, en una de las últimas páginas de su impactante (no tengo más adjetivos) novela “Rebelión de los oficios inútiles”, con la cual en 2014 ganó el premio Clarín, publicada en Alfaguara Bs As ese mismo año y que lo consagró como uno, sinó el mejor, escritor colombiano en lo que va de siglo.

Sin embargo y mientras tanto, hay quienes, por los laureles y reconocimientos pseudo-literarios que momentáneamente pudieran dar una columna en la revista Semana.com. 01.06.2016 (¡ay la revista del sobrino del presidente de Colombia, una de las más importantes trincheras de la contrainsurgencia colombiana!) para quienes posiblemente la guerra terminó en junio de 1996 en Remolinos del Chaguan; talvez confundiendo el concepto civilizatorio y universal de Paz, con la firma de unos acuerdos para finalizar el conflicto armado de Colombia, les aconsejan a sus antiguos compañeros de armas, los “viejitos de las Farc envejecidos echando bala”, que para no volverse obsoletos y más vetustos aún, cambien de “relato”.

Que “armen” uno más post-moderno, o más chévere. Como si la guerra contrainsurgente desarrollada en Colombia desde hace tantos muertos y tantas infamias, fuera un simple “relato para armar” narrado por alguna ONG o alguien con un mínimo talento para escribir, y no una realidad social compleja históricamente determinada, que espera ser trasformada o cambiada profundamente a partir de lo realmente existente, mediante una formidable movilización social como la que hoy se está presentando ante nuestros ojos. Cual si no hubiese pasado nada y todo se compusiera con “un buen cuento bien echado y con chispa”.

En fin… como si se pudiera evitar el proceso vital y universal del envejecimiento humano, o este fuera una afrenta irreparable. Un baldón personal que impidiera a los viejos, el “übergang” (transición y superación marxista) hacia lo joven, nuevo y superior. En fin, como si los muchachos que vienen empujando con tanta fuerza no tuvieran nada en el cerebro o no hubieran sacado lecciones teóricas de las experiencias vividas colectivamente y se hubieran traicionado. En fin…. como si no siguiera nada y la guerra contra la Historia de la humanidad (con mayúscula) decretada en 1991 por Fukuyama y adelantada con todos los fierros posibles, en todas las partes posibles, por el complejo militar-industrial-financiero y el Pentágono estadounidense ya hubiese terminado y hubiera sido ganada totalmente por ellos, no quedando nada más que la nada (el vacío) existencial. En fin.

Tinta insumisa: entrevista con Daniel Ferreira

Por Claudia Patricia Mantilla D. | Periódico 15, Unab
cmantilla9@unab.edu.co


En diálogo con el Periódico 15, el escritor santandereano Daniel Ferreira habló sobre cómo inició su trabajo en la escritura y el proceso de creación de su novela “Rebelión de los oficios inútiles”, la cual le ha permitido darse a conocer. Ferreira, quien además es bloguero, también es autor de libros como “La balada de los bandoleros baladíes” (Premio Latinoamericano de novela Sergio Galindo 2010) y “Viaje al interior de una gota de sangre” (Premio Latinoamericano de novela Alba Narrativa 2011).

Según la organización de la Feria del Libro de Bucaramanga, Daniel Ferreira es uno de los invitados especiales a Ulibro 2016 que se realizará del 22 al 27 de agosto.

Esta historia comienza y parece de nunca acabar, porque cuando uno lee “Rebelión de los oficios inútiles” queda ese regusto amargo de una historia que se ha repetido en Colombia.

¿Cómo inició la escritura de esta novela?

Nació en San Vicente de Chucurí con un par de historias que me contaron acerca de un movimiento social de una toma de tierras que hubo a finales de 1969 y comienzos de 1970. El libro en realidad es muy sencillo. Cuenta la misma historia desde tres puntos de vista: el de la líder del movimiento, un periodista que es un poco el testigo y un terrateniente niente pero, para que aparecieran esos personajes pasaron años. Tuve que ir al Archivo de Historia de la UIS donde accedí al periódico El Trópico que había dirigido un periodista de San Vicente, y así me enteré de la toma de tierras.

El primer personaje que elaboro es Ana Larrota pero, digo, esto es una historia más grande y hay más personajes. Aparece entonces el periodista Joaquín Borja que es una elaboración imaginaria de lo que hubiera podido ser un preboste de un periódico de la época. Y, por último el terrateniente que nació a partir de una investigación que había hecho sobre la toma de tierras de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc), hacia los años 70. El episodio en sí era muy local pero al empezar a imaginarme la época tuve que ir a ver cómo había ocurrido y en qué contexto, y me di cuenta que esto había pasado en todo el país: en Cauca, en San Onofre –Sucre-, en Bogotá, en Santander, no sólo en San Vicente, también en Bucaramanga.

¿Cuánto duró la investigación?

La lectura del periódico El Trópico la realicé en 2005. Pero, empecé a escribir la novela en 2007. Entre esas fechas leí Alternativa. Esa revista fue una maravilla porque era tener acceso a una cantidad de episodios de los cuales no tenía noticia.

¿Cuáles fueron los desafíos en la construcción de los personajes?, ¿en qué momento sintió que sus voces tenían vida propia?

En realidad el personaje complicado fue Ana. Tenía que eliminarle la voz porque no la encontraba, a pesar de que hacía borradores no hallaba su carácter.

Entonces decidí tomar diversos momentos de su vida, examinar su infancia, su vida provecta, el juicio marcial donde la condenan y el martirio en la mazmorra. Al simplificar todo me di cuenta que así tenía la vida completa y no necesitaba más. ¿Para qué arriesgar la voz si no me salía?, ¿para qué forzarla y hacerla inverosímil? También imaginé que Ana, de niña, iba a un leprocomio y allí entraba en contacto directo y visceral con la segregación, y eso explicaba la decisión que tomaría años después.

El terrateniente, por su parte, es una exploración de los modos de fracasar no solo de los poderosos sino de la vida en general cuando la gente ha perdido las ilusiones o ha dedicado sus ideas y su fuerza vital a hacer dinero, o a fantasías como esas. Paradójicamente se puede fracasar triunfando. Y este es un personaje que fracasa teniéndolo todo, y se ha quedado en la neurosis de sus fracasos, sobretodo de los amorosos que son los que lo frustran más, y cierta pérdida de virilidad por el alcoholismo pero, el personaje en sí quiere evadirse de la realidad, por eso está todo el tiempo borracho y, la realidad es que se están tomando sus territorios que están prácticamente embargados.


En el conversatorio en el que usted participó junto al venezolano Alberto Barrera Tyszka, dijo que deliberadamente quería hacer una novela política. Sus dos anteriores novelas también viajan en esa línea y, según entiendo se propone escribir dos más para completar una pentalogía de Colombia. ¿Tantas deudas tiene la literatura colombiana con un país político que al parecer aún no ha sido narrado?

La pregunta tiene muchas capas. Yo quería hacer una novela política porque me interesaba la fecha como punto de quiebre en la política colombiana y en la historia social que era 1970. La novela no es histórica, ocurre en un contexto histórico designado, pero es solo un territorio alusivo. En realidad es un drama aislado que ocurre en una provincia que no se sabe cuál es, podría ser Santander por el léxico pero, no tiene esas coordenadas. Además, si me planteaba una pentalogía que iba a atravesar el siglo XX en Colombia y los episodios de confrontación social, tenía que tocar los momentos de ruptura que son difíciles de identificar porque no solo en uno descansa toda la convulsión que atravesó al país. Me interesó ese episodio local porque lo conocía de primera mano y porque al ver el contexto me di cuenta que tenía que ubicarlo en un movimiento bien registrado que fue el robo de las elecciones de Misael Pastrana Borrero donde nacen las guerrillas de los 70 y donde se transforma todo el proceso de izquierda de este país, y donde el movimiento social es perseguido como si fuera un movimiento armado y es aplastado, y ahí están las consecuencias de todo lo que pasó. Me atraía el momento político pero, la novela no es histórica y espero que tampoco panfletaria.

Resulta admirable su capacidad narrativa al momento de presentar puntos de vista, entretejer historias y formar contrapuntos.
¿Cómo no perder de vista la lógica interna del relato?

He querido explorar en cada libro un estilo distinto, donde se altera el tiempo, la retórica, donde los puntos de vista son maleables,donde se crean novelas corales, me interesa capturar las voces, los léxicos que son básicamente de Santander, de los pueblos que he oído y donde hay palabras hermosas como Caripoaña, que era el nombre del río Magdalena y que significa el río de los muertos. Para no perder el control narrativo en esta novela me enfoqué en las líneas de vida de cada personaje y, después de tenerlas observaba el tiempo cronológico en que ocurre la historia y qué iba a suceder primero, y así alternaba las voces.

Cuando habla de nivel léxico, ¿tiene que ver con despojar al lenguaje de lo politizado para que prevalezca la belleza literaria?

Sí. A mí me interesaba una novela en un contexto político pero no una novela política. Hacer un lenguaje que no estuviera cargado de adjetivos políticos ni de coordenadas de la época. El partido político que agrupaba a todos esos sectores y que pierde las elecciones no es mencionado en el libro. Era una manera de distanciar el lenguaje literario de lo que podría convertirse fácilmente en un panfleto.
Promocional, conferencia en Fundación Carteros de la Noche, Quimbaya, Quindío

"Ulibro confirmó la presencia de Ferreira este año en la Feria del Libro de Bucaramanga que se realizará del 22 al 27 de
agosto en la Unab. "

Cómo no preguntar por la fotografía de portada de la novela...

En la edición colombiana son dos fotos ensambladas. La hizo Andrés Espinosa. Está compuesta por una foto original de archivo que es la toma de la Hacienda El León en San Vicente de Chucurí donde se muestran unos campesinos con machete en la mano y, un primer plano de un entierro que es una foto familiar de mi álbum donde está mi abuela y algunos vecinos, fue tomada en El Hato –Santander-. Esto es un cajón de muerto pero, el diseñador además tachó las caras con una especie de rayas que se hacen con navaja, o con uña, de manera que uno no puede identificar, y le da subjetividad a la foto. Es como si alguien los estuviera matando o liquidando uno por uno.

¿Considera que la literatura y la fotografía dan rostro a tanto ser acallado por el conflicto interno colombiano?

En la historia de la fotografía en Colombia hay fotos que pueden sintetizar de manera metafórica toda una época, pienso en la foto de la mujer que va con un vestido a casarse a la iglesia de San Carlos en el oriente antioqueño, después de la bomba que destruyó ese lugar. Es una imagen que tomó Jesús Abad Colorado y ahí hay una metáfora de este país, una metáfora del conflicto. Creo que esta novela quería metaforizar episodios que habían ocurrido tantas veces, en tantos lugares, que podrían convertirse en una metonimia de lo que pasó en todos. En realidad es difícil decirlo porque uno no sabe si la novela se convertirá en la memoria de alguien más. Pero, ojalá. Qué más quisiera yo que se convirtiera en una metáfora de la barbarie de un país con tantas contradicciones como éste.

Esta historia también es la de los oficios más humildes: soldador, tornero, albañil, estibador, verdulero, buhonero
¿Por qué de los oficios inútiles?

Correspondía al contexto de la época, años 70, oficios que se agruparon en la Anuc la figura que creó el gobierno de Lleras para reunir a la gente que iba a recibir la reforma agraria, entre comillas pues, nunca se hizo y por eso esa gente se tomó los territorios.

Eran asociaciones de sindicatos de oficios varios que agrupaban a los desposeídos que habían llegado a las goteras de las ciudades, que no tenían nada, los “Siervos sin tierra”. Como ellos iban a ser los protagonistas de la toma, me pareció que utilizar ese nombre retórico y parodiarlo un poco le iba a dar una contundencia irónica al libro.

Se percibe la intención de denunciar cómo se ha satanizado la protesta en el país, ¿hay algo de ello?

Desde el nacimiento del movimiento obrero la protesta social ha sido aplastada por el poder, siempre se ha negado. La aplastó Miguel Abadía, la aplastaron en la masacre de las bananeras, la liquidó Alberto Lleras cuando le quitó la personería jurídica a los sindicatos obreros. Todos los conatos de acción social que se han hecho a través de la protesta y de la huelga han sido aplastados. De ahí viene la idea de que el aplastamiento del movimiento obrero es un arquetipo de esta sociedad, porque ha sido imposible defender las necesidades sociales más básicas a través de la protesta.

En los diálogos entre el fotógrafo y el reportero se deducen sus autores amados. ¿Qué le atrae de Albert Camus?

Las tertulias que hacen estos dos personajes se parecen un poco a las tertulias que hacía con unos amigos en San Vicente. Albert Camus es un autor emblemático, una literatura muy personal donde descuella la postura ética, la visión del intelectual sobre su sociedad, una actitud intransigente con los poderes estatuidos que privilegia el lenguaje como una forma de ejercer la acción sobre la vida cotidiana. Camus sigue siendo mi modelo de lo que debe ser un escritor.

¿A qué otros autores vuelve o volvería?

Günter Grass es un autor al que vuelvo. Hay una novela que me encanta y es “La montaña del alma” de Gao Xingjian y, “Vida y destino” de Vassili Grossman. El tutor de todo es William Faulkner. Esos son mis dioses tutelares.

En el corazón de la novela late el conflicto social y este no es otro que la tenencia de tierras.
Siguiendo sus palabras, ¿somos un continente de Siervos sin tierra?

Si en algo nos parecemos en Latinoamérica es en las desigualdades sociales y en los modelos políticos neoliberales que hoy están emergiendo después de esos episodios de las nuevas izquierdas que tuvieron el poder por momentos en países como Venezuela, Ecuador y, Argentina. En Colombia, ahora que se habla de paz y se ignoran ciertos conflictos sociales, se negocia eludiendo los conflictos que alimentan la violencia y oímos observaciones optimistas de parte de los que ven este proceso como la verdadera salida, y la Premio Nobel Svetlana Alexievich viene acá a decirnos que la paz se logra solo con amor, ¡no!, la paz se logra con equidad social y con un estado de bienestar para todos, con igualdad, con la repartición de la riqueza pero, si eso no está no va a haber paz. De todas maneras, la literatura va a tener que seguir haciéndose haya paz o no haya paz.


Daniel Ferreira: Profeta en su tierra

MARCH MAZZEI | Clarín | Argentina

También en la Feria del Libro, pero en la de Bogotá, Colombia, uno de los eventos destacados de este fin de semana tiene como protagonista a Daniel Ferreira, el ganador del Premio Clarín Novela 2014, cuya Rebelión de los oficios inútiles (Alfaguara) protagoniza un boom en su país. Su colega Santiago Gamboa le dispensa elogios en Milenio : “Ferreira no viene con una pistola de juguete, sino que es un francotirador poderosamente armado y preciso”, asegura.

El Tiempo le dedica una doble página; mientras que la sofisticada Soho y la especializada Arcadia destacan el abordaje de historia y memoria que Ferreira no esquiva.

En la mesa del sábado 23 en FilBo, “Cuando el contexto compromete políticamente a los artistas”, conversará con el venezolano Alberto Barrera Tyszka, el cubano Abilio Estévez, el costarricense Carlos Fonseca y el mexicano Julián Herbert. Mientras que el domingo 1° de mayo, compartirá la mesa “Retratos de la desigualdad en Colombia” con sus compatriotas Juan Álvarez y Margarita García Robayo entre otros, cuyas obras están atravesadas por las brechas sociales del país.

Perfil de Daniel Ferreira en Soho

El santandereano Daniel Ferreira es una de las promesas de la literatura colombiana. Pocos saben que su infancia marcó para siempre su universo narrativo, que no le gustan las series norteamericanas, que el desamor es el único capaz de paralizarlo y que vive tapando las goteras que lo distraen del oficio.

Diana Ariza, Soho@AspasiaSegunda

Al batallón contraguerilla que llegó al municipio de San Vicente de Chucurí, a cargo del coronel Rogelio Correa Campo, se infiltró un guerrillero del ELN que el 29 de mayo de 1988, a eso de las 2:40 de la tarde, le pegó tres balazos al coronel que acababa de dar su última orden: frenar la marcha campesina que se movilizaba en el llamado Paro del Nororiente. Correa cayó muerto junto al capitán Alfonso Morales, el cabo Pedro Beltrán y el soldado José Suárez.
El ejército, como retaliación al infiltrado guerrillero, abrió fuego contra la población durante tres minutos; un carnaval de pólvora y sangre sin blanco fijo que dejó 14 heridos y 12 muertos.
Los cuerpos que no se llevó el río crecido La Llana Caliente fueron velados colectivamente en el anfiteatro del municipio. A Daniel Ferreira le quedó el recuerdo intacto del olor a carne quemada que inundaba el lugar y despedía el cuerpo perforado del guerrillero infiltrado, rematado a tiros por el ejército. “Ahí quedó marcada la vida para mí…Todo lo que escribo está conectado con esos recuerdos que brotan de la infancia, inconscientemente, a la literatura”, me cuenta Daniel 27 años después, mientras se toma una aromática de frutas en la librería Luvina de Bogotá. Tenía 7 años cuando la matazón ocurrió. 

***

Daniel Ferreira nació el 21 de julio de 1981 en ese municipio santandereano que olía a carne quemada, en una familia en la que, como él mismo dice, debió nacer para que lo dejaran ser libre, sin la presencia de su padre. A los 12 años, cuando sus hormonas empezaron abrir los ojos, inició un diario en el que anotaba todos los días lo que oía y sentía. “Había cierta fascinación de los que éramos más jóvenes por ver los muertos. Con los años volví a examinar esos diarios y ahí estaba: ‘hoy mataron a fulano de tal, yo lo vi y estaba en la esquina’, ‘hoy mataron a fulanita de tal, era amiga de mi mamá y la mataron porque era novia de un policía...”

Al tiempo que llenaba el diario de cotidianidad, Daniel tenía un pasatiempo poco convencional: ir a ver matar vacas al matadero municipal. “Cuando uno vive en el miedo se comporta como los animales. ¿Usted ha ido a un matadero…? Las vacas que van a matar se acorralan y observan atentas lo que pasa, pero no se van. Así nos comportábamos nosotros. Cuando mataban a alguien la gente asomaba la cabeza por la ventana, después pasaba el ejército y nadie decía nada.” Una realidad que con el paso del tiempo fue materia prima para que el escritor santandereano se hiciera preguntas sobre su identidad y lo que tenía que escribir. Su novela ‘Rebelión de los oficios inútiles’ es, quizá, la más atrapadora y bien escrita muestra de ello.

“… Yo estaba enamorado de una muchacha. Para graduarse, ella tenía que pintar una escuela que quedaba en uno de los lugares más pobres de San Vicente, en la cima de un cerro. Los pupitres eran ladrillos. Como amar es asfixiar lo que se ama, me iba hasta allá dizque a ayudarle. ¡Y no sabía pintar! Entonces, para no estropearle el mural, la dejaba pintando sola y me iba a las tiendas del barrio a jugar a las maras con otros niños y a curiosear.” Allí se topó, sin saberlo, con uno de sus personajes literarios: el latifundista Simón Alemán y el condominio sin terminar, invadido por un grupo de campesinos sin tierra. Y aunque no es exactamente el mismo personaje de su libro ‘Rebelión de los oficios inútiles’, la inspiración proviene de ese hombre que una vez quiso construir un lujoso complejo residencial que quedó convertido en un tugurio y murió alcoholizado. “Eso era ese barrio, el proyecto fallido de un latifundista que cuando se emborrachaba la gente decía que hablaba varios idiomas y tenía pacto con el diablo”, comenta Daniel mientras su decimonónica cabellera nos hace compañía.

“Siempre ubico a mis personajes en zona rural, que es lo que conozco. En el ágora que es la dinámica de la plaza de los pueblos. En el río donde me bañaba, a las montañas a las que iba…Todavía no he agotado esa época ni ese espacio para crear un universo narrativo.”

Por los días en el que su corazón subía y bajaba el cerro cargando los pinceles de la muchacha que le gustaba, llegó un grupo de teatro a San Vicente. Era 1995. Curioso, Daniel se inscribió a los talleres de dramaturgia y conoció la bohemia que se puede conocer en la provincia. “Éramos cinco amigos locos por la poesía, leíamos en voz alta, nos emborrachábamos y hacíamos adaptaciones de obras de Gustavo Andrade. Metíamos historias del pueblo en nuestras presentaciones para hablar sobre los temas sensibles de los que no se podía hablar. Por esa época conocí a Jorge Correa, que me doblaba la edad. Siempre me trató como alguien de su edad y fue para mí como un tipo de maestro. Es campesino, poeta y agricultor, siempre lo ha sido y fue el que me dijo que dejara de leer güevonadas de brujería… Vea, llévese este me decía: El tambor de hojalata de Günter Grass o las Palabras de Sartre... Él me mostró los mejores libros que había leído y yo se lo agradeceré siempre porque me cambió la vida.”

Gracias a una señora que montaba una feria de libros usados, Daniel pudo comprar libros de Albert Camus, Cabrera Infante, Raúl Gómez Jattin, William Faulkner y Antonio Machado. Sus primeros autores en hojas de segunda. La dramaturgia y la literatura, como amantes, lo embriagaron placenteramente durante la adolescencia, hasta que tuvo que dejar abandonada a una de ellas en la montaña. “Ya no hago teatro y creo que uno de los errores de mi vida fue no haber seguido la carrera teatral. La familia no me apoyó y bueno, no insistí. Aunque creo que me hubiera divertido mucho en una academia de artes. Pero me vine a Bogotá a estudiar Lingüística en la Universidad Nacional.”

Como a todo forastero, Bogotá le dio duro a Daniel Ferreira. El frío, la gente, la comida, la indiferencia, otra vez el frío, la escasez y estrechez del primer lugar en el que vivió, en el barrio La Soledad, lo hacían extrañar su casa. Todo era prestado. “Una trampa de Santander es la montaña. Crea como lazos para mantener a la gente ahí. No sé por qué se impone tanto el paisaje, pero con los años me di cuenta que era una trampa y que ya no podía volver, y que ya no iba a volver.”

Con el paso de los meses intentaba acomodarse a la dinámica de la capital. Los libros, como premonición o por solidaridad, le empezaron a dar de comer. Tenía 21 años. “Me la pasaba metido en la Nacional. Cuando no estaba en clase, trabajaba en la biblioteca de la universidad una hora diaria. Yo restauraba libros, una restauración básica que me enseñaron, a cambio me daban bonos de alimentación. Después salía y hacía fila para apartar por dos horas uno de esos computadores destartalos que todavía se usan en la universidad para bajar de internet letras de canciones. Luego me veía una película o leía… Neruda, Roberto Bolaño, Joaquín Pasos, James Joyce, Ángel Escobar, Reinaldo Arenas, César Vallejo, Agota Kristof…” Y se acomodó tanto a Bogotá que ya no se quiso ir… “Para mí es como vivir en París, tiene todo lo que me interesa. Es mi ciudad”, y ya no se quiere ir.

Desde los diarios en San Vicente de Chucurí Daniel Ferreira no ha parado de escribir e investigar juiciosamente sobre las historias de violencia no contadas del siglo XX en Colombia. “Yo quiero escribir lo que quedó en las grietas de hace 30, 40 y 50 años. De todo lo que nos avergüenza y no se quiere contar. No escribo sobre violencia, sino que sitúo argumentos dramáticos en escenarios y tiempos que se corresponden con las espirales de violencia.”

“Supongo que para algunos lectores poco familiarizados con la literatura me convertiré en una especie de escritor impresentable."

A los 18 años ganó su primer concurso de cuento y fue publicado en el periódico La Vanguardia de Santander. Su primera novela la escribió a máquina antes de viajar a Bogotá, con 19 años, pero no pasó de ser un ejercicio del oficio. Gastó dinero que no tenía enviando cuentos y novelas a concursos fuera del país mientras subía textos a ‘Una hoguera para que arda Goya’, blog que abrió en 2007 bajo el seudónimo de Stanislaus Bhor, que aún conserva en redes sociales. “Yo tenía un par de novelas guardadas que no podía publicar en Colombia, en ningún lado me las aceptaban, menos con Álvaro Uribe de presidente. Tuve fue suerte de que las leyeran afuera, donde me abrieron las puertas para la edición.”

En 2010 ganó su primer premio de novela, el Sergio Galindo de la universidad veracruzana de México, con ‘La balada de los bandoleros baladíes’ en el que alias Putamarre, un tipo de mercenario, tiene como misión exterminar todo un pueblo. En 2011 le dan el premio ALBA de narrativa, en Cuba, por ‘Viaje al interior de una gota de sangre’, que empieza con un reinado de belleza interrumpido por un grupo de encapuchados en una camioneta. Más adelante, en 2013, España premia su blog como el de mejor difusión de cultura en español y en 2014 gana el premio Clarín de novela, en Argentina, con ‘La Rebelión de los oficios inútiles’, su primer libro publicado en Colombia por Alfaguara, en 2015.

“A escribir se aprende leyendo y corrigiendo lo que se acaba de escribir. Ser escritor, además de enfrentar un lenguaje y dominarlo, es encontrar un universo personal sobre el cual narrar.”

Daniel Ferreira evita a toda costa las goteras que le quitan tiempo para escribir: la rumba, la televisión que no tiene en su casa, la compañía cuando escribe, las series norteamericanas que no le gustan y los videojuegos de rol que tuvo que borrar de su tableta porque se le estaban convirtiendo en vicio. ¡Tas! las tapa todas. Disciplinado. Tal vez la única filtración que permite, y que al mismo tiempo es capaz de paralizar su pluma y joderle el carácter, es el amor, el fin del amor, que lo ha llevado inclusive a encerrarse en algún pueblo de Colombia, lejos, a lamerse la herida para continuar escribiendo. “Cuando uno está enamorado no escribe y no le importa escribir. El amor es una pulsión que excluye otras. Lo único que me ha servido para superar el desamor es viajar.”

Después de un par de horas de charla la aromática de frutas de Daniel se convirtió en una cerveza negra. Yo pedí una rubia. La sonora matancera de fondo y las montañas de letras a nuestro alrededor me hicieron recordar la última vez que estuve en esta librería. Hablaba con el escritor Pedro Badrán sobre su novela ‘Un cadáver en la mesa es mala educación’, mientras una ráfaga de balas en otro lugar marcaba mi vida. Quise confesarle a Daniel que yo también conocía y recordaba el olor a carne quemada, pero mejor le pedí que me contara sobre su manía de subrayar libros, de los 1.450 que tiene sin leer en su tableta y de todo ese talento suyo que necesitamos leer por nuestro bien.


Entrevista completa con Daniel Ferreira, por Jorge Consuegra

"La única obligación de un escritor es recordar más que los demás"

Por: Jorge Consuegra (Libros y Letras)
Entrevista completa en:
http://www.reporterosasociados.com.co

- ¿A qué edad empezó su pasión por los libros?

- Para ser escritor antes hay que ser lector. Yo leí siempre. Es un sentir. Es decir: no recuerdo la época en que no sabía leer. Pero empecé a escribir a los 12, diarios sentimentales, subjetividad abominable, y una descripción de la vida local que por entonces tenía que ver con los muertos. Los de esa época, en San Vicente de Chucurí, en plena guerra de guerrilla y paramilitares (comienzo de los noventas). Cuando me vine a estudiar a Bogotá mi mamá tiró al reciclaje un cargamento de inútiles escolares. Entre esos objetos acumulados iban mis cuadernos del diario. Entonces escribí mi primera ficción. Tenía diecinueve años. Era una novela sobre un crimen colectivo: los paramilitares mataban a un poeta a causa de chismes y habladurías sobre el consumo de drogas. Era una exploración sobre la responsabilidad colectiva: todo el pueblo era responsable de propiciar esa muerte. Era también una pésima novela en clave sobre mis amigos y amores, sobre mis andanzas en el teatro experimental, y un intento de capturar el terror que todos teníamos por los asesinatos selectivos de la estrategia contrainsurgente implementada por los paramilitares de la región del Magdalena Medio. El libro nunca funcionó. El único logro que tenía era su forma experimental derivada de Rayuela: el tiempo estaba fracturado. Fue mi primer reto con las pruebas fundamentales del novelista: el control del tiempo, el punto de vista y la densidad de los personajes. Falló, en últimas, porque mi atención sobre el lenguaje y el idioma público era aún muy limitada.

- ¿Quiénes lo fueron sumergiendo en este apasionante mundo de la imaginación?

- Me hundí en ese barco yo mismo. Pero en el hundimiento me acompañaron mis amigos: una banda de borrachos que amaba la poesía. Éramos provincianos, estábamos aislados de todo, pero vivíamos la literatura con apasionamiento. Mientras la literatura siga siendo una pasión irrefrenable para algunos, no morirá.

- ¿Cuáles fueron los temas de sus primeros cuentos?

Temas infantiles, después tragedias sentimentales (toda juventud es estúpida), después la historia secreta de mi familia. Ahora los sueños y las causalidades que unos llaman azar, otros resonancia, otros premoniciones y yo manifestaciones de la divinidad.

- ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas de grandes escritores?

- Los libros que me robé de la biblioteca pública. Aun los conservo. Estos: Las naranjas de Hieronymus Bosch de Miller. Viaje al fin de la noche de Céline. Las Palabras de Sartre. También, aunque no me los robé, los clásicos del siglo XX editados por Oveja Negra. Estaban en la biblioteca pública del pueblo. Estos los recuerdo con una gratitud especial: eran tomos por idioma. Los autores italianos, donde estaban Pavesse, Buzzati, Papini. Los norteamericanos, donde estaba Capote, McCullers, Hemingway, Faulkner. Los franceses, donde estaban Sartre, Camus, Beauvoir. Los rusos donde estaban Tostoy, Dostoiewsky, Chejov. Los latinoamericanos donde estaban lo mejor del boom, y Carlos Fuentes, que nunca me ha interesado. Cien años de soledad estaba en un solo tomo. Fueron toda una academia para un lector como yo que no tenía libros en casa, salvo La Biblia, ese catálogo de incestos y de crímenes.

- ¿Qué libro recuerda especialmente en su adolescencia?

- El pozo de Onetti. El tambor de hojalata de Grass. Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones de Bukowski.

- ¿Cuáles fueron los escritores colombianos que siempre leyó?

- Constantemente estoy leyendo autores colombianos. Pero esto es lo mejor que he leído: Cuentos de zona tórrida de Manuel Mejía Vallejo. Vidas menores de Tomás Vargas Osorio. Cuentos completos de Pedro Gómez Valderrama. La cárcel de Jesús Zárate. Berenice de Andrés Caicedo. Sin remedio de Caballero. La casa grande de Cepeda Samudio. El otoño del patriarca. El crimen del siglo de Miguel Torres. Primero estaba el mar de Tomás González. El buen salvaje de Calderón. La poesía de Jattin. La poesía de Jaime Jaramillo Escobar. La poesía de Meira del Mar.

- ¿Qué escritores latinoamericanos estuvieron siempre en su biblioteca?

- Los he ido regalando desde que unos amigos me dijeron “intelectual del siglo XIX” por acarrear cajas de libros en mi último trasteo. De lo que no me pienso deshacer por ahora es de Cartucho de Nellie Campobello, del diario Borges de Bioy Casares y los tomos inagotables de Cabrera Infante. Leo a Bolaño, a Octavio Paz, a Reinaldo Arenas. Me encanta La vuelta al día en ochenta mundos de Cortázar. Al parecer seguiré siendo del siglo XIX mientras tenga un lugar dónde conservar esos libros.

- ¿Cuáles fueron esos “monstruos” de la literatura universal que lo acompañaron en sus lecturas?

- Suelo leer el canon, aunque esté manipulado por los titanes de la concentración editorial. Pero hay pequeños dioses menores que me han ayudado a vivir, más que a escribir: los libros de viajes de Blaise Cendrars, la poesía de Miyó Vestrini, la prosa gastronómica de Álvaro Cunqueiro, los poetas japoneses del periodo edo.

- ¿Cuál es el tema central de “La balada de los bandoleros baladíes” su primera novela?

- La historia de una madre que debe cuidar a un hijo subnormal durante toda su vida. Cuando sabe que ella va a morir antes que el hijo, cuando comprende que su muerte significa que lo va a dejar en el desamparo más absoluto, entonces la anciana decide poner el destino de esa vida en sus propias manos. Es la historia que humaniza este libro imaginado sobre el trasfondo de la violencia monótona de los años noventas en Colombia. Creo que el personaje principal, la metáfora del libro, está en esta madre y en este ser disminuido que debe sacrificado por compasión, mientras en ese mundo en que coexisten esos dos personajes, hay mil formas de matar sin compasión. Hay otras líneas dramáticas, que son las de dos delincuentes que se mueven por el negocio de la violencia rural en la Colombia herida y desangrada por las matanzas. Está también la historia de un parricida. Pero estas son exploraciones cruzadas sobre el origen, el entorno y el desarrollo de la violencia en el individuo.

- ¿Y cuál el tema de su otra novela Viaje al interior de una gota de sangre?

- La historia de un muro de la infamia pintado en una iglesia por un artista de pueblo. El muro es una denuncia pública de las matanzas que vive la región. Cuando los encapuchados lleguen a masacrar a la población, la historia dibujada se convertirá en la historia del libro. Es un gran fresco del que se extraen a primeros planos las vidas hipotéticas de quienes van a morir en una masacre. El personaje principal, es un niño que irá caminando en silencio por ese paisaje devastado. La época aludida es los años ochentas. Los protagonistas son las víctimas de la matanza. La técnica es crónica metafísica.

- ¿Qué lo impulsó para irse a Buenos Aires?

- Vivo en Colombia. Solo he ido a Buenos Aires por asuntos de negocios. Acaso me instale el próximo año para estudiar en la Universidad del Cine donde imparte clases Mariano Llinás, que reconcilió el cine y la literatura en esta película colosal: Historias Extraordinarias.

- ¿Cuánto tiempo duró en el proceso de redacción Rebelión de los oficios inútiles?

- La escribí en 2007 en un arrebato de escritura febril. Escribí enlazando las historias que había investigado en un archivo de historia regional y que completé con testimonios que me habían contado, años atrás, sobre una toma de tierras acaecida en 1969. La escribí por temor a que esas historias se me olvidaran.

- ¿Cuando terminó la escritura de la novela, tenía la ilusión de ganar un concurso con ella?

- Tenía la ilusión de que alguien la leyera. De que alguien me dijera honradamente si me había equivocado, de tema, de tono, de estilo, o si había logrado organizar una narración creíble sobre un episodio minúsculo y olvidado de una época que no viví. Pero la guardé y seguí corrigiéndola unos años más. Siete, porque escribir consiste en esperar.

- ¿Por qué resolvió escribir sobre un fragmento de la violencia en Colombia?

- Porque la única obligación de un escritor es recordar más que los demás.

- Uno de los temas de su novela es el fraude electoral de 1970, año en el que usted no había nacido… ¿Por qué escribió sobre ese hecho?

- No escribí sobre ese hecho. Escribí las vidas de unos personajes situándolos en una época determinada que son los años setentas del siglo XX, donde está registrado ese hecho. La historia es la de una clase social, la que consigue el sustento vendiendo su fuerza física, o proletariado, gente que decide cambiar las condiciones de injusticia en que vive, por sus propias manos, y a causa de ello serán perseguidos y asesinados.

- Siendo un tema tan colombiano ¿por qué cree que el jurado argentino resolvió premiar su novela?

- No creo que haya temas con nacionalidad. Seremos sociedades distintas por la cultura, por los orígenes, por el mestizaje, por la forma de preparar la carne de res, pero compartimos muchas similitudes en lo que concierne a abismos de clase. Los comentarios que oí es que esa misma historia (la de unos desposeídos que deciden cambiar las circunstancias de su vida enfrentándose a todo) ha ocurrido en todos lados, en Argentina, en Perú, en México, y paradójicamente siempre ha acabado como acaba otra vez en esta ficción.

- ¿Cree que su novela es un acto de reflexión sobre lo años aciagos que vivimos en Colombia?

- No lo sé. Son solo palabras encadenadas. Pero las palabras son memoria. Cualquier novela, hasta la más realista, hasta Operación masacre de Rodolfo Walsh o A sangre fría de Capote, es una reconstrucción estética de una realidad que es caótica, brutal, pero nunca ordenada, ni sublimada, ni coral. No escribo una historia documentada de la violencia. Tampoco me interesa una transposición de la realidad. Un periodista toma un hecho y lo sintetiza para informar. Un escritor toma un hecho y lo expande para explorar toda la complejidad. Si alguien tiene el descuido de leer mis libros tal vez pueda encontrar ecos del pasado vistos en retrospectiva, hechos aludidos, deshuesados y organizados o deformados por efectos narrativos y por el distanciamiento literario que toda ficción implica. Pero es difícil saber si eso puede provocar una reflexión sobre las violencias cíclicas que ha vivido el país. Si el lector está vacío, el libro no surtirá efecto, al menos en ese sentido que usted propone. Lo que me interesaba al escribir esos libros era construir la vida de un grupo de personajes expuestos a las consecuencias de sus actos, a las situaciones dramáticas de sus vidas y de sus muertes. La violencia colombiana es sólo el decorado dramático de mis libros, el pretexto para urdir la vida interior hipotética de unos personajes trágicos. Supongo que si alguien los lee de forma desprevenida tal vez los encuentre demasiado crudos. Supongo que para algunos lectores poco familiarizados con la literatura me convertiré en una especie de escritor impresentable, sobre todo ante las buenas conciencias que imaginan un país feliz donde no acaecieron hechos feroces como las masacres del Aro, de Mapiripán, las de Segovia, la del Naya que demuestran toda la indolencia y toda la barbarie de la que somos capaces los seres humanos. Pero ocurrieron. Y la literatura se nutre de la realidad, aunque a la realidad, a la hiperrealidad, ya no le interese lo que diga la literatura.

- ¿Ha pensado en presentar su novela en Colombia?

- Amazon dice que mis libros se editaron en Colombia en 2036. Algo extraordinario sucederá ese año. Por ahora, mientras mis libros sigan sin editarse aquí, me ahorro ese estrés. Además, considero que las presentaciones de libros son jerárquicas y reverenciales y absurdas. Un escritor no tiene nada qué explicar: la obra es elocuente, o habrá fracasado. La presentación ideal sería leer en público un fragmento, como hacía Capote y luego ver los rostros y descubrir lo miserables que somos, la fragilidad de nuestras certezas y la fugacidad de la vida que desperdiciamos hiriéndonos, encadenándonos a un trabajo, codiciando en vano.

La mejores letras de Daniel Ferreira, en El Espectador


Entrevista por Jorge Consuegra /El Espectador, sección Un chat con / Libros y letras

Daniel Ferreira es santandereano, escritor, bloguero y cronista amante de la literatura y la poesía. Desde hace cinco años es colaborador de El Magazin de El Espectador. /

¿Cuánto tiempo duró en el proceso de redacción de ‘Rebelión de los oficios inútiles’?

La escribí en 2007, en un arrebato de escritura febril. Escribí enlazando las historias que había investigado en un archivo de historia regional y que completé con testimonios que me habían contado, años atrás, sobre una toma de tierras acaecida en 1969. La escribí por temor a que esas historias se me olvidaran.

Cuando terminó la escritura de la novela, ¿tenía la ilusión de ganar un concurso con ella?

Tenía la ilusión de que alguien la leyera, de que alguien me dijera honradamente si me había equivocado, de tema, de tono, de estilo, o si había logrado organizar una narración creíble sobre un episodio minúsculo y olvidado de una época que no viví. Pero la guardé y seguí corrigiéndola unos años más. Siete, porque escribir consiste en esperar.

¿Por qué resolvió escribir sobre un fragmento de la violencia en Colombia?

Porque la única obligación de un escritor es recordar más que los demás.

¿Por qué cree que el jurado argentino resolvió premiar su novela?

No creo que haya temas con nacionalidad. Seremos sociedades distintas por la cultura, por los orígenes, pero compartimos muchas similitudes en lo que concierne a abismos de clase.

¿Su novela es un acto de reflexión sobre lo años aciagos que vivimos en Colombia?

No lo sé. No escribo una historia documentada de la violencia. Tampoco me interesa una transposición de la realidad. Un periodista toma un hecho y lo sintetiza para informar. Un escritor toma un hecho y lo expande para explorar toda la complejidad.

¿Ha pensado en presentar su novela en Colombia?

Amazon dice que mis libros se editarán en Colombia en 2036. Algo extraordinario sucederá ese año. Por ahora, mientras mis libros sigan sin editarse aquí, me ahorro ese estrés. Además considero que las presentaciones de libros son jerárquicas, reverenciales y absurdas.

¿A qué edad empezó su pasión por los libros?

Siempre leí. Es un sentir. No recuerdo la época en la que no sabía leer. Pero empecé a escribir a los 12 años, diarios sentimentales, subjetividad abominable, y una descripción de la vida local que por entonces tenía que ver con los muertos.

¿Qué pasó con esos diarios?

Cuando me vine a estudiar a Bogotá mi mamá tiró al reciclaje un cargamento de inútiles escolares. Entre esos objetos acumulados iban mis cuadernos del diario. Entonces escribí mi primera ficción a los 19 años. Era una novela sobre un crimen colectivo: los paramilitares mataban a un poeta a causa de chismes y habladurías sobre el consumo de drogas.

¿Quiénes lo fueron sumergiendo en este apasionante mundo de la imaginación?

Me hundí en ese barco yo mismo. Pero me acompañaron mis amigos, una banda de borrachos que amaban la poesía. Éramos provincianos, estábamos aislados de todo, pero vivíamos la literatura con apasionamiento.

¿Cuáles fueron los temas de sus primeros cuentos?

Temas infantiles, tragedias sentimentales y después la historia secreta de mi familia.

¿Cuáles fueron sus primeras lecturas de grandes escritores?

Los libros que me robé de la biblioteca pública. Aún los conservo. Entre ellos están: Las naranjas de Hieronymus Bosch, de Miller; Viaje al fin de la noche, de Céline, y Las palabras, de Sartre. También, aunque no me los robé, los clásicos del siglo XX editados por Oveja Negra. Entre muchos otros.