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Viaje al interior de una gota de sangre por Josep Avski

Por Josep Avski*, en Crónica del Quindío 


En Casablanca la bella [Fernando Vallejo] escribe “No discriminen que la muerte iguala”. Viaje al interior de una gota de sangre es una novela sobre la muerte que iguala. Pero vamos por partes.

Contextualicemos primero. Viaje al interior de una gota de sangre de Daniel Ferreira (San Vicente de Chucurí, Santander, 1981) obtuvo el Premio Latinoamericano de Novela Alba Narrativa en 2011 y fue publicada por la editorial cubana Arte y literatura en 2012. En Colombia fue editada hasta 2017 por Alfaguara. Es la segunda novela de la pentalogía que prepara Ferreira sobre la violencia en Colombia. La primera novela de este proyecto se titula La balada de los bandoleros baladíes y recibió el Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo en 2010. La tercera de esta pentalogía, titulada La rebelión de los oficios inútiles, obtuvo el Premio Clarín de Novela en 2014 y visibilizó la obra de Ferreira en Colombia.

En cuanto a la estructura: Viaje al interior de una gota de sangre está compuesta por 8 capítulos, a su vez segmentados en secciones no numeradas. Los fragmentos marcan cambios en el tiempo y en el espacio, de manera que cada capítulo relata la vida de uno o varios personajes. La narración de todos los personajes tiene en común el aliento malsano de la huesuda. Bien sean por sus abuelos, sus padres o sus propias circunstancias, los personajes han sido tocados por el dedo terrible de la violencia. Todas las narrativas se juntan en una masacre en un pequeño pueblo colombiano, que constituye el evento central de la novela. El relato les da voz a las víctimas del exterminio, revela sus historias, sus pasiones, y la intrincada geometría de los acontecimientos que los llevan a estar en el lugar y el tiempo de la masacre.

Como decía antes, Fernando Vallejo declara que la muerte es la única que iguala razas, credos, clases sociales, sexos. Allí nos encontramos todos y allí se borran todas nuestras diferencias. La muerte vuelve a todos iguales, sin atributos, sin individualidad. Esta novela hace todo lo contrario con las víctimas de la masacre; las arrebata del reino de la muerte, no porque les devuelva la vida sino porque a través de la narración de sus historias les restituye la complejidad, los matices, la individualidad de la que carecen en el reino de la Blanca señora. Como en la vida real en Viaje al interior de una gota de sangre son las minorías las más vulnerables a la violencia. Mujeres, niños, minorías étnicas, miembros de la comunidad Lbgti son más visibles y más indefensos ante el abuso del terror. Nada ratifica tanto la presencia de la vida como la diferencia, en consecuencia nada ofende tanto a los ministros de la muerte como la variedad.

En Viaje al interior de una gota de sangre son los victimarios los que en realidad pertenecen al reino de la muerte. Son ellos (o ellas) los que por más vivos que estén no pueden ser arrancados del señorío de las sombras. Han sido despojados de la característica principal de los vivos: la individualidad, los matices, las diferencias. En la novela no tienen más rostro que un pasamontañas y su cercanía con la Parca los ha puesto del lado del silencio. Sólo uno de ellos adquiere, momentáneamente, un rostro; y lo consigue precisamente porque le perdona la vida a otro personaje, porque pasa transitoriamente del ministerio de la muerte al ministerio de la vida.


Decía Nietzsche que quien con monstruos lucha debe cuidar no convertirse en monstruo, porque cuando se mira largo tiempo al abismo, el abismo también mira devuelta. Esta puede ser la conclusión a la que se llega después de leer Viaje al interior de una gota de sangre: están muertos quienes comercian con la muerte, así vivan, porque han mirado tanto tiempo los ojos de la Huesuda que ésta los ha vaciado por dentro; están vivos quienes comercian con la diferencia, así sean masacrados.


Joseph Avski*, escritor colombiano.

Viaje al interior de una gota de sangre por Gustavo Álvarez Gardeazábal


FORMIDABLE

Gustavo Alvarez Gardeazábal
Publicado en Diario ADN, abril 25  2017


El domingo empezó la Feria del Libro .Muy probablemente acudirán las 500 mil personas que año tras año  se arriman a los estantes en donde se ponen a la venta millones de libros que cada vez se leen menos pero,curiosamente, se publican más y más porque ya no hay que hacer ediciones de grandes tirajes y con los 300 o 500 que imprimen se ilusionan escritores, libreros y editoriales.

Tradicionalmente en la Feria del Libro se termina seleccionando el mejor de los que se ponen a la venta.Y aunque “Las bolas de Cavendish” del brillantemente cantaletoso Fernando Vallejo puede tener muchos lectores ,así no sea una novela sino un ensayo contra Darwin y contra Einstein,miembros según él de una pandilla de estafadores,yo creo que el libro a resaltar en este año es el de Daniel Ferreira “Viaje al interior de una gota de sangre” que editó Alfaguara.

En ese libro se resume con crudeza pero sin volverse repugnante, con metáforas exquisitas pero sobre todo con fuerza narrativa atrapadora,todo lo que nos pasó en Colombia en los últimos 30 años de guerra y que los habitantes de Bogotá y otras ciudades grandes no tienen ni siquiera idea de que haya ocurrido.

Esta novela de Daniel Ferreira es la historia de un pueblo,como tantos otros, en donde primero se afincaron los guerrillos con sus regímenes de mentiritas, pero sus muertos de verdad, y después llegaron los paracos sin consideración alguna a hacer tabla rasa con sus metralletas para vengar la dizque  colaboración que el pueblo, del cura hacia abajo, tuvieron con la guerrilla.

Es un libro formidable que aunque resume con dolor lo vivido tendrá que ser tenido en cuenta por los que quieran saber y contar todo lo que pasó en esta patria nuestra.
@eljodario
eljodario@gmail.com

Si quiere oir el audio de esta columna en la voz de su autor vaya a:
Escucha"FORMIDABLE, Gardeazabal,ADN abril 25" en Spreaker.

Rebelión de los oficios inútiles, por Juan Pablo Plata

Foto: Libros recomendados en  Revista Don Juan


Juan Pablo Plata | Editor y crítico literario

Fuente: Revista Corónica


Rebelión de los oficios inútiles
Alfaguara, 2015.
Premio Clarín de Novela de 2014.

En el fondo y en la superficie del conflicto armado colombiano siempre han estado:

1. La falta de participación y representación política de muchos sectores sociales.
2. La censura, es decir, la falta de la libertad de expresión en varias gradaciones entre la población civil y en los medios de comunicación tradicionales y alternativos.
3. La desposesión de la tierra por el Estado, entes privados y grupos armados de sus dueños originarios e históricos.
4. Las necesidades básicas no cubiertas en una democracia en las clases menos favorecidas en el campo y en la ciudad, esto es, lo que muchos llaman una grave falta de justicia social.
5. La aún no consolidada separación entre el Estado y las organizaciones religiosas.
6. La violencia promovida por la defensa de ideologías locales y foráneas que se adaptan a la idiosincrasia local.
7. La impunidad ante crímenes de Estado y en crímenes cometidos por ciudadanos de múltiples extracciones sociales.

Porque si un ciudadano vive en una república democrática y capitalista, lo mínimo que espera es que la propiedad privada y la vida sean sagradas, protegidas y preservadas por todos, además del Estado.

Rebelión de los oficios inútiles de Daniel Ferreira trata, entre otras cosas, del padecimiento de los sietes puntos anteriores en un pueblo donde circula el periódico La Gallina Política. Medio impreso en que se denuncian abusos, asesinatos y robos a la propiedad de la tierra por parte del Estado -representado en la fuerza pública y en las tres ramas del poder de una democracia demasiado imperfecta- y personas y organizaciones privadas contra los ciudadanos colombianos durante la cruenta época del marco especial del Estado de Sitio (1969), además de antes y después de éste.

Como si su irritación ante la iniquidad y el pulso narrativo fueran en ascenso, el autor ha escrito la tercera novela de una proyecto narrativo de pentalogía (infame) sobre la violencia en Colombia después de las laureadas y también bien logradas La balada de los bandoleros baladíes y Viaje al interior de una gota de sangre.

Ahora bien, no es la novela de Ferreira un panfleto. En ella se da cuenta muy bien de los efectos que tiene la Historia en las individualidades de un pueblo en que algunos querían defender la propiedad, la familia y la tradición (Pero sin respetar la ley y tener reciprocidad con los demás) y otros querían sentir de verdad que vivían en una democracia y que por esto la propiedad de la tierra, las ideas y sus vidas, me repito, iban a ser atesoradas como dicta la letra muerta de la legislación.


Entre los personajes más significativos de la novela tenemos a Ana Dolores Larrota. Ella es una líder social  que acaba como muchos han acabado en Colombia: condenados sin juicio en una cárcel o asesinados por luchar por los derechos de terceros. Todo porque Ana a pesar de su desconexión con bandos e ideologías políticas luchaba en vida por las reivindicaciones sociales y la futura eliminación de los adversos asuntos de los siete puntos enunciados arriba.

Quedo atento, junto a otros lectores, a las dos futuras entregas de la pentalogía. Sin embargo, uno desearía que estas ficciones no tuvieran un reflejo real en el pasado de ningún país. Como quien dice que uno anhelaría que las novelas de Ferreira no fueran más que la cosecha de una portentosa imaginación antes que el resultado de una juiciosa investigación del pasado siniestro y ruinoso de una nación desigual, plagada de desplazados, viudas, huérfanos, entre otras víctimas, donde los beneficios de la democracia y el capitalismo aún no se despliegan para todos.

Rebelión de los oficio inútiles es una novela necesaria para ahondar en las raíces del conflicto armado colombiano; un libro útil para los tiempos que corren en que parece que Colombia se acerca a la paz.

(También sería muy provechoso que toda la pentalogía se editara en bloque o completa en Colombia)

Rebelión de los oficios inútiles por Oscar Daniel Campo

Oscar Daniel Campo, Revista Literariedad

Cada cierto tiempo algunos escritores alegan fastidio temático frente a la proliferación de literatura sobre la violencia. Esto hasta que aparece una novela que le devuelve dignidad estética al asunto. Fue el caso de Los ejércitos, de Evelio Rosero, hace unos años, y, más recientemente, de La rebelión de los oficios inútiles (2014), de Daniel Ferreira, novelas premiadas en el exterior antes de ser leídas y bien acogidas por los lectores en Colombia. ¿Qué hace que estos dos casos destaquen sobre el fondo tumultuoso de libros que tratan literariamente la guerra interna? Entre las muchas cosas posibles para decir, resalto la posición fuerte que estas novelas ofrecen frente a la materia cruda de la que se ocupan y la capacidad de identificar, en el curso corriente de la temática, un potencial narrativo novedoso. La novedad de lo contado se apoya, me parece, en la solidez de la postura.

En el caso de Los ejércitos, justamente la posición fuerte tiene que ver con que el punto de vista predominante, el del profesor Ismael que narra la novela, no está interesado en discernir quiénes, si la guerrilla o los paramilitares, son los ejércitos que se toman el pueblo, lo bombardean, matan y violan a su vecina, desaparecen a su esposa, entre otros desmanes que cambiarán de manera definitiva la dinámica del pueblo. La novela adopta de manera implícita el lado de las víctimas, en concreto, de la víctima llamada Ismael, más interesado en el trasero de su vecina y en la desnudez de su esposa, que en el contenido explícitamente ideológico de la guerra que los circunda y finalmente los devora. Una reseña de David Jiménez en Razón pública se encargó en su momento de mostrar la tensión entre guerra y erotismo construida por la novela. El hallazgo narrativo de Evelio Rosero reside en el contraste entre imágenes idílicas, violentas y sensuales, entre el tiempo interior del personaje (con sus valores propios) y el exterior de los acontecimientos brutales.

No es el caso de Daniel Ferreira con La rebelión. Los argumentos ideológicos hacen parte explícita del material de la novela, se notan en la perspectiva del narrador en tercera persona y a través del discurso de dos personajes principales —la líder de los destechados, Ana Larrota, y Joaquín Borja, fundador y director del periódico La gallina política—. La novela adopta, al igual que Los ejércitos, el punto de vista de las víctimas, en este caso, el punto de vista de los desposeídos, pero, a diferencia de aquella, no se abstiene de participar en la discusión ideológica explícita. Rendición de cuentas de Ana Larrota: “La realidad espiritual depende de la realidad material” (156); “Vivimos en momentos en que a la clase trabajadora la atropellan, la estafan y nos mienten. El paro, las tomas, las protestas y las pedreas que el fiscal llama ‘asonadas’ son formas de lucha cívica que usa el pueblo para expresar las demandas y presionar soluciones. De ninguna manera son delitos. El derecho a la protesta, además de legítimo, me parece necesario” (169). Joaquín, que ha cambiado el periodismo por meterse a la guerrilla, y ahora deja una suerte de testimonio de su vida en un magnetófono: “… un país que masacra de uno en uno para que no se note el genocidio, un pueblo que es un monigote que permanece impávido ante la injusticia, un maniquí que considera a los escuadrones de la muerte como males necesarios, un país de sicofantes, de impostores, de traidores, con artistas y músicos despreciables que actúan como bufones de una clase y hacen las bandas sonoras para acompañar el ruido de fondo de la infamia” (258). O, él mismo Joaquín, cuando registra la multitud iracunda que pide cuentas por el destino de Ana Larrota y, en una coincidencia histórica inesperada, también por el robo de las elecciones presidenciales que gana Misael Pastrana: “Descubrimos que eran los mismos comerciantes quienes salían a disparar contra las vidrieras de la alcaldía y de sus propios almacenes (…) a dañar lo que la turba había dejado intacto”, para justificar después sus decisiones radicales: “esto no puede seguir así, esos no son manifestantes, son guerrilleros vestidos de civil, si el ejército no está dispuesto a hacer nada para defendernos a nosotros, los ciudadanos de bien que contribuimos y pagamos impuestos (…) tomaremos justicia por nuestra propia mano” (191). Difícil no estar de acuerdo con la posición de la novela, con su adopción del lado de los desposeídos, y el relato de la persecución sistemática a la que se ven expuestos. Pero se advierte en esos pasajes que poco sorprende a los lectores contemporáneos, que se torna poco interesante cuando se la saca del contexto de la narración, y en la que, por tanto, no puede agotarse la posición fuerte de la novela. ¿Qué más hay entonces?

La novela se ordena en torno a tres nudos: el enfrentamiento entre los destechados que han invadido los predios del Club Kiwanis y la policía; la grave amenaza que acecha a Ana Larrota en la cárcel y la explosión de una bomba en la casa de Joaquín Rojas, también sede de la La gallina política, en la que muere la hermana de Joaquín, Luisa. Al periódico lo persiguen no solo por simpatizar con la toma de los destechados, sino por proveer una justificación histórica a su lucha. El periódico demuestra que esos terrenos habían sido antes expropiados de forma ilegal por los antepasados de Simón Alemán.  Además de estos nudos, la novela elabora pequeños relatos adicionales que no solo sirven para dilatar las acciones principales, sino que agregan facetas a los personajes, de otro modo dominados por el contenido ideológico explícito de su discurso. Vemos entonces el drama de una Ana Larrota mucho más joven, que ha perdido a su hijo y a su marido; que de niña visita el leprosario donde vive una tía monja, (amanuense de los enfermos que quieren enviar carta a sus familiares). Vemos también la juventud aventurera de un Simón Alemán, en Europa y luego en Estados Unidos, enamorado de una mujer que no le corresponde, y propicio desde entonces al comportamiento obsesivo que explica por adelantado la quiebra, al perseguir el sueño imposible de una urbanización moderna en la cima del pueblo, en los terrenos baldíos ocupados por la multitud que lidera Larrota.

Las vidas de estos personajes, con sus diferentes extracciones sociales y proyectos políticos, se enlazan en un momento clave de la historia reciente, situado en la novela justo en el inicio de la década del setenta. Se trata del momento en que los terratenientes no solo sofistican sus prácticas paramilitares sino que a esta se suma (esto quizá constituya lo tenebroso de lo tenebroso) la aquiescencia de los banqueros y los empresarios en un proceso bastante efectivo de hiperconcentración de la riqueza y disipación de las masas rabiosas que las décadas anteriores habían permitido. La novela de Ferreira descubre un filón épico atractivo en la historia de estas ocupaciones de tierra, de activismo político de base social y compromiso de la prensa escrita. Es el momento de consolidación de los grupos guerrilleros. En ese sentido, la novela recupera la experiencia histórica de creer que un gran cambio era posible en favor de los desposeídos. Pero como en el presente de la escritura y del horizonte del lector los líderes de la protesta han sido asesinados, se cuenta en últimas el fracaso de esa experiencia y el origen de resentimientos de clase que permanecen vigentes.

Tal vez a ese doble fracaso deba la novela su posición fuerte sobre el asunto tratado. Es una posición paradójica. Al momento de fracaso corresponde también cierta derrota de la palabra escrita. No solo en el periplo periodístico de Joaquín, que renuncia a la escritura para siempre (le habla a un magnetófono), desencantado a pesar de ser un apasionado lector de literatura (“¿qué poder puede tener en realidad un puñado de palabras?” (215)), sino en las interpelaciones directas de algunos personajes. Ana Larrota critica la falta de acción (o sea, de activismo) de quienes creen hacer algo desde la orilla del periodismo. Y Simón Alemán, aunque colabora con Joaquín en su investigación, afirma que la manera más fácil de arruinarse es con palabras (149). Lo perdido no es solo la confianza en que un cambio social sea posible, sino el entusiasmo del lenguaje como un revólver cargado, capaz de mostrar caras ocultas de la realidad. Incluso la novela construye una lista de títulos de obras y autores que constituyen un pequeño panteón personal de literatura panfletaria: desde el “poema” a cuatro manos que funciona a manera de epígrafe, un ensamble de versos tomados arbitrariamente de Neruda, Vallejo, Barba Jacob y Joaquín Pasos, hasta Hamburgo en las barricadas, pasando por Maquiavelo, por Léon Bloy en sus diatribas contra literatos, por los existencialistas franceses, por una selección de obras rusas del diecinueve que no son las más famosas, por Swift, por John Reed, por Benito Feijoo, por Marx (más por sus ideas que por su estilo, supongo), entre varios otros. Esas referencias no alcanzan ni siquiera la categoría de dioses muertos, pues dan más bien la impresión de ruinas polvorientas.

Las dos experiencias, la de la palabra como un revólver y la del cambio social, se han disuelto, y la novela expresa una melancolía frente a tales pérdidas. Allí, en esa melancolía, Ferreira ha hecho un hallazgo que definitivamente llama la atención. El texto ha sido escrito con la voluntad rabiosa de la causa justa y desde el principio perdida. Tiene la fuerza suficiente para que creamos, a través de Joaquín, en el poder de la palabra, antes de caer desencantados junto a él, pisoteados todos por la Sociedad de Hierro que forman los comerciantes y terratenientes para perseguir en la ilegalidad a los líderes políticos. La fuerza que mueve la narración de la novela de Daniel Ferreira es la indignación contemporánea por la multitud política aplacada, por la falta de rebelión, que ha sido la gran herencia histórica, no del activismo de los sesenta y setenta, sino de su represión sistemática. No es que no pueda contarse el relato de los vencidos, ni que no haya un compromiso ético allí, sino que sabemos que no va a importar, que la democracia, la buena democracia, puede convivir perfectamente con la injusticia histórica y con el relato de las víctimas, sin que el problema crucial de la concentración de la riqueza sea tocado. Hay una catársis a la inversa: no salimos purificados de la novela, al asistir al horror y vernos expuestos a la compasión por el destino de los personajes, sino que nos dejamos caer en un pozo de desazón, y medimos qué tan inofensiva se ha vuelto la palabra escrita, seguros de que no se tejerá ningún complot para bombardear la casa de Ferreira, ni se le va a exiliar en el futuro inmediato, porque la economía ha aprendido a convertir en entretenimiento, en premios, en venta de libros, en activismo de Facebook, cualquier indignación que nos cause el mundo. (Termino entonces de escribir esto, pensando en empezar la segunda temporada de Narcos en Netflix).

Viaje al interior de una gota de sangre, de Daniel Ferreira

Por Juan David Aguilar 

Edición cubana- Ed. Arte y literatura.

Tendría nueve años. Mis abuelos habían llegado del campo a un barrio periférico de calles amarillas y polvorientas en Bogotá. Las casas eran rectángulos de bloque que iban creciendo sobre la montaña como costras. Aún conservo el regusto del polvo levantado por los pocos carros que trepaban las calles. Al fondo, más allá del color terracota de las casas, se veían los filos borrosos de las montañas  por los gruesos nubarrones cenicientos. A una cuadra de la casa de mis abuelos estaba el lugar donde excavadoras dejaban sus vanos para luego ser inundados por el agua de las lluvias de abril, un agua dorada que resplandecía en las tardes de sol. Hacía frío. El viento helado golpeaba mi rostro como si perforara mis poros y los huesos se hacían axiomas bajo la piel. Mi mamá nos llevaba en vacaciones, a mi hermano y a mí, a dónde mis abuelos porque no tenía con quien dejarnos mientras ella iba a trabajar. Recuerdo que esa tarde hacía sol y el polvo de la calle se levantaba por el arrastre del balón que iba y venía en la cancha improvisada en la avenida: dos ladrillos y dos piedras calizas hacían las veces de arcos. Cuando de pronto, los vecinos jugaban contra nosotros y ya íbamos 3-0, perdiendo, como siempre, como siempre mi hermano se emputaba conmigo por no saber jugar, nos sobresaltamos por el ruido seco de tres estallidos —¿Fueron cuatro?¿cinco?—, luego uno más. Como las casas eran muy recientes era normal ver a los obreros manipular las mezcladoras de cemento, ollas gigantes calcinadas por el concreto que giraban despacio; baldes de pintura que subían y bajaban de las terrazas por sogas haladas por hombres con la piel gris por el polvo del hormigón. En la esquina, junto a la casa de mis abuelos, levantaban el tercer piso de aquel rectángulo de bloques de ladrillo, cada piso dividido por las planchas de cemento, las ventanas, de a dos por piso, eran otros rectángulos y en la terraza las bardas de ladrillos contrastaba con los colores de las paredes que por lo general eran demasiado vistosos: verde limón, naranja, café claro. Las ventanas con sus rejas en forma de rombos de color blanco con cruces de metal en los puntos donde se cruzaban las varillas. Los obreros trabajaban en el tercer piso de aquella casa, la casa de la señora María, con sus gorras militares o de ciclista, con sus botas de caucho, descamisados. Cuando escuchamos los estallidos alcancé a ver a un joven de chaqueta de cuerina correr montaña arriba por la calle del fondo, la misma calle que bajaba a los lagos dorados. Los obreros bajaron empuñando palas, barretos y llaves de tubo, los seguimos como si fueran ellos nuestros protectores.

Allí estaba el joven en el suelo en medio de vecinos que lo rodeaban como en una placita improvisada. El joven miraba algo, no sé, algo que estaba más allá de cualquier cosa, sus ojos desorbitados, sacudiéndose con un círculo rojo en el cuello y dos brotes de sangre de su pecho. Yo esperaba, quizás como esperaría cualquier niño que ha visto la televisión, que alguien gritara, que llamaran a la policía, a una ambulancia, pero, todo lo contrario, todos miraban y murmuraban entre ellos. Sabían que no había ambulancias, ni policías, sabían que esta era la vida real, lo cotidiano, de lo que huían —aún no sabía que todos ellos habían sido desplazados, aún no sabía la violencia que atravesaba a mi familia— y de lo cual no podían escapar. Creí, a mis nueve años, que ese joven quería decir algo, que veía algo incompresible y que a razón del chorro de sangre que se había convertido en charco y que corría en un hilo por la avenida mezclándose con el polvo, sangre que se pegaba a sus manos, a su cabello como migajas de pan, se extinguía el lenguaje por el cual podía expresar lo que estaba viendo, como si no estuviéramos frente a él, algo que en sus ojos contradecía la esencia imprescindible de todo lenguaje.



Una masacre.



La palabra masacre suena a máscara o eso pensaba cuando pequeño.



Ella estaba desnuda en la cama. En esa época fumaba y yo estaba sentado en la silla del escritorio leyendo Viaje al interior de una gota de sangre mientras ella miraba su celular que en la oscuridad le iluminaba parte de su seno izquierdo y la cara.



—¿Has visto morir a alguien? —le pregunté sin girar del todo la silla de escritorio.

Me miró por encima del celular, pensando, lo descubrí en su ojos, en qué era lo que yo estaba leyendo.

—No.



¿Cuántos niños presencian la muerte de alguien? Hasta ese día me había parecido normal mi experiencia. Descubrí que no era tan normal como lo había pensado. ¿Cuáles son las consecuencias de presenciar ese evento del lenguaje?



…los niños que ven morir a alguien, una muerte violenta, se supone, son más propensos a…(alguna vez vi un post de este tipo en facebook)



Seguí leyendo y fumando. El libro Viaje al interior de una gota de sangre inicia un día de fiestas en un pueblo cualquiera de Colombia, huele a fritanga, a frituras, se ven los árboles y el río abajo del pueblo, puedo oler y ver el pueblo, no solo porque desde pequeño he estado en esos lugares sino porque el autor se toma el trabajo de describirlo, de darle lugar a cada detalle que configura el pueblo, pienso en Dogville, la famosa película de Lars Von Trier, no se necesita de paredes para crear un espacio, el espacio lo configuran las acciones y sus personajes que, al final, terminan siendo acciones. ¿Quiénes matan saben con certeza quiénes son sus víctimas? Tal vez, pero las víctimas no saben quienes son sus verdugos, ¿por qué desde siempre los verdugos protegen sus rostros?, porque la muerte no puede poseer el patetismo de un rostro, debe ser cualquiera, debe ser una acción, porque para que se configure un espacio debe haber acciones, no apariencias.

Luego, el autor, como en un carnaval, pasa a contar las historias de aquellas víctimas. Esos muertos también deseaban algo. Una novela debe tener un personaje principal y desarrollarlo a través de la novela en este caso la novela solo tiene una protagonista: la muerte, que a la edad de …. años, todavía sigue creyendo en un pasado (resumen para una clase de universidad, segundo semestre) que no ha podido olvidar, la lucha interna de nuestro personaje para desentrañar las peripecias más intimas en las que cualquier sujeto pueda caer.



(Pregunta para una posible entrevista imaginaria con el señor Ferreira

—¿Le gustan los pimentones?

El señor Ferreira mira la cámara con sus ojos pequeños, entre cerrados.

—No, no me gustan, y acordamos no hablar de mi vida privada)



—¿Has visto morir a alguien?

Ella desde su desnudez me pregunta, pero los dos nos enredamos porque no sabemos si hablamos de un «ver» en la ficción o un «ver» en verdad… como si tal distinción existiera.



—Mi familia fue desplazada por la violencia.



Le cuento la historia de mi familia. Del barrio con nombre de hija de presidente que murió por las balas del Estado.



—Tal vez un niño que ve la muerte pierde cierta capacidad de asombro, como cuando ve, antes de la función, al esconderse y a través de la puerta a medio cerrar,  el lugar donde el mago esconde los conejos.



Su cuerpo ahora aparece en la habitación por la luz de la lámpara que cae sobre ella al levantarme de la silla. Escucho una canción que suena en la casa de enfrente, hoy hay fiesta para ellos. Gritan la canción Señora de Otto Serge.



Leo y fumo junto a la ventana.



Cada muerto tiene su historia, no es lo mismo narrar cómo alguien llega a su muerte, a narrar el después de su muerte ¿qué hay después de la muerte? La memoria de los otros. Porque eso es lo que pasa en esta historia, los personajes ya están muertos cuando empezamos a conocer su historia. Primero fue la masacre como en toda creación. Cierta crónica se evidencia en la prosa que sutilmente se adentra en el análisis de las vidas desde pensamientos que no proceden de los personajes pero que todos sabemos pueden haber sido los suyos o no son los suyos pero hacen que esto sea real, o ni siquiera son reales pero hacen que la prosa sea literatura.

Esto es real porque lo real no es lo que está ocurriendo afuera, lo real es la memoria y no hay memoria sin ficción. Por eso el interés de todo Estado en ella.

Su prosa busca palabras de Santander, su prosa busca palabras, adjetivos, raros, que producen ese efecto de cine olvidado (¿Un cine italiano de los setenta?).

Este pueblo es sangre, este espacio hiede a sangre, sangre que unifica, purifica, todos matan, todos disparan. El deseo de cada uno esconde su propia reconciliación con la muerte.

—Vi como moría —le digo a ella— ese fue mi primer muerto, digo, al primer muerto que vi. Todos tenemos un muerto, un primer muerto de la retina.



La técnica con que se narra el evento es precisa. Logra lo que todo escritor busca: ser verosímil, y es preciso subrayar la poesía que hay en ella, —¿poesía en la medida que hace aparecer la cosa en sí?— «las de los senos más torneados, las de las cinturas menos mórbidas, los muslos más curvos y el pubis apenas sombreado por un vello tierno de alas de mariposa», «Debía ser muy delgada, o era que el vestido de aplicaciones le quedaba demasiado grande para la medida, las medias de florones bordados habían perdido elasticidad y se recogían en sus tobillos sobresalientes por el borde de unos zapatones de charol embarrados, y al beber se le inflamaban los entresijos huesudos de las clavículas como un esqueleto forrado con piel». Este es el arte de esperar la palabra violenta, cada oración posee ritmo, es acorde a su enunciación, a su personaje y revela cada cosa que presenta, violenta porque abre el espacio y disloca lo que se hacía apariencia.

En la fiesta han apagado la música. Varias mujeres gritan en la calle y se escucha el estruendo de una botella contra el asfalto.

Cierro el libro y no sé porque veo de nuevo la mirada del joven que murió en la calle del barrio de mi abuela. En este país no sabemos enterrar los muertos y siento el sabor del polvo de aquellas calles.

Colombia es un país de muertos, de muertos que después de muertos empiezan a construir su historia, una historia que, en todo caso, no es la que fue, sino la que otros quisieron que sea, en todo caso, así es el deseo.

Rebelión de los oficios inútiles, por Alberto Pinzón Sanchez

Por Alberto Pinzón Sánchez | Radio Macondo
La Rochela. Prensa


(……) “esta historia comienza el día que fundé un periódico y continua el día que grabo este mensaje de viva voz en la bocina de un magnetófono, porque ya no escribiré más, porque debajo de los escombros de mi casa destruida encontré el cuerpo de mi hermana Luisa, fundé ese periódico para acompañar a un pueblo para narrar sus luchas y necesidades, para para contar sus historias domésticas, pero un pueblo que no se paraliza ante la atrocidad cotidiana, que permanece impertérrito ante la desaparición y la muerte, que animaliza al enemigo para darle muerte como a bestia sin alma, un país que responde unánimemente a los mercaderes de la moral, a la puesta en escena de los gobernantes y sus bufones, un país rodeado de muerte que se regodea con imágenes de millares de seres caídos y pide enseguida la pena de muerte para pagar crimen con crimen, para apaciguar su sed de sangre y su morbo, un país que masacra de uno en uno para que no se note el genocidio, un pueblo que es un monigote que permanece impávido ante la injusticia, un maniquí que considera a los escuadrones de la muerte como males necesarios, un país de sicofantes, de impostores, de traidores, con ciudadanos acéfalos que actúan como subnormales con artistas y músicos despreciables que actúan como bufones de una clase y hacen las bandas sonoras para acompañar el ruido de fondo de la infamia con políticos de baja estofa que legislan sus destinos desde una cueva de raposos, con la muerte como economía menor, un país un contaminado de envidia malévolo, culpable como los asesinos que pide ajusticiar en la ley del ojo por ojo y diente por diente, un país que lleva dentro la letrina que le dejaron por corazón, la herencia de la atrocidad, el esperpento que llamaron democracia, la justicia, esa venérea inoculada al nacer, su desahucio, la capacidad para heredar odio, un país de sayones, de sicarios, de ladrones, de usurpadores, de banqueros, de lacayos, de soplones, de infanticidas, un país que considera la milicia como un oficio noble y no parasitario, un país que se siente inferior a sus militares, que le otorga superioridad y servidumbre a la investidura castrense, un país que permuta el crimen por condecoraciones, un país que terminará el siglo con escuadrones de la muerte que tratarán como desechables a los  derrelictos, a los destechados, que ajusticiarán sin ley a los que viven en las calles que acabará el siglo en la debacle más aberrante desde su colonia salvaje, aherrojado a los contradictores, eliminando a los objetores, acabando con una generación entera que será enterrada en fosas comunes desperdigadas por todo el territorio, con hienas sedientas de dinero y sangre que se apropiarán nuevamente de las tierras fértiles, mercaderes de la moral que harán del Estado una ingente gleba de nepotismo, ese pueblo merece que lo sometan, que lo manipulen, que lo estafen, eso pensaba entre las ruinas, sumido en el escepticismo”(…….)

Así percibe el joven Daniel Ferreira a la actual Colombia y así la describe por boca del periodista Joaquín Borja, fundador del periódico alternativo “la gallina política-prensa libre”, en una de las últimas páginas de su impactante (no tengo más adjetivos) novela “Rebelión de los oficios inútiles”, con la cual en 2014 ganó el premio Clarín, publicada en Alfaguara Bs As ese mismo año y que lo consagró como uno, sinó el mejor, escritor colombiano en lo que va de siglo.

Sin embargo y mientras tanto, hay quienes, por los laureles y reconocimientos pseudo-literarios que momentáneamente pudieran dar una columna en la revista Semana.com. 01.06.2016 (¡ay la revista del sobrino del presidente de Colombia, una de las más importantes trincheras de la contrainsurgencia colombiana!) para quienes posiblemente la guerra terminó en junio de 1996 en Remolinos del Chaguan; talvez confundiendo el concepto civilizatorio y universal de Paz, con la firma de unos acuerdos para finalizar el conflicto armado de Colombia, les aconsejan a sus antiguos compañeros de armas, los “viejitos de las Farc envejecidos echando bala”, que para no volverse obsoletos y más vetustos aún, cambien de “relato”.

Que “armen” uno más post-moderno, o más chévere. Como si la guerra contrainsurgente desarrollada en Colombia desde hace tantos muertos y tantas infamias, fuera un simple “relato para armar” narrado por alguna ONG o alguien con un mínimo talento para escribir, y no una realidad social compleja históricamente determinada, que espera ser trasformada o cambiada profundamente a partir de lo realmente existente, mediante una formidable movilización social como la que hoy se está presentando ante nuestros ojos. Cual si no hubiese pasado nada y todo se compusiera con “un buen cuento bien echado y con chispa”.

En fin… como si se pudiera evitar el proceso vital y universal del envejecimiento humano, o este fuera una afrenta irreparable. Un baldón personal que impidiera a los viejos, el “übergang” (transición y superación marxista) hacia lo joven, nuevo y superior. En fin, como si los muchachos que vienen empujando con tanta fuerza no tuvieran nada en el cerebro o no hubieran sacado lecciones teóricas de las experiencias vividas colectivamente y se hubieran traicionado. En fin…. como si no siguiera nada y la guerra contra la Historia de la humanidad (con mayúscula) decretada en 1991 por Fukuyama y adelantada con todos los fierros posibles, en todas las partes posibles, por el complejo militar-industrial-financiero y el Pentágono estadounidense ya hubiese terminado y hubiera sido ganada totalmente por ellos, no quedando nada más que la nada (el vacío) existencial. En fin.

Rebelión de los oficios inútiles: el nudo de nuestra violencia, por Ivan Andrade

La obra del santandereano Daniel Ferreira, ganador del Premio Clarín de Novela en 2014, le da voz a los olvidados de siempre en nuestra historia y nos ayuda a entender mejor el origen de nuestra violencia atávica.
Por Iván Andrade* | Razón Pública


Rebelión de los olvidados

“Lo que buscamos es cambiar el futuro”, le responde Ana Dolores Larrota a sus interrogadores militares. La anciana representa a los despojados que se han visto obligados a ocupar las tierras que fueron arrebatadas a sus antepasados por los poderosos de siempre. Es la rebelión de los olvidados, de los oprimidos. La rebelión de los oficios inútiles.

La gente que hace “los trabajos que no se consideran trabajos” no puede soportar por siempre la injusticia y los atropellos, no puede ignorarse toda la vida. Ana Larrota y sus compañeros han visto y experimentado en carne propia la exclusión de un país que olvida al débil y al pobre, aunque, paradójicamente, son esos débiles y pobres los que sostienen sobre sus hombros a los demás. Así que se rebelan.

Pero esa rebeldía se muestra como un movimiento sin razones, como una revuelta de criminales y perezosos que se niegan a trabajar para merecer la vida. La “gente de bien”, la que controla los medios y las armas, deforma los objetivos y las proclamas de los rebeldes y los hace parecer lo que no son. Con sus mentiras borran de un plumazo toda una historia  de explotación, desplazamiento, opresión y violencia. Se lavan la cara y muestran a las víctimas como victimarios.

Aun así, quienes se encargan de los oficios inútiles siguen adelante. Se atrincheran en un pedazo de tierra que bien podría ser la representación de toda la tierra que les han robado, un punto en donde se concentra la historia de la usurpación, del olvido y la muerte.

“—Ana Dolores —le dijo el hombre de las tenazas—: las antorchas ya deben verse desde el pueblo.

—Mejor: así sabrán que la protesta iba en serio.

—¿Y si salen los toros a misa?

—Que vengan juntos, ejército y policía.

—¿Y si disparan?

—Que disparen, Lorenzo. A nosotros ya no pueden matarnos, porque para el gobierno no existimos: ya estamos muertos”.


El nudo gordiano

En la novela Rebelión de los oficios inútiles hay un recurso narrativo que me parece clave: la repetición de la frase “esta historia comienza”. Digo que es fundamental porque muestra la complejidad de nuestra historia convulsa, una historia que comienza y termina con muchas personas y en varios lugares, de diferentes formas y con variados resultados.

Rebelión de los oficios inútiles está lejos de ser un panfleto.
Empieza con los campesinos y trabajadores que han sido torturados y asesinados por quienes deberían protegerlos, con los policías y soldados que mueren por los intereses de personajes que no saben a qué huele la sangre, con los periodistas que se atreven a desenmascarar la verdad oficial y sufren las consecuencias de su valentía, con los terratenientes que se lucran de la expoliación y están convencidos de tener el derecho a hacerlo.

¿Hay buenos y malos en esta historia? Seguramente sí. Pero la literatura, como la vida, es más compleja que eso. Y en todas esas vidas, ideales, luchas y mezquindades que se cruzan en la historia está el testimonio del nudo gordiano de nuestra violencia. Alejandro Magno cortó el nudo con su espada. Nosotros también hemos intentado desatar el nudo violentamente, pero solo hemos logrado enredarlo más.

Deshacer el nudo se ha complicado porque nos hemos dejado contar una historia espuria, donde la dignidad de los oficios inútiles aparece como salvajismo y desvergüenza, y donde la brutalidad y la iniquidad usan los ropajes de la justicia y la verdad.

Rebelión de los oficios inútiles es un recordatorio de que el conflicto de hoy hunde sus raíces en un pasado sangriento e injusto, un pasado que se repite una y otra vez porque, como decía William Faulkner, ni siquiera es pasado.

Los olvidados

No sé si Daniel Ferreira autor de Rebelión de los oficios inútiles, tenía a Albert Camus en mente cuando escribió esta novela. Quisiera creer que sí. No por el estilo, sino por las palabras que pronunció este al recibir el premio Nobel: “el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren”.

No hay que confundirse, Rebelión de los oficios inútiles está lejos de ser un panfleto. Por el contrario, es una novela estremecedora capaz de ponernos ante seres casi palpables que testifican el sufrimiento y los atropellos, pero también la dignidad y la voluntad que no se rinden ante las peores dificultades. Los olvidados, los pisoteados que sufren la historia son de carne y hueso y protagonizan la novela, se alejan de los números fríos y distantes con que nos han contado la violencia y con su voz y su presencia narran esa crueldad que se ha tragado tantos recuerdos, tantos amores, tantas esperanzas. Tantas vidas.

Los oficios inútiles no se resignan. Siguen adelante, salen del fango, quieren ver la luz a la cual tienen derecho: “Lo que buscamos es cambiar el futuro. La forma en que vivimos. Las condiciones en que estamos dispuestos a realizar un trabajo. La forma en que están repartidas las responsabilidades en una casa y en el trabajo y en el amor y en la vida diaria. Esta lucha común ha unido a gente que realizaba trabajos que no se consideran trabajos: como vender frutos de la tierra en las plazas de mercado, como abrir las venas del alcantarillado, como criar niños, como mantener una casa limpia, como lavar ropa en un río porque no hay acueducto, como recolectar cosechas, como pegar ladrillos para construir casas de otros, esta lucha unió a gente que está acostumbrada a sentirse marginal, en el último puesto de la fila del progreso. Esta gente busca un sitio que se parezca a la vida. El mundo cambia si cambia tu vida”.

Es una lucha de generaciones. Los olvidados recuerdan y siguen, pelean para que los de arriba dejen aunque sea un poco de espacio a los de abajo, como lo hicieron sus abuelos y sus padres. Aunque parezca increíble, quienes sufren la historia pueden ser valientes. Nos recuerdan a Atticus Finch en Matar a un ruiseñor: “Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence”. Son valientes y siguen poniéndole la cara a la élite que los menosprecia y los elimina. Ana Dolores y los suyos son una fuerza de la historia que tiene todo en contra, pero de todas formas persiste, incluso ante la amenaza de la muerte.

Joaquín Borja intenta mostrar la otra cara, poner en la prensa algo más parecido a la verdad, pero su idealismo se estrella contra la pared terrible del poder. Simón Alemán, por su parte, es uno de los privilegiados, pero también parece estar atrapado en la convulsión de la historia violenta del siglo XX colombiano.

Sudar hielo

Gabriel García Márquez publicó en 1959 un corto ensayo titulado “Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia”. Allí planteó que la novela que se ocupara de la violencia “no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas”.

Quienes sufren la historia pueden ser valientes.
En la lectura de Rebelión de los oficios inútiles uno sabe con certeza que esos hombres y mujeres rebelados supieron lo que era sudar hielo, han visto y sentido las consecuencias de la guerra. De nuevo Ana Dolores Larrota, frente a los militares que la interrogan, les da voz: “Tengo un problema para entender la justicia sin comprender su revés. Será porque a través de mi vida he sido testigo de más cosas injustas que de cosas justas, señor. Injusto fue ver arder un rancho a orillas de un río, y ver a una mujer esconderse en un platanar con sus dos hijos para que no los fueran a quemar vivos con los escombros de su casa reducida a ruinas. Esa mujer era mi madre. Espero que no tenga que decirle la identidad de los niños. Le puedo decir que injusto es dejar a un niño morirse de hambre o frío sin hacer nada. Me pueden matar o hacer matar, pero moriré diciendo que la invasión fue justa”.

Los rebelados han sudado hielo y han decidido hacer algo para dejar de tener miedo, para recuperar lo suyo. Una dignidad que se ha cultivado en la adversidad los motiva y los impulsa, aunque perder sea la más alta de las probabilidades.

Esa lucha fundamental es el centro de la novela y ha sido un elemento muy importante de nuestra historia, por lo que Rebelión de los oficios inútiles es una novela necesaria, una lectura capaz de conmocionar, y necesitamos esa conmoción para entendernos mejor.

Necesitamos, sobre todo, aprender a leer nuestra historia con los ojos de los que más la han sufrido.



* Historiador y magíster en Escrituras Creativas, corrector de estilo y editor.
@IvanLecter

Rebelión de los oficios inútiles
Daniel Ferreira

La obra de Daniel Ferreira por Santiago Gamboa

Milenio. México. 12-09-2015
Por Santiago Gamboa

El escritor Daniel Ferreira, nacido en San Vicente de Chucurí, Santander, en 1981, es uno de los jóvenes novelistas más talentosos de América Latina. Lo confirma por estos días con su novela Rebelión de los oficios inútiles, recién publicada en Alfaguara. A pesar de su juventud, Rebelión resulta ser su tercer libro y forma parte de un ciclo sobre la violencia en Colombia que se inicia con La balada de los bandoleros baladíes, premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo, México, en 2010, continúa con Viaje al interior de una gota de sangre, que recibió el premio Alba de Narrativa en Cuba, en 2011, y sigue con este tercer libro, que añade al palmarés del joven autor nada menos que el premio Clarín de Novela de 2014, uno de los más codiciados del continente.

Pero todo este curriculum no significaría nada, sería apenas una anécdota (como en tantos otros) si Ferreira no fuera desde ya un verdadero peso pesado de la narrativa. Lo conocí fugazmente en La Habana, a principios de este año, y a pesar de que no pudimos cruzar casi ni media palabra tuvo la gentileza de regalarme su primera novela, La balada, que leí de inmediato, en el avión de regreso, sin poder separar los ojos del papel un solo segundo. Qué extraña perspectiva adopta, y qué original y preciso su modo contundente de narrar a través de breves capítulos que saltan de un lado a otro de la historia y la asedian desde varios ángulos; qué humor, qué cinismo y qué despiadado a la hora de contar, con palabras sencillas, las cosas más atroces, las vidas más solitarias, las tragedias más inhumanas.

Me encantó la rapidez con la que entra en materia y el modo en que mantiene la tensión, a pesar de estar cambiando de voz y de perspectiva cada tres páginas. No me extraña que haya recibido tantos premios. He sido jurado muchas veces y no pocas he tenido buenas sorpresas (como me pasó recientemente en el premio de novela de la Cámara de Comercio de Medellín con La cuadra, de Gílmer Mesa), por eso supongo que los manuscritos de Ferreira deben volar alto en comparación con la mayoría, del mismo modo en que La rebelión de los oficios inútiles, su primera publicación en una editorial grande y comercial, vuela de inmediato por encima de tantas otras publicaciones grandes y comerciales.

La rebelión despliega, desde su primera línea, un armamento muy potente que se va tragando al lector. Es un libro ambicioso que narra una invasión y la historia de un hombre en bancarrota y otros acontecimientos. Es una novela de personajes, y el argumento los golpea cada tanto. Hay una mujer pobre que carga en una bolsa los huesos de su marido y los va mostrando. En un momento dice: “Este es el tobillo dislocado del hombre que no requería para vivir más que de un libro, un río y un plato de comida”. La rebelión habla de campesinos desesperados y dignos, listos para morir repeliendo al ejército, pero también de un hombre solitario que se cruzó con Cesare Pavese en la recepción del hotel Roma, en Turín, el mismo día en que Pavese se suicidó, y se pregunta qué habría pasado si les hubieran intercambiado los cuartos.

La temperatura y cohesión de la prosa de La rebelión es tan fina y medida como la de La balada, lo que demuestra que Ferreira no viene con una pistola de juguete, sino que es un francotirador poderosamente armado y preciso. Y que ya empezó a disparar.

Daniel Ferreira, el viaje al interior de una gota de sangre


Varios aspectos sorprenden, agradan, asombran, sirven de disculpa a los pequeños errores salpicados aquí y allá en la novela  Viaje al interior de una gota de sangre del colombiano Daniel Ferreira. Estos aspectos son de tan disímil calaña o circunstancia que es necesario tratarlos en apartados y en orden a la categoría.

Primero que todo debo decir que se trata de una novela estructurada con tan aceitada precisión, que fluye armoniosamente (amorosamente) aunque cada capítulo se ocupe fundamentalmente de un personaje o una circunstancia diferentes, que, a medida que va avanzando la trama, se van integrando con deleite de joya de orfebre maestro. Todo fluye (confluye) hacia un centro: la masacre que es perpetrada en un pueblo aislado de Colombia.

Los personajes centrales son memorables, densamente humanos, bella, conmovedora, feroz o repulsivmente humanos: las candidatas a reinas de belleza, el cerdo narcotraficante que abusa de todos, el sacerdote revolucionario, todos son personajes dignos de afecto, desprecio  o conmiseración, pero particularmente el niño, un niño que es testigo de matanzas feroces, degüellos, violaciones: a los que asiste con una frialdad, con una impavidez, a la que sólo puede llegar quien ya se haya acostumbrado a semejantes desafueros.

Hay una especie de perspectiva cinematográfica gracias a la cual asistimos a hechos (en general atroces y en ocasiones delicadamente celebratorios de la vida y la belleza del mundo) pero sin la mediación de un narrador o testigo que juzgue: las cosas son como son: no hay más destino que el destino: se asume, se sufre, a veces se disfruta, pero no se juzga. Ni el autor ni el narrador toman partido alguno. No se menciona la palabra Colombia, pero se sabe, se presupone: lo que nos lleva a enmarcar esta historia de terror metafísico en un territorio reconocible: la Colombia asolada por violencias intermitentes, interminables, despiadadas, inexplicables.

Irigna Delfina, la adolescente que se sacrifica en el altar de matarife del narco Urbano Frías, es un personaje de gran belleza, que contrasta con la inhumana sordidez del narco: una especie de Heliogábalo, que se alimenta de la virginidad de las doncellas del rumbo y que va construyendo su imperio con enormes extensiones de tierra mal habida, con un lago y una isla  de sacrificios de doncellas, incluidos en su reino de pacotilla.

Principia la novela: tras una presentación netamente paisajista que hace pensar que estamos ante una obra serena, pausada, bucólica  (“La carretera es plana, amarilla, polvorienta, paralela al río, y el sol se pone en la distancia”) vemos avanzar a dos vehículos erizados de fusiles hacia el pueblo que, en medio de la feria, la fiesta, el licor, el jolgorio, está a punto de elegir reina de belleza.

 “Búsquenlos y mátenlos a todos, erre; la orden es buscarlos y matarlos, cambio”, se escucha en la radio.

Así se inicia la novela. A partir de entonces el tiempo avanza, retrocede, el narrador recapitula: vemos al pueblo a través de los ojos de las candidatas a reina, de las madres de ellas, del cura pro-guerrillero, del niño que observa a la mujeres bañarse en el río, el narco.

Esta novela ganó el Premio Latinoamericano de Novela Alba Narrativa 2011 en Cuba. Otra novela suya,  La balada de los bandoleros baladíes,  obtuvo el Premio Latinoamericano  de Primera Novela Sergio Galindo en México. Las dos pertenecen a lo que Ferreira ha anunciado como  Pentalogía Colombia.  El éxito de las dos primeras, y el anuncio de las que vienen hablan elocuentemente de la ambición de este nuevo novelista colombiano del que (abusando del lugar común) podemos esperar grandes cosas.

Marco Tulio Aguilera, escritor colombiano afincado en México.

Viaje al interior de una gota de sangre, crítica de Alejandro Carpio



Tres novelas colombianas recientes

Por Alejandro Carpio*

"Entre el 2010 y 2011 hubo tres premios literarios importantes que ganaron sendas novelas colombianas que tratan el tema de la violencia. En 2010, Antonio Ungar gana el Premio Herralde con Tres ataúdes blancos; en 2011, el Premio Alfaguara se lo llevó Juan Gabriel Vásquez con El ruido de las cosas al caer; finalmente, el Premio Alba Narrativa le fue otorgado a Daniel Ferreira por su novela Viaje al interior de una gota de sangre ese mismo año. Estos tres premios demuestran una serie de correspondencias. En lo que respecta a esta ponencia, subrayo la necesidad de los narradores colombianos de abordar las condiciones que marcan su realidad política; en el caso de los lectores, el interés que la violencia colombiana suscita. El texto fue presentado en la Feria del libro de Santo Domingo, República Dominicana, 2012. Puede leerse íntegro en: 


     Aquí el aparte dedicado a Viaje al interior de una gota de sangre, Editorial Arte y literatura, La Habana 2012

     Viaje al interior de una gota de sangre abre con un certamen de belleza en el cual las participantes se "prostituyen", en cierto sentido, para ganar los mejores donantes de fondos. Nos enteraremos después de que los campesinos se han organizado políticamente, azuzados por el padre Bernardo (apodado "cura comunista" por sus rivales), pero en los primeros capítulos de la novela el narrador nos presenta vida y encolerizada muerte de sus personajes con un buen grado de desapego. No escuchamos una voz que enjuicie la tragedia; al parecer, la crudeza de la masacre ha dejado boquiabierto al narrador, quien se sirve de imágenes aparentemente inocentes, pero cargadas de múltiples significados para contar su historia. Doy como ejemplo tanto las escenas crepusculares (e.g., "el sol hunde en el vientre de la llanura su antorcha sangrienta", 26) que corresponde a la caída de estas víctimas de la violencia, como el catálogo de platos de comida que ensombrecen la tranquilidad de un pequeño pueblo colombiano y anuncian el desastre irrevocable: "Hay capones de cerdo rellenos con verdura y morcillas henchidas de arroz sangroso, arrobas de yuca cruda y papa bañada con rehogaos de tomate y cebolla donde sobrevuela una nube espesa de moscas con alas de encaje y moscardones de ribetes metálicos. Las rodajas de carne de cabro pasada por miga de pan forman un cerro en un platón de aluminio. Con la sangre y las menudencias del carnero se han preparado tres poncheras más de pepitoria rendida en arroz y huevos duros, sazonado todo con cabezas de ajo, tomillo, pimienta negra, flores de romero y briznas de laurel que se promocionan con un cartel en moldes rojos" (9). El pan nuestro de cada día viene ensangrentado; la dieta diaria de la Colombia que retrata Ferreira incluye buenas dosis de sangre. Unas páginas más tarde, leemos: "Matilde Sopetrán, sorda como un totumo desde un parto complicado del cual el feto nació muerto, no advierte la cantinela de balas y sigue pulverizando adobo en el mesón de comidas sin saber que el charco de sangre que escurre por la acera no es de ternera sino del cuerpo de su compañera Cristina Dulcey, ahora muerta sobre morcillas sangrosas" (19-20). Este fragmento ilustra el estilo compacto y metafórico de Ferreira. Una mujer sorda que parió un hijo muerto recibe un balazo mientras prepara la comida.

     A pesar de su brevedad, el texto de Ferreira está poblado de un buen número de personajes, ante cuya vida y muerte asistimos. Si en el primer capítulo presagian la muerte de la mayoría, en el segundo connotan el fin de la niñez y el despertar sexual. El joven voyeur que se enamora de la bañista Delfina descubre el sabor del cuerpo de su amada: cebolla y aceite de almendras. Más tarde, luego de sobrevivir la tragedia, puede reconocer el sabor de hierro oxidado mezclado con el del el cuerpo exánime de la muerta (34). Mediante una alusión sensorial, la voz narrativa nos comunica la contaminación a la que el despertar sexual del niño se ha sometido. [6] Olor y sabor del sujeto deseado desde la inocencia infantil (inocente por lo pacífico, no por la ausencia de angustia erótica) son profanados por el hierro, metonimia de muerte aquí.
     El nombre de la muchacha, Irigna Delfina, apunta tanto al fuego como al agua: al contacto entre el sol y el mar y, por lo tanto, al crepúsculo, motivo perseverante del texto. Al morir, Irigna sabe a hierro: el hierro candente, se sobreentiende dentro del marco de este juego conceptual,  marca con carimbo al joven enamorado. En la novela de Ferreira las víctimas de la violencia tienen nombre propio, historia y antecedentes; son los verdugos quienes ocultan su identidad bajo la capucha, el anonimato y la infamia. De esta forma, al narrador le concierne menos el tiroteo atroz de las primeras páginas que las pasiones, miedos y hasta el sabor de la piel de las víctimas. Y también sus venganzas y clemencias. Irigna Delfina se topará de frente, fusil en mano, con Urbano Frías, quien la poseyó abusando de su superioridad económica (Urbano), y cuyo nombre alude al despego o crudeza (Frías; quizás también a la impotencia) de la ciudad, que ve al campo desmoronarse sin hacer nada, pero también de los ricos, no más civilizados que el resto. Irigna Delfina, encapuchada y convertida en verdugo de sus conciudadanos, verá a Urbano huir de ella. No se trata del único episodio de rencilla personal confundida con violencia ideológica. La guerra fratricida de Colombia se nutre de las minúsculas discordias entre los vecinos y las hace girar vertiginosamente hasta que cobran la proporción de la catástrofe.

     Para finales de los setenta, la guerrilla colombiana les había  robado (o “recobrado para el pueblo”, según dicte la terminología ideológica) dinero, propiedades y ganado tanto a los grandes terratenientes como a la nueva clase narcotraficante, que recién empezaba a agigantarse. Cuando una guerrilla marxista, el M-19, raptó a la hermana de un amigo de Pablo Escobar, la gota horadó la piedra. [7] Los blancos de la guerrilla (entre ellos, una compañía petrolífera estadounidense [8] )  se organizaron y crearon quizás el primer grupo paramilitar importante, el MAS, o Muerte a Secuestradores. Aunque inicialmente se supone que atacaran blancos guerrilleros, el MAS (y su continuador, las AUC, formadas luego de la caída del Cartel de Medellín) empezó a torturar y asesinar a todo aquel que consideraran colaborador de la guerrilla marxista, como sindicalistas, trabajadores sociales, misioneros, líderes comunitarios y periodistas.
     En la novela de Ferreira, es el MAS quien fustiga a todo un pueblo por haberle hecho caso al padre Bernardo, un “cura comunista” que tiene todos los visos de ser un teólogo de la liberación. "Después de la matanza de campesinos durante el pacto xxx que terminó en tragedia" (116), el cura contrata a un ebanista de nombre Enoc para que pinte un fresco en el mural de la iglesia "con escenas de tortura y martirio sobrepuestas en un mosaico desconcertante al estilo de Goya". El sacerdote es consciente de que el cuadro puede acarrearles la muerte a ambos y así se lo indica a Enoc. Le recuerda además que en la Antigüedad se asesinaba a los mensajeros que relataban una tragedia y que ellos son mensajeros de tragedias.
     La escena en que se describe la pintura se presenta precisamente como una reflexión en torno a la vocación del artista de la violencia (Enoc lo es, pero también el joven autor Ferreira). Para el padre Bernardo, está claro que la pintura "aparte de ser una obra de arte, no significaba nada; o que significaba todo según los ojos de quien la tuviese al frente" (116). Cuando, al final de la novela, Enoc y Bernardo salen de la iglesia para enfrentar la muerte a manos del MAS, parecerían convertirse en personajes del cuadro. En este punto, el texto se torna ambiguo y no podemos precisar si estamos frente a una retrospección o a un milagro secreto, en el cual el pintor entra en su propia obra y se convierte en parte de ella (aunque ambos personajes son, obviamente, parte de una obra de arte mayor: la novela que tenemos en nuestras manos).
     Leemos: "Pasaba noches en vela en la contemplación de aquella fracción del mural, asombrado ante la inexplicable ocurrencia de hallarse a sí mismo dibujado de pronto entre el espectáculo de su propio fin" (117).  El fusilamiento del artista no es la única alusión a un cuento borgesiano; haber pintado el fresco equivale a la inútil superstición de Jaromir Hladík, quien –cito al maestro argentino– "con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos".
     El nombre de Enoc, como podemos recordar fácilmente, alude al hijo primogénito de Caín, y sirve así como recuerdo del fratricidio bíblico, replicado en la Colombia de Ferreira; pero también había otro Enoc, quien anduvo de la mano de Dios y no murió. ¿Se apunta, de esta forma, a la idea de que el arte puede trascender la muerte y la violencia, aunque habitemos un valle en el cual los hermanos se matan unos a otros?

     La novela maneja la estructura narrativa de manera distinta de La balada de los bandoleros baladíes, aunque con destreza equiparable. Ya no estamos ante un rompecabezas que cobra sentido al final, sino que presenciamos retrospecciones que permiten, no ya entender la trama, sino inclinarnos hacia los personajes. Además, por supuesto, conjeturamos las causas de la masacre, que implican a un sacerdote "comunista" y a la escuadra paramilitar que pacifica el pueblo a base de ráfagas de metralleta y tiros de gracia.
     La explicación política (guerrilla versus autodefensa; ambos versus el campesinado; narcos y gobierno triunfantes) da pie a otras minúsculas causas de violencia: rencillas internas ante cuyas historias asistimos. Las minúsculas reyertas entre los habitantes del pueblo propendían hacia la hostilidad y el resentimiento; la verdadera violencia, sin embargo, baldea la posibilidad de odio o redención.
     Puede que al final se perfile el paraíso perdido de ensueño, el espacio campestre arcádico que no equivale a otra cosa que a una existencia sosegada: a un pasado que debió ser o a un futuro no vislumbrable aún.

*Alejandro Carpio. Escritor y crítico literario. Doctor en Literaturas Hispánicas (Universidad de Puerto Rico). Autor de El Papel de lija (2012).

La balada de los bandoleros baladíes, comentada

La vida fragmentada o la plenitud 'A CACHOS'.
Aparecida en un blog mexicano:
http://asienelcielocomoenlatierra.blogspot.com/2011/04/la-vida-fragmentada-o-la-plenitud.html
Detalle de Guernika intervenido, Pablo Picasso
“No conservamos una forma completa de los otros, con el tiempo. Conservamos fragmentos que valdrán por el todo. Cada vez menos. Cada vez los más metafóricos. Cada vez los pocos y exactos que habrán de recordarnos que felices no fuimos, pero que en verdad lo intentamos”. Lo anterior es un manifiesto puro de lo que podría denominarse pesimismo optimista u optimismo sombrío.
Una declaración de guerra a la poesía: no más metáfora, bienvenida sea la metonimia. Nunca más la totalidad de la unidad sino el fragmento disperso, la esquirla, la pedacería dando cuenta de la existencia (anterior) de un todo. Ahí donde hay una parte, existe unidad.
Esta fragmentación unificada es lo que rescato de la lectura de La balada de los bandoleros baladíes de Daniel Ferreira. El colombiano sabe lo que escribe cuando emplea la digresión narrativa para dar cuenta de sujetos rotos –fragmentados- por la guerrilla, el narco y lo que se acumula ya en la sociedad colombiana tras décadas de violencia.
En la novela de Ferreira no solamente está cortada la historia, también carecen decompletud los personajes (cojean), sus voces (problemas de habla), sus cuerpos todos (monstruosos, idiotas, deformados/transformados y despiezados). La unidad del sujeto, como la del relato y la de la voz narrativa están suspendidas ya para siempre en un universo que consigue su coherencia en la ilógica de su existencia. Una entropía textual que habla de un (pretendido) orden anterior al tiempo y espacio de lo narrado.
Mantener la unidad, es un deseo inútil del que pasan los personajes de esta novela cuya atmósfera, violenta las certezas de quienes hemos vivido en otro tipo de incertidumbres: “desde los diez años estoy dándole al mundo y no soy capaz de desbaratarlo”, confiesa un personaje sin amargura ni pena, si acaso con el deseo de continuar en resistencia.
Hace un par de años, un interlocutor antioqueño me decía, que lo que vivimos en México, es agua pasada en Colombia. Que lo peor estaba por venir. No sé qué significa ‘lo peor’, pero mientras uno se adentra en las páginas de Ferreira el asombro crece y la barbaridad del fragmento anterior es superada por el siguiente y así acontece sucesivamente hasta engarzar un salterio de avemarías descontinuadas y no por ello, menos amargas y dolorosas.
La realidad mexicana se antoja des/dibujada en el relato del colombiano y quizá por eso también sacude más allá de los límites del texto. Las páginas de los diarios no han mostrado aún (¿todo?) el horror que atrae aparejado consigo el poder y la ignorancia, que de eso se trata cuando se habla de narcotráfico, estado fallido, corrupción y ‘daños colaterales’, por ser breve.
Y sin embargo, queda a quien lee la tarea de resignificar la obra como una invitación a la resistencia o a la esperanza. O a ambas. El narrador tiene la sutil generosidad de advertirnos: “aquél que tenga supersticiones y no tenga un método para contrarrestarlas estará perdido”. Unidad en el fragmento, humanidad en la barbarie, confianza en la sinrazón, son apenas islotes de una pangea simbólica que nos permiten habitar (vivir es una pretensión) los linderos del precipicio. Y en estas palabras no existe asomo de malagüerismo. Lo juro.

La balada de los bandoleros baladíes, premio Sergio Galindo 2010 en México

Por Marco Tulio Aguilera Garramuño*
Xalapa, Veracruz. 24/09/2010
Revista Siempre

Hay en Colombia toda una tendencia novelística a la que han llamado el sicariato. A ella pertenecen novelas que han alcanzado una celebridad en general basada en el escándalo, la violencia, la falta de escrúpulos, la exhibición casi gozosa de lo peor de la naturaleza humana: masacres, desmembramientos, decapitaciones, desollamientos, prostitución de adolescentes y niños, exterminios masivos, venganzas, niños que asesinan a cambio de una dosis de marihuana.
Todo lo imaginable, en esas novelas se repite hasta el delirio en escenas que harían palidecer de envidia al marqués de Sade, escenas que son exhibidas y consumidas por un público casi insaciable que sigue con apasionamiento novelas como Rosario Tijeras, Sin tetas no hay paraíso, Satanás, Buda Blues.
No olvido que hace algunos años Gustavo Álvarez, escritor que ya abomina de la literatura, me dijo: “Ya lo que tú escribes no le interesa a nadie en Colombia. El amor es un tema desterrado. Aquí sólo tiene público la muerte, mientras más atroz, mejor”.
No es vituperable, opino, que se traten estos asuntos que han acompañado a la humanidad desde siempre (recordar por ejemplo que los romanos crucificaron a los seguidores de Espartaco equidistantemente cada diez metros a lo largo de cientos de kilómetros, por ejemplo, o que los nazis tuvieron como programa moralizante exterminar a la raza judía o que los aztecas sustentaban con sangre el edificio de su concepción del mundo), pero sí que se narren estas escenas con frialdad quirúrgica, sin algún tipo de poetización, explicación o metaforización.
Todo en esta malaventurada humanidad tiene un significado, y eso es lo que soslayan muchas de estas novelas. Hay en el público, particularmente en el colombiano, el gringo y ahora el mexicano, una especie de encanto por la muerte: basta recordar el fanatismo que tienen los gringos por sus asesinos seriales y el éxito que ha alcanzado en México la serie televisiva llamada Mujeres asesinas y la popularidad casi invulnerable del ex presidente de Colombia, Álvaro Uribe, que hizo un gobierno genocida entre los aplausos de multitudes.
¿Qué hay detrás de todo esto? Alguien, tal vez un anónimo creador, parece querernos acostumbrar a convertir a la muerte en una especie de carnaval al que podemos asistir risueños… hasta que nos toque el turno de poner la cabeza en la guillotina.
¿A qué viene todo este resobado y resabido discurso? A que estoy leyendo la novela premiada en el Concurso de Primera Novela Sergio Galindo 2010 y veo en ella, leo en ella, la culminación, el exacerbamiento de esta especie de cultura de muerte. Los asesinatos se cuentan en esta novela por miles y van repitiéndose sin la profunda reflexión que ocasiona en Raskolnikov el asesinato de la anciana usurera de Crimen y castigo.
¿Perjuicios que causa esta literatura? En Colombia se atribuye a estas novelas y series televisivas el aumento de la sevicia de los asesinatos, el crecimiento de las pandillas de sicarios, la pérdida de la sensibilidad hacia el arte, el culto al dinero, a la falta de compromiso, el odio a la patria, a la vida. Pero, ¿todo este arte necrofílico es acaso un invento de mentes perversas? Evidentemente no: en Colombia pasa todo eso y más.
La novela de este joven colombiano, Daniel Ferreira, “La balada de los bandoleros baladíes”, se lee casi sin aliento, con una especie de encanto por el horror.
No tiene un estilo depurado, más bien escribe apenas con brochazos de palabras, palabras efectivas, con poca elaboración, pero directas.
Narra la venganza de un monstruo moral contra un mundo que sólo le ofreció ignominia, asco, horror y que no tuvo en su existencia ni un solo instante de paz.
Estremecedora, resulta ser un espejo de lo que ha sucedido en Colombia, está sucediendo en México y puede suceder en el mundo.
Apocalíptica, sin duda, como la novela Necrópolis, de Santiago Gamboa, no es sin embargo una obra depreciable, sino un testimonio descarnado, quizás cínico o amoral, que exige lectura. Y, hay que decirlo, es la mejor novela de cuantas hayan sido premiadas en el Concurso Primera Novela Sergio Galindo, promovido por la Editorial de la Universidad Veracruzana.

M.T.A *Autor de las novelas “El amor y la muerte” (Alfaguara), “Los placeres perdidos”, “Las noches de Ventura/ Buenabestia” (Planeta, México, Plaza y Janés, Colombia, “La hermosa vida” (CONACULTA, México), “La pequeña maestra de violín” (Universidad de Puebla), “Mujeres amadas” (Universidad Veracruzana)…De los libros de relatos “Cuentos para ANTES de hacer el amor”(Plaza y Janés, Colombia; Educación y Cultura, México), “Cuentos para DESPUÉS de hacer el amor” (Plaza y Janés, Colombia; Punto de Lectura, México y España), “El pollo que no quiso ser gallo” (Alfaguara infantil, México y Colombia).”Poéticas y obsesiones” (Universidad Veracruzana).Premios: Latinoamericano de Cuento de Plural, de Durango, Santiago de Cali, Veracruzana,Gabriel García Márquez. De novela: José Eustasio Rivera, Aquileo J. Echeverría. Finalista en Planeta y Alfaguara, España. licaciones recientes: “El imperio de las mujeres (Cuentos EN LUGAR DE hacer el amor”, “Maelstrom: el agujero negro” y “Agua clara en el Alto Amazonas (novela). Próxima publicación: la novela “Historia de todas las cosas”.