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El viaje del órix, de Daniel Ferreira, traducido al italiano por Concetta Borriero, publicado en 2026 por el Editor italiano Homo Scrivens en una antología con el título Fronteras.
Por Ilaria Manco:
Fronteras, viaggi dal mondo ispanico.
Storie di uomini e di donne, dalla Spagna all’America Latina.
Dodici autori ispanofoni — alcuni al loro esordio nel panorama letterario italiano — che scrivono di migrazioni e di confini oltre la dimensione geografica: non solo esodi intercontinentali, ma anche traversate più profonde, spesso invisibili, che coinvolgono
l’identità, il corpo, la lingua, l’appartenenza. Una antologia di racconti di vita, intensi e avvincenti, che racchiude tra le sue pagine tutta la dedizione di chi li ha tradotti e di chi, con tenacia, ne ha curato la pubblicazione. Grazie a @homoscrivens per aver creduto nel nostro progetto, appoggiandolo e includendolo nella collana “polimeri”. Fronteras è, finalmente, anche vostro.
📌 In anteprima presso il Salone del Libro di Torino @salonelibro
📌In libreria dal 15 maggio #nuoveuscitelibri #salonedellibro #bookstagram #letteraturaspagnola #letteraturaispanoamericana
Antonio García Ángel (escritor, guionista y periodista colombiano) y Daniel Ferreira (escritor, novelista y cronista) miembros de la selección Bogotá 39 conversan con Cristina Fuentes y Alexandra Pareja en La Fiesta del Libro de Medellín durante el lanzamiento del proyecto Medellín 39 del Hay Festival y Medellín Capital Mundial del Libro (2027).
Sala Biblioteca Piloto
https://www.facebook.com/watch/live/?ref=watch_permalink&v=1098457949427803
📷Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, 2024
📷Bucaramanga, Daniel Mordzinski, 2019
📷Feria Internacional del Libro de Lima, 2017
📷Viaje al interior de una gota de sangre, Filbo, 2017
📷Rebelión de los oficios inútiles, Lanzamiento, Bogotá, 2015
📷Ceremonia, Premio Clarín de novela, Museo Arte Moderno, Buenos Aires, 2014
📷Entrega Premio Sergio Galindo, Universidad Veracruzana, Xalapa, 2010
📷Ciudad de México, Feria del libro del Palacio de Minería, 2012
📷Feria Internacional del Libro de La Habana, 2012-2015
📷Anuncio del Premio Alba Narrativa, Teatro Teresa Carreño, Filven, Caracas, 2011
Por Juan Ramón Duchesne*
2025
Viaje al interior de una gota de sangre
«Es profesor de un colegio donde nadie atiende. Donde nadie aprende. Donde nadie se quiere educar para el futuro porque todos los alumnos saben que para ellos no habrá futuro»
Este pensamiento del maestro de la escuela de un pueblo entre muchos otros masacrados casi en su totalidad por paramilitares de derecha en Colombia, nos conecta a todos con el núcleo de la violencia no sólo política sino más acá y más allá de la política que afecta a casi todos los países del planeta: el cero futuro, signo de nuestra actual existencia particularmente manifiesto en las tribulaciones de la educación pública.
«Viaje al interior de una gota de sangre», la segunda novela de la Pentalogía de Colombia, ahonda en las capas y suelos del afecto, el desafecto, el poder, el micropoder y el odio inseparables de la pasión política violenta y sus arcanos.
Precisamente porque, como nos enseña esta novela, NO todo es política, es que no existen soluciones políticas si no se va más allá y más acá de la política.
Daniel Ferreira nos va mostrando, cual si nos develara un mural oculto, el escenario pasional secreto de una masacre. Por tanto, la composición de la novela es espacial, a manera de un paneo de las íntimas perspectivas de varios personajes inolvidables a los que no se les pudo preguntar, «¿Qué hacías tú cuando la masacre?» pues no vivieron para contarlo, con excepción de un solo niño que se salva inexplicablemente.
El caso es que la voz narrativa principal sí nos narra lo que vivieron en ese día aquellos que no vivieron para contarlo. Lo hace valiéndose del ancla afectiva que le proporciona el niño sobreviviente, que nació sabiendo leer desde que su madre lo parió, antes de ir a escuela alguna, niño a quien no pudo conocer el maestro frustrado que cito al principio, pues también fue abatido por los paramilitares frente a la escuela.
La balada de los bandoleros baladíes
Esta es la primera novela de las cinco que componen la impresionante Pentalogía de Colombia, de Daniel Ferreira.
De esta magnífica prosa brotan incesantes relámpagos de oscuridad que no enceguecen sino que obligan a mirar como se desoculta el exceso de la realidad manifiesta en la violencia. La ambiciosa serie, cuyas novelas son independientes, aunque relacionadas, se propone plasmar traumas íntimos y colectivos de la historia contemporánea que redundan en trágicas epifanías de la fatalidad humana.
A veces se habla de la “novela de la violencia” como si fuera un subgénero del pasado, pero no, esta novela demuestra que esa realidad histórica es actual y tiene mucho que decir todavía, incluso más que antes, desafortunadamente, y que la obligación es seguir escuchando.
Rebelión de los oficios inútiles
«Claro que existe la lucha de clases, y la clase rica, mi clase, la está ganando»
—Warren Buffet
Las novelas reunidas en la «Pentalogía de Colombia», de Daniel Ferreira, nos dejan el sabor de que, nos guste o no, el notorio financista Warren Buffet dice lo cierto: la lucha de clases por supuesto que existe, y la clase suya, la oligarquía financiera, la está ganando. Prueba de ello es que ya casi nadie quiere hablar de la lucha de clases.
No por nada la mayor parte de la izquierda del siglo veintiuno ha tirado los guayos, ha abandonado la lucha de clases y se ha amañado al postureo de las identidades postizas del capitalismo líquido, cuestión no más de dar el performance, como dice Judith Butler. Y por ahí se ha ido también la literatura actual.
Pero Daniel Ferreira es de los tercos que no olvidan esa incorregible lucha de clases que Marx llamó «motor de la historia». Allá los posmodernos con su performance, parecen decirnos las novelas de Ferreira, pero el «viejo topo» de la revolución sigue cavando.
Rebelión de los oficios inútiles, como las entregas previas del autor santandereano, instala varios paneles de tiempo y espacio en torno a un momento histórico de la violencia. Cada protagonista tiene su panel y su perspectiva. Las vidas íntimas de estos protagonistas proveen focos diversos del evento y, al acumularse, lo transforman; todas se cruzan en el acontecimiento.
¿Qué es un acontecimiento? Es sencillamente lo que no se deja olvidar, lo que siempre, en algún momento, regresa no importa qué. En esta novela resalta la fidelidad ética y estética al acontecimiento, la cual no se debe confundir con la mera reproducción y postulación exacta de los hechos y de las ideas que los acompañaron, pues se trata más bien de convocar la pasión de vivir, los afectos, el amor, la entrega que enalteció unas vidas, con todas sus debilidades y fortalezas demasiado humanas.
Acontece aquí una gran batalla contra la continua expropiación de tierras y otros medios de vida ejercida por la oligarquía colombiana contra las comunidades y los pueblos y su consiguiente desplazamiento e indigencia. La contraposición binaria entre civilización y barbarie que sustenta a la ideología de la clase dominante se nos revela como una gran pantalla simuladora, como un performance que pretende ocultar el salvajismo delirante, la violencia de la lucha de clases que motorizan la historia y hace saltar en pedazos la patraña «civilizadora».
Daniel Ferreira logra que no podamos olvidar a Joaquín Borda, el literato que se mete a periodista y le vuelan en pedazos su imprenta, matando a su adorable hermana, Laura, que muere en la explosión, a Ana Larrota, la anciana líder de la «rebelión de los oficios inútiles» mandada a asesinar en la cárcel por la «gente de bien», y a Simón Alemán, el hacendado sibarita desvalijado por los banqueros, traicionado por su propia clase, se crucen todos en una pequeña ciudad andina, en la década de 1970, más acá y más allá de lo que llamamos «política».
***
Juan Ramón Duchesne, es crítico literario y ensayista
https://jrdewinter.substack.com/
https://pentalogiadecolombia.tumblr.com/post/773387573118844928/sobre-daniel-ferreira-rebeli%C3%B3n-de-los-oficios
URUGUAY
Por Mariana Figueroa Dacasto
-La diaria
1 de noviembre de 2024
El autor de Recuerdos del río volador habla de los cambios históricos en su país y de la literatura como forma de dar sentido a la historia.
La colección Mapa de las lenguas de Editorial Alfaguara (desde 2017 subsidiaria de Penguin Random House) elabora año a año una lista de obras representativas de distintos países de habla hispana, generalmente de autores que ya han logrado una cierta relevancia en sus ámbitos nacionales. Es el caso de la peruana Katya Adaui, entrevistada en estas páginas y del uruguayo Diego Recoba, entre otros.
Daniel Ferreira (1981) fue elegido como representante de Colombia con su novela Recuerdos del río volador. El compromiso con su realidad nacional es claro: las novelas de la Pentalogía de Colombia recorren distintos momentos del siglo pasado a través de un mosaico polifónico en el que numerosos, complejos y diversos elencos de personajes dan cuerpo a un devenir de violencia constante, pero en el que también la fuerza del amor y los vínculos filiales desafían el peso cruel de la tragedia colectiva.
Tanto trabajo en la elaboración de una crítica y de una postura histórica se nota inmediatamente en su conversación abundante. Su voz resulta sumamente interesante y esclarecedora en un momento en que Colombia atraviesa una importante transición que genera grandes interrogantes y expectativas.
Las novelas de la Pentalogía de Colombia abarcan distintos momentos históricos, del 1900 en adelante. ¿Por qué exactamente esos períodos?
Toda la pentalogía es un retrato literario del siglo XX, construida con distintas voces y tiempos que se van entrecruzando, pero cada una es una novela separada de las otras. Yo planteé la idea de cinco novelas, como hubiera podido decir dos o diez. Pero me pareció que con cinco podría retratar algunos aspectos específicos de lo que fue el siglo XX en Colombia. La primera novela fue Viaje al interior de una gota de sangre, que cuenta la historia de una matanza paramilitar en los años 80. La balada de los bandoleros baladíes se ubica en la década siguiente, cuando Colombia sufrió la parte más fuerte de la guerra paramilitar y guerrillera.
Ahí fui yendo hacia atrás en el siglo y escribí La rebelión de los oficios inútiles, que ocurría durante todas esas masacres y guerras entre mercenarios y bandas que se armaban en los campos colombianos. Cuenta algo que marcó la década de 1970, las invasiones de tierra. Los siervos sin tierras colombianos decidieron ocupar territorios que resultaron tener dueños, que se organizaron para defender estos territorios y criminalizaron ese tipo de protesta con acciones de barbarie, defendidas por los gobiernos de entonces, incapaces de concretar una reforma agraria.
Con la experiencia de esa novela, más las otras dos, me atreví a ir un poco más atrás en el tiempo, al comienzo del siglo, cuando Colombia vivió lo que se llamó la guerra de los Mil Días. Aproveché ese momento e historias que estaban en la oralidad, hice una investigación y escribí un relato que se llama El año del sol negro, que cuenta los meses anteriores al estallido de la guerra. Y ese fue como el arco completo del siglo.
Me faltaban esos años de interregno entre una hegemonía conservadora, que fue uno de los resultados de la guerra de los Mil Días, y el proceso de desarrollo de Colombia de los años 1920 y 1930, en los que aparecieron nuevas bonanzas y nuevas industrias, pero controladas por empresas extranjeras, como el petróleo. Entonces ahí pensé que el personaje principal debía ser un desaparecido, porque ese período coincide con los momentos previos al estallido de la violencia bipartidista [entre el Partido Liberal y el Partido Conservador] promovida por caciques regionales que propagaban entre la gente ideas absurdas. Usted no se podía vestir del color del partido contrario porque le volaban la cabeza a machetazos. El período más arduo, más crudo de esa violencia se da a finales de los años 40 y comienzos de los 50. La novela se situaba ahí, en esa frontera. Y el desaparecido me parecía más emblemático que cualquier otro personaje porque Colombia ha sido un país de desaparecidos. Por un siglo no se le puso nombre a ese delito. No se percibió.
En los primeros acuerdos de paz, que fueron con los paramilitares, se incluyó la desaparición forzada como un delito tipificado. Este año se creó una comisión estatal de búsqueda de personas desaparecidas, que es un logro, pero un logro que llega tarde. Colombia ha contado más de 200.000 desaparecidos desde 1970 en adelante. Pero los desaparecidos de la violencia bipartidista no se cuentan allí. Ese vacío, esa herencia de la guerra, no estaba retratado. Entonces surgió Recuerdos del río volador y cuenta la búsqueda de las personas que amaron a ese desaparecido: sus hermanos, sus familiares, sus amores. La novela retrata cómo un archivo roto se construye, a partir de fragmentos de cartas, de fotos, de pequeñas escenas en las que se cuenta cómo se lo buscó, qué se encontró y lo que dijeron las personas que tuvieron contacto con él. Ese mapa es un poco el mapa que hacen las familias que tienen un desaparecido, que han tenido la función y la misión de hacer lo que el Estado nunca hizo: investigar, buscar, ir a las fosas, ir a sacar cadáveres, más el drama de sostener un duelo que no acaba, porque la desaparición forzada tiene la particularidad de ser un duelo inacabado.
Foto del artículo 'Retratos de un país en llamas: el colombiano Daniel Ferreira'
Yo escribí estas novelas en un tiempo en que la memoria afloró en Colombia a partir de los acuerdos de paz. Fue un tiempo para hablar del pasado, para poner la memoria en el presente, para decirse la verdad en la cara, para oír a los perpetradores contar por qué habían hecho sus matanzas. Esto ha sacudido a la sociedad colombiana y le permitió algo que las generaciones anteriores no habían podido hacer: un alto para mirar atrás. Por eso también los acuerdos de paz habían fracasado anteriormente, porque no obtuvieron verdad ni reparación ni justicia, fueron acuerdos entre paramilitares saboteados por sectores sociales a los que no les interesaba hacer la paz. En este siglo al menos se pudieron hacer unos acuerdos parciales, que si bien no han implementado una paz total, sí permitieron un cese, y a los artistas nos permitieron mirar de otra manera el pasado del país.
¿Qué te posibilita el formato coral?
Un proyecto de novelas corales era en principio lo que yo quería: voces, voces hablando de ciertas individualidades y de ciertas épocas y de ciertos contextos sociales. Pero las voces no iban a estar situadas siempre desde las élites o desde el poder, porque en mucha literatura lo que cuentan son los delirios y la buena vida que se da la élite letrada, la élite que ha viajado, la élite dominante. Yo quería personajes como una analfabeta en la guerra de los Mil Días, un obrero de la construcción del ferrocarril en los años 30, un periodista militante de los años 70 que empieza a hacer denuncias públicas y termina siendo acosado y llevado prácticamente a tomar las armas para defenderse físicamente, dentro de un proyecto ideológico que es la aventura de una generación que terminó muerta en los campos de batalla siendo intelectual. Personajes como los perpetradores, difíciles de describir cuando no hay un testimonio, por ejemplo, de un paramilitar, de alguien que ha hecho masacres, que ha perseguido personas para matarlas, que se dedica a ese mundo del mercenario. Uno oye esos relatos, pero trabajar con ellos no valida el discurso de ellos. Es una decisión ética difícil de sostener porque es un punto de vista tabú, a pesar de que a esos personajes los tenemos ahí.
Colombia tiene mercenarios en la guerra de Ucrania, mercenarios que mataron al presidente de Haití y mercenarios en conflictos internacionales. Porque hemos sido una fábrica de mercenarios. Porque hemos utilizado la fuerza de la juventud para convertirla en una fuerza de choque y de guerra. Todos esos fueron muchachos que no tuvieron educación, que fueron captados por grupos armados que les lavaron el cerebro y los convirtieron en soldados de cualquier guerra. Ese tipo de personajes no eran convencionales: seleccionarlos fue una apuesta. Creo que el proyecto no terminó cuajando como novela polifónica porque yo encontré algo, y fue la textualidad en lugar de una voz, una especie de mediación, un discurso que se convertía o se filtraba a través de algo de la escritura misma.
Foto del artículo 'Retratos de un país en llamas: el colombiano Daniel Ferreira'
Tu prosa es bastante realista y siempre, cuando hablás de tu obra, hay un diálogo con una realidad. ¿Cómo vendría a ser esa relación entre la literatura y la realidad? ¿Pensás que la literatura tiene alguna función? ¿Puede transformar algo?
Yo escribo estos libros en Colombia; vivo en Colombia. Y aunque, como mi generación, también tuve los sueños de irme y hacer la vida en otro lado, siempre todos esos proyectos se volvían viajes interrumpidos, y siento que era porque me arraigaba contar esas historias. Tenía que estar escribiéndolas ahí. Entonces eso afinó la atención que yo ponía sobre lo social y lo político en Colombia. Ahora, no es sólo reflejarlos, porque me interesaba también hacer una crítica social y una crítica política. Porque hay eventos políticos que afectaron a la sociedad en general y direccionaron la historia del país. Ahora tenemos uno importantísimo, el movimiento social que se armó en 2021 con un paro nacional que duró cuatro meses, liderado por la gente más joven, que uno creería la más desinformada, la más distraída por los celulares. Yo ya no soy joven, pero admiro mucho a esa generación que nos permitió transformar la mirada y tener por primera vez un gobierno popular, más allá de que sea de izquierda. Un gobierno que esperábamos que representara a muchos sectores que estaban marginalizados, tratados como minorías, cuando son la gran mayoría del pueblo colombiano.
Yo me he alimentado de lecturas de libros que están en la tradición de la literatura latinoamericana y colombiana, que han ido rastreando el devenir de los pueblos, como Elena Poniatowska, Reynaldo Arenas, Tomás Eloy Martínez, José Eustasio Rivera, los autores del boom, gente que trataba de captar los momentos históricos y las realidades y cómo afectaba eso al mundo de la cultura en general, y de allí derivaban sus relatos. A mí me interesa la novela política más que otra, porque me he formado en ella, porque veo que tiene una función.
Ahora, con respecto a si sirve o no la literatura, ya a esta altura no me lo pregunto, porque en mi caso personal la literatura sí me transformó la vida: me transformó poco a poco, desde mis primeras lecturas hasta que escribo relatos. La misma literatura me fue mostrando cómo hacer literatura y hacia dónde poner la mirada. También fue dándome una cierta sensibilidad hacia la cultura popular, la situación de los pueblos, o mi pueblo por lo menos.
Lo que yo veía era que estábamos en la misma desigualdad de siempre sin darnos cuenta, completamente hipnotizados por discursos mediáticos que nos hacían sentir que vivíamos en un paraíso lleno de riquezas. Y si la literatura no me hubiera abierto los ojos para eso, yo hubiera seguido reproduciendo el mismo esquema de ese discurso dominante. Creo que todo el que viva la literatura con una pasión general no tiene manera de no darse cuenta, de no despertar, de no encender luces sobre cosas que están como en penumbra. Los poetas y los buenos narradores son los que nos ayudan a dilucidar los secretos culposos de las sociedades, las partes oscuras del individuo, toda la complejidad humana. Entonces, me es difícil decir para qué pueda servir la literatura, pero siento que la vida de la gente no es lo mismo sin ella.
Recuerdos del río volador. 524 páginas. Alfaguara, 2024.
https://ladiaria.com.uy/libros/articulo/2024/11/retratos-de-un-pais-en-llamas-el-colombiano-daniel-ferreira/
--Lara Vesga, Letras en vena
El inspector de obras férreas y gran aficionado a la fotografía Alejandro Plata desaparece un día cerca del puerto del Cacique, en Colombia. A partir de ahí surge su búsqueda narrada a través de distintas voces y tiempos. A Alejandro le busca su hermano Timoleón y su madre Mariquita. Y le espera, de manera desesperada, su amante Lucía.
Aunque el protagonista del libro no es Alejandro. El protagonista es quien lo titula, un río volador que permanece inmutable a través de los años y que surca las algo más de quinientas páginas de la novela demostrando lo poderosa y permanente que es la naturaleza y lo frágil y fugaz que es el ser humano.
Daniel Ferreira (San Vicente de Chucurí, Colombia, 1981) construye en Recuerdos del río volador un rompecabezas que los lectores tendrán que ir armando y descifrando a partir de recuerdos, fotos antiguas, cartas y viejas reliquias. Y así, a través de la intrahistoria de Alejandro Plata, llegar a la Historia con mayúsculas de Colombia a lo largo del siglo XX, una época marca por la violencia paramilitar, que es el gran tema tratado por Ferreira en su obra narrativa. De hecho, «Recuerdos del río volador» cierra una pentalogía que empezó con «La balada de los bandoleros baladíes» (2010) y a la que le siguieron «Viaje al interior de una gota de sangre» (2011), «Rebelión de los oficios inútiles» (2014) y «El año del sol negro» (2018).
En la última novela de la serie, cada capítulo desvela un vestigio del pasado a través de diferentes puntos de vista, demostración de la apuesta del autor por huir de los discursos únicos y oficialistas para acercarse a la historia del país a través de un ejercicio coral que entiende que no hay una única verdad sino múltiples verdades que, colocadas todas ellas a la misma altura, dan como resultado un homenaje a la escucha y a la reconciliación.
Monumental, polifónica y sublime en fondo y forma, merece la pena leer Recuerdos del río volador con libreta y bolígrafo a mano para apuntar alguna de las muchas reflexiones sobre la vida que aparecen como perlas escondidas entre sus páginas.
https://letrasenvena.com/2024/recuerdos-del-rio-volador-de-daniel-ferreira
Interview with Daniel Ferreira
Paula Andrea Marín Colorado paula.marin2@udea.edu.co
Universidad de Antioquia, Colombia
Entrevista a Daniel Ferreira*
Estudios de literatura colombiana, no. 55, pp. 221-232, 2024
Universidad de Antioquia
Published: 31 July 2024
DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.356977
Daniel Ferreira (n. San Vicente de Chucurí, 1981) es autor de cinco novelas que conforman lo que él ha denominado la Pentalogía (Infame) de Colombia: La balada de los bandoleros baladíes (2011), Viaje al interior de una gota de sangre (2011), Rebelión de los oficios inútiles (2015), El año del sol negro (2018) y Recuerdos del río volador (2022). Ha sido ganador del Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo, otorgado por la editorial de la Universidad Veracruzana (México), del Premio Latinoamericano de Novela ALBA Narrativa (Cuba) y del Premio Clarín de Novela (Argentina). En 2017, fue incluido en el listado Bogotá39; en 2021, su novela Viaje al interior de una gota de sangre quedó seleccionada en el listado del catálogo Reading Colombia (programa de estímulos del Ministerio de Cultura para la traducción de obras colombianas en el extranjero) y se tradujo al griego; en 2022, su novela Recuerdos del río volador fue incluida en la lista Mapa de las Lenguas, de Alfaguara.
Esta conversación se llevó a cabo el 28 de septiembre de 2023, en el marco del xvi Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, en Armenia (Quindío).
Empecemos esta charla hablando de la propuesta estética que está detrás de la Pentalogía (Infame) de Colombia. Tú has mencionado en algunas entrevistas y en algunos textos lo importante que era encontrar una manera de expresar estéticamente lo popular. ¿Cómo fue ese proceso de encontrar una expresión estética de lo popular y de construir personajes populares complejos?
Las novelas que yo he escrito hasta ahora tienen varios discursos de lo popular, recogen ciertas experiencias de lo popular, ciertas expresiones de lo popular y de lo popular en el tiempo.
Voy a contar una anécdota para que se entienda cómo se va nutriendo la literatura de estos discursos populares. En mi novela más reciente, que ocurre imaginariamente en el río Magdalena entre los años 30 y 40 del siglo pasado, hay muchos momentos que aluden a ese río. Cuando yo la estaba escribiendo, no lograba hacer que hubiera un río realmente en mi libro. Me faltaba río, entonces me fui a hacer un viaje. Yo ya había estado en el río Magdalena en varios segmentos, porque es un río que atraviesa muchos departamentos del país. Hice una travesía por lo que es el cauce del Magdalena Medio. El río se riega en la depresión momposina; su cabecera es en el Huila, después de bajar del páramo; luego está Honda, hasta donde fue navegable; después se vuelve un río arenoso. En la zona del Magdalena Medio, el río baña las riberas de varios departamentos. Las más grandes son las de Bolívar y Santander; Antioquia también tiene una parte importante, uno de los puertos importantes y principales: Berrío. Todo el río tiene una dinámica propia de la gente del río, que Orlando Fals Borda llamaba “gente anfibia”. La parte de la depresión momposina tiene muchas poblaciones con otras dinámicas. Como el río está regado, esto crea muchas fronteras y muchos problemas administrativos entre departamentos.
Yo viajé por ese río en esas partes, antes de la pandemia (2020), para capturar río. No era una cosa de capturar color local, porque ya más o menos sabía por dónde iba la historia que estaba escribiendo y sabía que el presente en el que me estaba desplazando no era el tiempo cronológico de la novela, que lo que tenía que hacer era trasladar algunos elementos que estaban en lo popular para fortalecer los huecos de verosimilitud que tenía en el relato.
Pienso en algunos momentos que tiene el libro: hay una romería a la Virgen de Chiquinquirá. En algún momento, una madre cuyo hijo ha desaparecido empieza la búsqueda yéndose a hacer un pagamento a la Virgen de Chiquinquirá. Yo tenía referencias de que hacia los años 30 se hacían estas peregrinaciones desde Santander a Boyacá. Eran peregrinaciones a pie, durante dos o tres días, por el Camino Nacional; se paraba en algunos pueblos como Los Santos y Cabrera y se llegaba a Chiquinquirá. Allí se hacían las rogativas, se pedía favores a la Virgen; casi siempre la gente iba a pedir algo. Yo encontré un espejo de esto en Simití, en el sur del Bolívar. Allá tienen una Virgen, la Original; es un cuadro de la Colonia. Ese cuadro es una réplica; el original se lo llevaron, pero lo llaman La Original, y la gente sigue haciendo el mismo pagamento desde la época de la Colonia, tal y como era en los años 30 en Santander. Mucha gente sigue yendo a Chiquinquirá a hacer sus pagamentos, pero donde vi la tradición viva fue en Simití.
Encontré otras cosas de lo popular. En Loba, tienen una fiesta popular: la Fiesta de San Martín, que es en noviembre. Esta fiesta aglutina a los músicos del río Magdalena que llegan allí a hacer unas procesiones en honor a este santo. Yo me fui allí y estuve hablando con la gente que organiza a los músicos. Me asesoró gente de la Red de Emisoras del Magdalena Medio, que han hecho el cubrimiento de esas fiestas que juntan, por un lado, lo cultural, las expresiones culturales y, por otro, las expresiones religiosas. Así me fui enterando de todas esas prácticas y mitos. Eso era lo que no tenía mi libro. Hasta que fui y descubrí todo esto, sentí que estaban vivas las tradiciones en una región específica, que era la que yo trataba de representar en un tiempo pasado.
Cada una de las novelas de la Pentalogía abarca épocas distintas, porque la idea era que abarcaran el siglo xx en Colombia, y en cada una de estas hubo búsquedas similares de las expresiones populares, para nutrir ciertos aspectos narrativos. Recurro a otros discursos, no solo de las tradiciones religiosas o culturales; también, por ejemplo, he aludido a los corridos prohibidos, que fueron una fuente de información para estudiar cómo se narra un suceso, cómo se hace una crónica de un episodio de sangre.
Esos corridos me dieron soluciones para mi primera novela: La balada de los bandoleros baladíes; hay una aliteración con las “b” y por eso decidí dejar en el título “balada”, pero en realidad es un corrido, debería ser El corrido de los bandoleros baladíes, pero me sonó mejor “balada”. La música me ayudó a solucionar cierta estructura que tenía esa novela y, por supuesto, hay una alegoría directa de las expresiones que han surgido a partir de las prácticas económicas del traqueteo, del tráfico de drogas, que han producido una cantidad de expresiones musicales. No están literalmente trasladadas las letras de corridos al libro, sino que el libro funciona como una especie de corrido muy rápido, una crónica.
¿Cómo distingues en la escritura que algo no funciona simplemente para dar color local o para ser pintoresco, sino que ya tiene un componente artístico, estético?
No tendría una herramienta formal en este momento para explicar cómo lo sé. Yo asisto a muchas cosas, voy para ver cómo se divierte la gente, qué está pasando, qué música se oye, cuáles son las cosas que se mantienen en las tradiciones vivas. Pero no todo eso lo uso para ser trasladado o reelaborado en la narración. En el caso de Recuerdos del río volador, necesitaba que una mujer decidiera primero ir a pedirle a la Virgen que le ayude a encontrar a su hijo desaparecido, para que algo que le pasa en ese desplazamiento la haga ver que otras personas andan haciendo lo mismo. Es una manera práctica, concreta de mostrarlo; no solo exhibir un acto de fe, sino algo que lleva a la acción. No es que me vaya a “agarrar pueblo” (como se critica en el documental de Carlos Mayolo y Luis Ospina) para meter en un libro, sino que lo que elijo es solo en función del relato.
La novela no estaba funcionando, no me creía lo que pasaba en el río; por eso tenía que ir al río, tenía que ver en qué andaba la gente. Después de “ver” hay una criba, porque, por supuesto, lo que pasa en este presente no es como sucedía en el pasado imaginario de mi universo de ficción. Allí ya entran en juego otras reglas para la narración.
A mí me llama mucho la atención la figura del padre en tus novelas y, en Recuerdos del río volador, también la figura de la madre. Percibo que en todos los personajes de las novelas los protagonistas deben “matar al padre”, a veces, literalmente, como en La balada, pero, en general, estos personajes tienen una ruptura con el padre, ya sea porque no lo tienen, porque ese padre no los ha reconocido como hijos o porque ha muerto, como en el caso de Recuerdos del río volador. Esa falta del padre (o de la madre, en Recuerdos) provoca que ese héroe o esa heroína busquen su destino, busquen un destino propio y eso conllevaría la idea de que, para ser realmente adultos, héroes de nuestras propias vidas, tenemos que emprender la búsqueda de un destino propio, dejando atrás al padre y a la madre. ¿Esto es algo que deliberadamente querías que estuviera presente en las novelas?
No es algo premeditado. La figura del padre, en las primeras novelas, era la figura de un mandato patriarcal que producía esquemas de poder; eran padres que les habían arruinado la vida a sus hijos, pero no era un ajuste de cuentas mío, con mi figura de padre. Si hubiera tenido un padre cabrón, probablemente hubiera sido legítimo hacerlo, pero en las novelas la construcción de la figura del padre implicaba otras cosas; tiene que ver con el conflicto de los personajes en particular.
Por ejemplo, en La balada de los bandoleros baladíes, hay muchas violencias domésticas moviendo la vida de los personajes: uno es un asesino, otro es una especie de monstruo moral que se venga de su familia, de aquello en lo que la misma familia lo fue convirtiendo; otros son unos paramilitares que andan por todo el país ganando dinero y cuyos padres son víctimas: uno es un abogado al que matan y su hijo se convierte en un mercenario. Todos estos personajes estaban condicionados por ciertas figuras patriarcales, seguían su mandato y lo reproducían.
En otras novelas, el foco no estaba sobre lo familiar, sino sobre destinos individuales enfrentados a ciertas condiciones de la realidad, presiones o conflictos políticos y sociales. Allí los padres ya no tenían una figura importante, pero sí se mantenía un mandato, esta vez del Estado, porque este reproduce esquemas de poder a nivel macro, que se van reproduciendo a nivel micro en los individuos. Estos personajes se enfrentan a ciertas figuras de autoridad; quizá lo patriarcal allí sería la autoridad.
No todos los padres han encarnado ese mandato. Por ejemplo, en Recuerdos del río volador, ninguno de los hijos quiere seguir el camino del padre, que era médico y, sin embargo, hay una relación mucho más amable, evocadora y sana con el padre, y una distancia con la madre. Ahí hay un espejo distinto.
La oposición al destino es lo que daría a un personaje el relieve dramático; no aceptar el destino que me impone la sociedad de ser “X” o “Y” persona, sino enfrentarme a algo para conseguir ser otra persona o cambiar una realidad en la que estoy inmerso. Me interesan los personajes rebeldes.
Me interesa mucho la construcción de tus personajes femeninos. Son mujeres muy fuertes y se hacen cada vez más fuertes a partir de Rebelión de los oficios inútiles. Ellas también configuran personajes rebeldes que buscan su propio destino y en las últimas dos novelas, específicamente con Julia Valserra, de El año del sol negro y Lucía Lausen, de Recuerdos del río volador, son mujeres a las que les interesa mucho la posibilidad de seguir una vocación. Sabemos que, al principio del siglo xx, para las mujeres estaba vedada esa búsqueda de una vocación y esta representaba un camino diferente a la feminidad tradicional. Todos los personajes femeninos de tus novelas tienen algo de eso. ¿Cuáles fueron las dificultades en la construcción de esos personajes femeninos?
Básicamente, la construcción pasa por lo arquetípico, en términos literarios: volver a tomar ciertos mitos que están en la sociedad, en la cultura y que uno encuentra en la literatura. Por ejemplo, en Recuerdos del río volador, hay dos mujeres muy fuertes como personajes, pero detrás de ellas hay mitos clásicos: uno es Hécuba, una de las madres de Troya a la que le asesinan a los hijos, es secuestrada después de que cae Troya y todos sus hijos son sacrificados. Hécuba estuvo todo el tiempo detrás de la creación de este personaje de Recuerdos, que es una mujer que está buscando a su hijo. Otro arquetipo fuerte fue Antígona, que es también un mito trágico griego: una mujer que se opone al poder para lograr enterrar a sus hermanos muertos.
Las dos mujeres del libro responden a estos arquetipos tradicionales de la literatura. No me los inventé yo; muchos autores han trabajado sobre mitos. Pero detrás hay otros arquetipos ya producidos por la misma sociedad; uno es la mujer que busca a un desaparecido y no cualquier mujer, sino la madre. En algún momento, mientras tomaba las decisiones narrativas para la novela, pensé que la compañera sentimental sería la que iba a hacer la búsqueda; Colombia está llena de mujeres que han buscado a sus maridos, sus esposos desaparecidos en los ríos, en la fosa común, pero la madre encarna mejor la búsqueda. Ahí están, por ejemplo, las mujeres de la masacre de El Tigre que sacralizaron esos cuerpos de hombres que no eran sus esposos, despedazados por los paramilitares, y los envolvieron en sábanas. Esas son las mujeres que van creando los arquetipos, es decir, un modelo de ética que nos permite a todos percibir una esperanza. Mis personajes femeninos se nutren de la literatura, porque yo básicamente lo que he sido es un ratón de biblioteca, pero también de las historias de este país.
Lucía, que es otro personaje fuerte de Recuerdos, tiene una misión: salvar a una niña de la violencia, salvarla de un entorno donde ha estallado la guerra bipartidista. Ella es su madre vicaria, no su madre biológica; recibió a una niña que quedó huérfana porque perdió a sus padres en una matanza y reemplaza su vida por salvar la de esa niña, sacrifica su propio bienestar. Ahí hay un modelo ético, un arquetipo, que podría ser también cristiano, porque Lucía tiene una crisis de fe y llega a la conclusión de que la fe no es una creencia, sino que debe encarnar en una acción en el mundo, porque es lo que da una ética. Eso la va a salvar de su crisis existencial.
El método para contar esto es un cuaderno de confesiones, que es una escritura muy privada. El cuaderno de confesiones tiene unas características distintas al diario o a las autobiografías, que tienen una cierta complacencia sobre el relato de uno mismo, construyen una ficción de uno mismo. En la confesión, hay más bien una frustración que no es del todo aceptada. En la tradición católica es donde funcionó bien la confesión: el gran libro de Santa Teresa y el de San Agustín, por ejemplo. En el prólogo a Cuadernos de Lanzarote, de José Saramago, él reflexiona, a partir de María Zambrano, sobre cómo la confesión al exponer una frustración y aceptarla, da una esperanza de que yo cambie y pueda hacer algo en este mundo o por este mundo; eso crea una ética. El arquetipo de Lucía es más católico que literario.
Hay otro tema que me interesa y es la presencia del amor. Es muy claro cómo el amor y, específicamente, el amor de pareja, solo puede aparecer en las dos últimas novelas (con unas características muy particulares, porque son amores muy transgresores frente a su sociedad). Esta aparición del amor tiene que ver, entonces, con las novelas en las que más atrás te vas en el tiempo de la narración y no sé si se relacione con que, en el presente, pareciera que hablar del amor es cada vez más difícil, entre otras cosas, por el temor a ser cursi. Para mí, esa presencia del amor en las dos últimas novelas tiene que ver con la posibilidad de construcción de vínculos, que son cada vez más imposibles en La balada de los bandoleros baladíes y en Viaje al interior de una gota de sangre, porque ahí la sociedad colombiana está rota, la vida no vale nada, el territorio está plagado de bandoleros baladíes que matan por 20 mil pesos. Pero al irte más atrás en el tiempo este vínculo amoroso de pareja puede surgir. ¿Cómo fue construir ese tipo de amor en estas dos últimas novelas?
Yo pienso que la posibilidad del amor en la literatura, su representación en una pareja o en las distintas relaciones personales, aunque hoy esté corroída por el lenguaje de internet y por todas esas mediaciones, se da, precisamente, por la creación de un lenguaje: un lenguaje entre la pareja. Ahí es donde se da la posibilidad del amor.
Si uno lee las cartas de Kafka a Milena Jesenská, que eran cartas reales, Kafka va creando los vínculos con una mujer con la que no se ve, a partir de la construcción de un lenguaje. Se perdieron las cartas de Milena porque ella vivió en un campo de concentración y murió, pero ella también le escribió y, en algunos momentos, Kafka menciona algo que ella le había escrito. Recuerdos del río volador tiene un sustrato de cartas que se comparten; son fragmentos de cartas, fragmentos de un discurso de amor del que no se conoce todo. Se conocen algunos términos en los que se dio esa historia. Esas cartas están ahí para crear ese lenguaje que es muy intuitivo y personal.
Entonces el amor -y esto ya no es solo para la literatura- se expresa como un lenguaje; es un lenguaje entre los protagonistas del amor y solo lo entienden ellos. El resto es el “fragmento de un discurso amoroso”, de Barthes: cómo la sociedad ha construido el amor romántico. La historicidad del amor a mí no me interesa; me interesa cómo construye el amor un par de personajes en los años 30, a través de un lenguaje. Cuando encuentro el lenguaje, está la historia, aunque el lector viva una idea del amor distinta.
Tú has mencionado en algunas entrevistas que, en algún momento de tu vida, pensaste en ser revolucionario, pero que lo que decidiste, finalmente, fue ser un escritor y hacer una revolución del lenguaje, que consideras como una de las funciones principales del escritor. Es decir, pasaste de pensar hacer una revolución por las armas a una revolución de la palabra. ¿Cómo ha sido hacer una revolución del lenguaje en cinco novelas?
A mí se me salen esas cursilerías en las entrevistas de medios… Escribo sobre personajes revolucionarios, pero yo no fui un militante que hubiera estado dispuesto a la vida armada como respuesta ante la desigualdad, porque la justificación social de la lucha armada tuvo su época y su tiempo, y ya no fueron los míos. Cuando yo era niño, ya la lucha armada estaba muy desprestigiada por sus métodos de guerra. Yo quería hacer una serie de novelas sobre el siglo xx y los conflictos sociales de Colombia en el siglo pasado me implicaban observar dos categorías esenciales: el siglo xx fue el de las revoluciones y las resistencias. En Colombia, no tuvimos esas grandes conflagraciones como las guerras mundiales, pero tuvimos la Guerra de los Mil Días, que inicia el siglo xx, tuvimos la guerra bipartidista, la lucha armada revolucionaria, el abuso del poder del Estado para reprimir, para perseguir esas fuerzas revolucionarias. Fueron esos conflictos sociales el motor de las historias en las que iba a trabajar.
La más reciente novela, que es Recuerdos del río volador, habla sobre esos inicios de las luchas obreras en los años 20 y 30, permeadas por los discursos de la Internacional Comunista, traídos por luchadores sociales como Raúl Eduardo Mahecha y María Cano, para organizar a los obreros ante la corporación Rockefeller, que tenía dos empresas fachadas (la Standard Oil y la Tropical Oil) y monopolizó el petróleo colombiano durante 50 años, además de mantener una explotación humana con muy malas condiciones de contratación y unas reglas impuestas por el imperialismo norteamericano. Estos primeros núcleos obreros empezaron a hacer las primeras conquistas sociales, a partir de huelgas y de soportar represión, desapariciones y de comer zancudos en la selva del Magdalena Medio construyendo un oleoducto.
Ese es el trasfondo revolucionario que hay ahí. En otras novelas, cambia ese trasfondo. En El año del sol negro, es la Guerra de los Mil Días, el estallido de los primeros meses. La novela no alcanza a cubrir toda la complejidad que tienen esos años que le cuestan a Colombia la pérdida de un territorio: Panamá, que deja un país de viudas. La mirada está puesta sobre los primeros meses y cómo empieza el estallido. Cada una de las cinco novelas se pregunta por la resistencia, donde está la resistencia, cómo se organizó la gente ante el poder. Todo es visto desde la ficción, porque no son libros de historia, y eso es lo revolucionario que hay.
Recuerdos del río volador fue publicada en 2022, muy cerca del momento de publicación del informe final de la Comisión de la Verdad. El tema de la memoria es muy importante en tus cinco novelas. Si bien no son novelas históricas, en cada una de ellas es muy importante la reconstrucción de la memoria de un hecho que marcó la historia de este país, de una manera muy catastrófica. ¿Qué significa la memoria en tus novelas? ¿Cómo se da esa construcción de la memoria en ellas?
Yo, por supuesto, no me he leído las quince mil páginas de los informes de la Comisión de la Verdad. Me interesa mucho el informe sobre testimonios. La verdad, es sobrecogedor, al igual que escuchar en este momento las confesiones de los militares ante la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz).
Pero no es la Comisión ni son los grupos de memoria histórica los que han hecho la memoria en este país, sino los colectivos sociales. Hay muchas asociaciones de todo tipo. Esos colectivos son los que decidieron conservar la memoria y son los que han ido nutriendo todos estos informes, que hoy hacen parte de un discurso oficial, en un momento surgido a partir de los Acuerdos de Paz, y que nos han permitido acercarnos a los testimonios y tener la ilusión de una verdadera pacificación del país.
En América Latina, países como Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, todos los países que tuvieron dictaduras, tienen una literatura de la memoria, que surge a partir de la entrada de las nuevas democracias. Una vez cesan esos episodios de violencia del siglo xx, se liberan los relatos y hay una serie de novelas, de autores que han trabajado sobre esos temas. Pero en Colombia, la característica era que seguíamos escribiendo mientras el conflicto se ha seguido desarrollando por muchas décadas y entonces le pusieron una etiqueta: son libros de Violencia, no libros de memoria, hasta ahora, que hablamos de duelos, de reconciliación. Esto fue posible por los Acuerdos de Paz y por esta ilusión que todos tenemos. Entonces, están surgiendo estos libros que se asocian a la memoria, pero la memoria es mucho más profunda que solo informes o que solo llegar a ciertas verdades. Para mí, que trabajo sobre estos temas, sobre ciertas tradiciones y que a veces siento que tengo tan poca imaginación, la memoria se convierte en algo más importante que la invención. En un país al que le ha pasado todo lo que nos ha pasado a nosotros, a veces inventar es demasiado.
Pero pienso que a veces los dispositivos para almacenar la memoria son los que nos enseñan qué debemos narrar. Cuando alguien decide que en ese lugar, donde se encontró una prenda de un padre o de un hijo desaparecido, va a poner una placa, convierte ello en un sitio de memoria. Cuando alguien decide renombrar una plaza, cuando alguien decide que algo que ha querido ser borrado no debe ser borrado, eso se convierte en gestos revolucionarios de resistencia, que nos llevan a pensar que no van a ser los militares y otras fuerzas los que van a borrar la memoria de este país borrando a la gente que sabe la verdad, sino que es el pueblo el que dice cuándo hay que hacer la memoria y dónde hay que hacer la memoria y dónde poner la placa y dónde debe estar el museo y qué es lo que debe estar ahí. Es el arte y la gente los que han ido defendiendo la memoria.
Hay un conocimiento muy profundo de tus antecesores y antecesoras en relación con la tradición de la literatura colombiana, especialmente, con toda la tradición de la literatura de la Violencia, la que se escribe después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, pero también, a nivel internacional, de las novelas que narraban la Segunda Guerra Mundial. Creo que eso habla de tu conciencia como escritor y de tu responsabilidad: no creer que estás haciendo algo completamente nuevo, sino que estás insertándote en una tradición, y esto habla también -creo- de una conciencia de querer hacer obras que perduren en el tiempo, en la memoria de los lectores y de las lectoras.
Veo también que en cada una de tus novelas había cada vez un reto narrativo mayor, como ir complicando de muchas maneras las técnicas narrativas (la visión caleidoscópica, la polifonía y la ruptura de la estructura narrativa más tradicional, tan presente en toda la obra) y los temas sobre los que narrabas. ¿Cómo fue complicarte la vida con cada novela nueva y cómo ves esa conciencia de que te estás insertando en una tradición de la literatura colombiana?
Yo llevo como veinte años leyendo en serio literatura colombiana y muchas otras literaturas de otro lado. No miro la literatura del mundo desde la literatura colombiana, sino que invertí esa mirada hacia cómo otros encontraron soluciones para sus realidades.
A los dieciséis años uno no va a escribir nada… Tiene que vivir un poco más y tiene que empezar a tocar ciertas figuras sociales y a integrarse con lo demás, a ver en qué estado está el mundo, y ahí empieza a encontrar un lenguaje. Ahí pasa la catarsis como autor de decir: “Bueno, ¿qué es lo que yo tengo que contar?”.
Los libros tenían ciertas limitaciones: tenían que ser sobre Colombia, a partir de historias de mi región. El tiempo es inventado, pero debía coincidir con el tiempo histórico de este país y pensé que tenía que haber historias que yo no hubiera leído en la literatura colombiana y no las hubiera encontrado, pero que se mantuvieran en una tradición.
Nunca quise ser un continuador de cosas como el realismo mágico, porque sentía que eso no abarcaba el mundo que yo quería, pero sí iba a trabajar sobre el realismo. Por ejemplo, Recuerdos del río volador tiene un realismo fotográfico, quiere capturar ciertos elementos para crear otra noción de realismo.
La tradición colombiana tiene huecos en cosas que pudieron ser y no fueron y eso sí me ha interesado más: la historia apócrifa de la literatura. Lo que ha sido censurado, lo que ha sido callado, lo que no se pudo realizar, a veces es más interesante. También los libros malos a veces resultan elocuentes; son fallidos por algo: falló el lenguaje o fallaron los personajes o algo. Pero examinándolos uno llega a decir: “¡Ah!, pero esta gente estaba evidenciando ciertas realidades”. Ese catálogo grande de novelas de la Violencia de los años 50, 60, le muestra a uno los errores generales de la literatura. Ya G. García Márquez lo señaló bastante en “Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia”, un artículo de 1959, donde habla de las repeticiones que hay en esas novelas.
Con las grietas o con los silencios o con lo apócrifo me refiero a, por ejemplo, José Eustasio Rivera, el autor de La vorágine. Murió de 46 años en los Estados Unidos, pero justo antes de morir, él estaba anunciando una novela que se iba a llamar La mancha negra. Esa novela surgía a partir de una investigación que él hizo sobre cómo la Standard Oil se quedó con el petróleo colombiano, cómo engatusaron al Gobierno de Pedro Nel Ospina para quedarse con los yacimientos del petróleo, cómo esas concesiones ganaron precio como acciones sin haber explotado un solo barril; mientras esperaban que el precio del petróleo subiera, organizaban la estructura para negociar la concesión. Así se quedaron 50 años sacando el petróleo sin darle a Colombia nada.
José Eustasio Rivera, en los años 20, publica una serie de crónicas en un periódico de Bogotá contando sus investigaciones. Él había sido parte del Comité Limítrofe, había visto cómo trazaban la raya de Venezuela y Colombia, y cómo el petróleo quedaba del lado venezolano, no colombiano. La historia del petróleo venezolano es también muy interesante, pero desde otra óptica. Con esta investigación que él hace y donde explica por qué sacaron a Marco Fidel Suárez del poder cuando quería nacionalizar el petróleo, cómo sobornaron a los ministros de minas de entonces, cómo las empresas eran fachadas, pues era Rockefeller detrás del petróleo, con todo eso él iba a hacer una novela, pero nunca se publicó.
No se sabe de qué murió José Eustasio Rivera, pero ya deberíamos saberlo hoy, pues hay técnicas para saber; sus restos están acá, pero no sabemos de qué murió, si lo envenenaron y tampoco sabemos qué pasó con el manuscrito de eso que él ya anunciaba. Él estaba en los Estados Unidos tratando de convertir al cine La vorágine y muere y lo repatrian; su cadáver se pudre en el río Magdalena y allí está en el Cementerio Central de Bogotá, en una fosa bastante abandonada.
El maestro Isaías Peña había hecho unos artículos sobre las columnas de Rivera; él me ilustró más al respecto, y a mí me quedó esa inquietud: Rivera trabajaba en un libro que iba a tocar la época de la explotación petrolera. En el fondo, no fue que tomé la historia de Rivera, porque cuando yo descubrí eso ya estaba avanzada mi novela, pero me dio una directriz. El conflicto social, el fantasma de todo esto es el imperialismo funcionando en Colombia y cómo eso afecta las condiciones de vida de la gente, la migración, pues mucha gente llegó a la región del Magdalena Medio buscando transformar su vida con un salario de la petrolera, un salario de mierda porque se trataba de trabajar con paludismo, vivir en las peores condiciones habitacionales, contar con un solo médico para tres mil trabajadores y a todos únicamente les daban quina.
A partir de esos datos, Rivera me puso en la pista y fui aterrizando en lo que quería. Como un pequeño homenaje, el periódico revolucionario del libro se llama La Mancha Negra. En La vorágine, también van a aparecer muchas preguntas sobre la explotación humana del caucho y los errores que causó. Es en esa tradición que yo quería enclavar lo que estaba haciendo.
***
Paula Andrea Marín
Profesora y crítica literaria
* Cómo citar esta entrevista: Marín Colorado, P. A. (2024). Entrevista a Daniel Ferreira. Estudios de Literatura Colombiana 55, pp. 221-232. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.356977
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https://www.redalyc.org/journal/4983/498382644012/html/
Montevideo (junio 17/2024). Como parte de la estrategia de Diplomacia Cultural, la Embajada de Colombia en Uruguay con el apoyo de la Cámara Uruguaya del Libro y de la Editorial Penguin Random House, organizó dos conversatorios de literatura con el escritor colombiano Daniel Ferreira, en Montevideo.
El primer conversatorio se realizó el jueves 9 de mayo en la librería “Puro Verso”, que tiene una importante trayectoria y reconocimiento en Uruguay. En esta oportunidad, el escritor colombiano dialogó con el director de la Biblioteca Nacional de Uruguay, Valentín Trujillo, sobre su novela "Recuerdos del río volador", que entremezcla relatos de ficción con la historia y la violencia de Colombia del siglo XX.
El evento contó con la presencia del Embajador de Colombia, Juan José Quintana Aranguren, el presidente de la Cámara Uruguaya del Libro, Alvaro Risso, la jefe de Prensa de la Editorial Penguin Random House, Marina Tschiffely, algunos miembros del cuerpo diplomático, entre otros invitados especiales.
El segundo conversatorio se llevó a cabo el 10 de mayo en la Biblioteca de la Universidad Católica de Uruguay (UCU) y estuvo dirigido a miembros de la comunidad académica. En este espacio, docentes y estudiantes tuvieron la oportunidad de formular preguntas al escritor sobre su trayectoria y obra y sobre la novela “Recuerdos del río volador”.
Esta actividad contó con las palabras de apertura del Embajador de Colombia, Juan José Quintana, quien destacó la extensa obra y las distinciones que ha recibido el joven escritor colombiano.
Daniel Ferreira nació en San Vicente de Chucurí (Santander) y es reconocido por ser el autor de la serie la “Pentalogía de Colombia”, que comprende las siguientes obras: La balada de los bandoleros baladíes (2010); Viaje al interior de una gota de sangre (2011); Rebelión de los oficios inútiles (2014); El año del sol negro (2018); Recuerdos del río volador (2022).
El autor ha sido galardonado con el “Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo” en 2010; el “Premio Latinoamericano de Novela Alba Narrativa en 2011”; el Premio Clarín de Novela en 2014. Además, fue distinguido en 2013 por la Universidad de Alcalá y el Instituto Cervantes con el Premio al Mejor Blog de difusión de la cultura en español. En 2017, hizo parte de la selección Bogotá 39, promovida por el “Hay Festival”, que reúne a los 39 mejores autores menores de 39 años de América Latina.
Por medio de estas actividades, la Embajada de Colombia promovió la estrategia de internacionalización de la literatura colombiana. Además, se convirtió en una oportunidad para estimular la lectura de las obras del escritor, así como, el diálogo intercultural sobre la historia y la violencia de nuestro país.
El objetivo de los proyectos de diplomacia cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores es presentar a Colombia como un país comprometido con la construcción de una paz sostenible, con la protección de su biodiversidad, así como con la promoción de la equidad y la visualización de su pluralidad étnica y racial.
Otras actividades de D.F en Montevideo:
Jueves 9 de mayo
Lugar: Librería “Puro Verso”, Montevideo (Av. 18 de Julio 1199)
Hora: 18:30 horas
Presentador: Valentín Trujillo (escritor, profesor, periodista uruguayo y el actual Director de la Biblioteca Nacional)
Viernes 10 de mayo
Lugar: Biblioteca de la Universidad Católica del Uruguay (UCU)
Hora: 16:00 horas
Presentadora: Silvana Tanzi (editora de las páginas culturales de Búsqueda y docente de talleres de escritura en el Departamento de Comunicación de la Universidad Católica del Uruguay (UCU) y en el Centro Latinoamericano de Economía Humana (CLAEH))
https://uruguay.embajada.gov.co/sala-de-prensa/noticias/daniel-ferreira-presento-su-obra-recuerdos-del-rio-volador-en-uruguay
El escritor colombiano Daniel Ferreira se presentó el jueves 9 de mayo de 2024 en la Librería Puro Verso de Montevideo, Uruguay.
Daniel Ferreira (escritor colombiano nacido en San Vicente de Chucurí)
Fecha: Jueves 9 de mayo de 2024
Lugar: Librería Puro Verso (Montevideo, Uruguay)
Actividad: Conversatorio sobre su novela "Recuerdos del río volador", parte de su Pentalogía de Colombia.
Participantes: Daniel Ferreira conversó con el entonces director de la Biblioteca Nacional de Uruguay, Valentín Trujillo.
Organización: Embajada de Colombia en Uruguay, con apoyo de la Cámara Uruguaya del Libro y Editorial Penguin Random House.
Nota de prensa:
Montevideo (junio 17/2024). Como parte de la estrategia de Diplomacia Cultural, la Embajada de Colombia en Uruguay con el apoyo de la Cámara Uruguaya del Libro y de la Editorial Penguin Random House, organizó dos conversatorios de literatura con el escritor colombiano Daniel Ferreira, en Montevideo.
El primer conversatorio se realizó el jueves 9 de mayo en la librería “Puro Verso”, que tiene una importante trayectoria y reconocimiento en Uruguay. En esta oportunidad, el escritor colombiano dialogó con el director de la Biblioteca Nacional de Uruguay, Valentín Trujillo, sobre su novela "Recuerdos del río volador", que entremezcla relatos de ficción con la historia y la violencia de Colombia del siglo XX.
El evento contó con la presencia del Embajador de Colombia, Juan José Quintana Aranguren, el presidente de la Cámara Uruguaya del Libro, Alvaro Risso, la jefe de Prensa de la Editorial Penguin Random House, Marina Tschiffely, algunos miembros del cuerpo diplomático, entre otros invitados especiales.
El segundo conversatorio se llevó a cabo el 10 de mayo en la Biblioteca de la Universidad Católica de Uruguay (UCU) y estuvo dirigido a miembros de la comunidad académica. En este espacio, docentes y estudiantes tuvieron la oportunidad de formular preguntas al escritor sobre su trayectoria y obra y sobre la novela “Recuerdos del río volador”.
Esta actividad contó con las palabras de apertura del Embajador de Colombia, Juan José Quintana, quien destacó la extensa obra y las distinciones que ha recibido el joven escritor colombiano.
Daniel Ferreira nació en San Vicente de Chucurí (Santander) y es reconocido por ser el autor de la serie la “Pentalogía de Colombia”, que comprende las siguientes obras: La balada de los bandoleros baladíes (2010); Viaje al interior de una gota de sangre (2011); Rebelión de los oficios inútiles (2014); El año del sol negro (2018); Recuerdos del río volador (2022).
El autor ha sido galardonado con el “Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo” en 2010; el “Premio Latinoamericano de Novela Alba Narrativa en 2011”; el Premio Clarín de Novela en 2014. Además, fue distinguido en 2013 por la Universidad de Alcalá y el Instituto Cervantes con el Premio al Mejor Blog de difusión de la cultura en español. En 2017, hizo parte de la selección Bogotá 39, promovida por el “Hay Festival”, que reúne a los 39 mejores autores menores de 39 años de América Latina.
Por medio de estas actividades, la Embajada de Colombia promovió la estrategia de internacionalización de la literatura colombiana. Además, se convirtió en una oportunidad para estimular la lectura de las obras del escritor, así como, el diálogo intercultural sobre la historia y la violencia de nuestro país.
El objetivo de los proyectos de diplomacia cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores es presentar a Colombia como un país comprometido con la construcción de una paz sostenible, con la protección de su biodiversidad, así como con la promoción de la equidad y la visualización de su pluralidad étnica y racial.
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