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Rebelión de los oficios inútiles, por Juan Pablo Plata

Foto: Libros recomendados en  Revista Don Juan


Juan Pablo Plata | Editor y crítico literario

Fuente: Revista Corónica


Rebelión de los oficios inútiles
Alfaguara, 2015.
Premio Clarín de Novela de 2014.

En el fondo y en la superficie del conflicto armado colombiano siempre han estado:

1. La falta de participación y representación política de muchos sectores sociales.
2. La censura, es decir, la falta de la libertad de expresión en varias gradaciones entre la población civil y en los medios de comunicación tradicionales y alternativos.
3. La desposesión de la tierra por el Estado, entes privados y grupos armados de sus dueños originarios e históricos.
4. Las necesidades básicas no cubiertas en una democracia en las clases menos favorecidas en el campo y en la ciudad, esto es, lo que muchos llaman una grave falta de justicia social.
5. La aún no consolidada separación entre el Estado y las organizaciones religiosas.
6. La violencia promovida por la defensa de ideologías locales y foráneas que se adaptan a la idiosincrasia local.
7. La impunidad ante crímenes de Estado y en crímenes cometidos por ciudadanos de múltiples extracciones sociales.

Porque si un ciudadano vive en una república democrática y capitalista, lo mínimo que espera es que la propiedad privada y la vida sean sagradas, protegidas y preservadas por todos, además del Estado.

Rebelión de los oficios inútiles de Daniel Ferreira trata, entre otras cosas, del padecimiento de los sietes puntos anteriores en un pueblo donde circula el periódico La Gallina Política. Medio impreso en que se denuncian abusos, asesinatos y robos a la propiedad de la tierra por parte del Estado -representado en la fuerza pública y en las tres ramas del poder de una democracia demasiado imperfecta- y personas y organizaciones privadas contra los ciudadanos colombianos durante la cruenta época del marco especial del Estado de Sitio (1969), además de antes y después de éste.

Como si su irritación ante la iniquidad y el pulso narrativo fueran en ascenso, el autor ha escrito la tercera novela de una proyecto narrativo de pentalogía (infame) sobre la violencia en Colombia después de las laureadas y también bien logradas La balada de los bandoleros baladíes y Viaje al interior de una gota de sangre.

Ahora bien, no es la novela de Ferreira un panfleto. En ella se da cuenta muy bien de los efectos que tiene la Historia en las individualidades de un pueblo en que algunos querían defender la propiedad, la familia y la tradición (Pero sin respetar la ley y tener reciprocidad con los demás) y otros querían sentir de verdad que vivían en una democracia y que por esto la propiedad de la tierra, las ideas y sus vidas, me repito, iban a ser atesoradas como dicta la letra muerta de la legislación.


Entre los personajes más significativos de la novela tenemos a Ana Dolores Larrota. Ella es una líder social  que acaba como muchos han acabado en Colombia: condenados sin juicio en una cárcel o asesinados por luchar por los derechos de terceros. Todo porque Ana a pesar de su desconexión con bandos e ideologías políticas luchaba en vida por las reivindicaciones sociales y la futura eliminación de los adversos asuntos de los siete puntos enunciados arriba.

Quedo atento, junto a otros lectores, a las dos futuras entregas de la pentalogía. Sin embargo, uno desearía que estas ficciones no tuvieran un reflejo real en el pasado de ningún país. Como quien dice que uno anhelaría que las novelas de Ferreira no fueran más que la cosecha de una portentosa imaginación antes que el resultado de una juiciosa investigación del pasado siniestro y ruinoso de una nación desigual, plagada de desplazados, viudas, huérfanos, entre otras víctimas, donde los beneficios de la democracia y el capitalismo aún no se despliegan para todos.

Rebelión de los oficio inútiles es una novela necesaria para ahondar en las raíces del conflicto armado colombiano; un libro útil para los tiempos que corren en que parece que Colombia se acerca a la paz.

(También sería muy provechoso que toda la pentalogía se editara en bloque o completa en Colombia)

Rebelión de los oficios inútiles por Oscar Daniel Campo

Oscar Daniel Campo, Revista Literariedad

Cada cierto tiempo algunos escritores alegan fastidio temático frente a la proliferación de literatura sobre la violencia. Esto hasta que aparece una novela que le devuelve dignidad estética al asunto. Fue el caso de Los ejércitos, de Evelio Rosero, hace unos años, y, más recientemente, de La rebelión de los oficios inútiles (2014), de Daniel Ferreira, novelas premiadas en el exterior antes de ser leídas y bien acogidas por los lectores en Colombia. ¿Qué hace que estos dos casos destaquen sobre el fondo tumultuoso de libros que tratan literariamente la guerra interna? Entre las muchas cosas posibles para decir, resalto la posición fuerte que estas novelas ofrecen frente a la materia cruda de la que se ocupan y la capacidad de identificar, en el curso corriente de la temática, un potencial narrativo novedoso. La novedad de lo contado se apoya, me parece, en la solidez de la postura.

En el caso de Los ejércitos, justamente la posición fuerte tiene que ver con que el punto de vista predominante, el del profesor Ismael que narra la novela, no está interesado en discernir quiénes, si la guerrilla o los paramilitares, son los ejércitos que se toman el pueblo, lo bombardean, matan y violan a su vecina, desaparecen a su esposa, entre otros desmanes que cambiarán de manera definitiva la dinámica del pueblo. La novela adopta de manera implícita el lado de las víctimas, en concreto, de la víctima llamada Ismael, más interesado en el trasero de su vecina y en la desnudez de su esposa, que en el contenido explícitamente ideológico de la guerra que los circunda y finalmente los devora. Una reseña de David Jiménez en Razón pública se encargó en su momento de mostrar la tensión entre guerra y erotismo construida por la novela. El hallazgo narrativo de Evelio Rosero reside en el contraste entre imágenes idílicas, violentas y sensuales, entre el tiempo interior del personaje (con sus valores propios) y el exterior de los acontecimientos brutales.

No es el caso de Daniel Ferreira con La rebelión. Los argumentos ideológicos hacen parte explícita del material de la novela, se notan en la perspectiva del narrador en tercera persona y a través del discurso de dos personajes principales —la líder de los destechados, Ana Larrota, y Joaquín Borja, fundador y director del periódico La gallina política—. La novela adopta, al igual que Los ejércitos, el punto de vista de las víctimas, en este caso, el punto de vista de los desposeídos, pero, a diferencia de aquella, no se abstiene de participar en la discusión ideológica explícita. Rendición de cuentas de Ana Larrota: “La realidad espiritual depende de la realidad material” (156); “Vivimos en momentos en que a la clase trabajadora la atropellan, la estafan y nos mienten. El paro, las tomas, las protestas y las pedreas que el fiscal llama ‘asonadas’ son formas de lucha cívica que usa el pueblo para expresar las demandas y presionar soluciones. De ninguna manera son delitos. El derecho a la protesta, además de legítimo, me parece necesario” (169). Joaquín, que ha cambiado el periodismo por meterse a la guerrilla, y ahora deja una suerte de testimonio de su vida en un magnetófono: “… un país que masacra de uno en uno para que no se note el genocidio, un pueblo que es un monigote que permanece impávido ante la injusticia, un maniquí que considera a los escuadrones de la muerte como males necesarios, un país de sicofantes, de impostores, de traidores, con artistas y músicos despreciables que actúan como bufones de una clase y hacen las bandas sonoras para acompañar el ruido de fondo de la infamia” (258). O, él mismo Joaquín, cuando registra la multitud iracunda que pide cuentas por el destino de Ana Larrota y, en una coincidencia histórica inesperada, también por el robo de las elecciones presidenciales que gana Misael Pastrana: “Descubrimos que eran los mismos comerciantes quienes salían a disparar contra las vidrieras de la alcaldía y de sus propios almacenes (…) a dañar lo que la turba había dejado intacto”, para justificar después sus decisiones radicales: “esto no puede seguir así, esos no son manifestantes, son guerrilleros vestidos de civil, si el ejército no está dispuesto a hacer nada para defendernos a nosotros, los ciudadanos de bien que contribuimos y pagamos impuestos (…) tomaremos justicia por nuestra propia mano” (191). Difícil no estar de acuerdo con la posición de la novela, con su adopción del lado de los desposeídos, y el relato de la persecución sistemática a la que se ven expuestos. Pero se advierte en esos pasajes que poco sorprende a los lectores contemporáneos, que se torna poco interesante cuando se la saca del contexto de la narración, y en la que, por tanto, no puede agotarse la posición fuerte de la novela. ¿Qué más hay entonces?

La novela se ordena en torno a tres nudos: el enfrentamiento entre los destechados que han invadido los predios del Club Kiwanis y la policía; la grave amenaza que acecha a Ana Larrota en la cárcel y la explosión de una bomba en la casa de Joaquín Rojas, también sede de la La gallina política, en la que muere la hermana de Joaquín, Luisa. Al periódico lo persiguen no solo por simpatizar con la toma de los destechados, sino por proveer una justificación histórica a su lucha. El periódico demuestra que esos terrenos habían sido antes expropiados de forma ilegal por los antepasados de Simón Alemán.  Además de estos nudos, la novela elabora pequeños relatos adicionales que no solo sirven para dilatar las acciones principales, sino que agregan facetas a los personajes, de otro modo dominados por el contenido ideológico explícito de su discurso. Vemos entonces el drama de una Ana Larrota mucho más joven, que ha perdido a su hijo y a su marido; que de niña visita el leprosario donde vive una tía monja, (amanuense de los enfermos que quieren enviar carta a sus familiares). Vemos también la juventud aventurera de un Simón Alemán, en Europa y luego en Estados Unidos, enamorado de una mujer que no le corresponde, y propicio desde entonces al comportamiento obsesivo que explica por adelantado la quiebra, al perseguir el sueño imposible de una urbanización moderna en la cima del pueblo, en los terrenos baldíos ocupados por la multitud que lidera Larrota.

Las vidas de estos personajes, con sus diferentes extracciones sociales y proyectos políticos, se enlazan en un momento clave de la historia reciente, situado en la novela justo en el inicio de la década del setenta. Se trata del momento en que los terratenientes no solo sofistican sus prácticas paramilitares sino que a esta se suma (esto quizá constituya lo tenebroso de lo tenebroso) la aquiescencia de los banqueros y los empresarios en un proceso bastante efectivo de hiperconcentración de la riqueza y disipación de las masas rabiosas que las décadas anteriores habían permitido. La novela de Ferreira descubre un filón épico atractivo en la historia de estas ocupaciones de tierra, de activismo político de base social y compromiso de la prensa escrita. Es el momento de consolidación de los grupos guerrilleros. En ese sentido, la novela recupera la experiencia histórica de creer que un gran cambio era posible en favor de los desposeídos. Pero como en el presente de la escritura y del horizonte del lector los líderes de la protesta han sido asesinados, se cuenta en últimas el fracaso de esa experiencia y el origen de resentimientos de clase que permanecen vigentes.

Tal vez a ese doble fracaso deba la novela su posición fuerte sobre el asunto tratado. Es una posición paradójica. Al momento de fracaso corresponde también cierta derrota de la palabra escrita. No solo en el periplo periodístico de Joaquín, que renuncia a la escritura para siempre (le habla a un magnetófono), desencantado a pesar de ser un apasionado lector de literatura (“¿qué poder puede tener en realidad un puñado de palabras?” (215)), sino en las interpelaciones directas de algunos personajes. Ana Larrota critica la falta de acción (o sea, de activismo) de quienes creen hacer algo desde la orilla del periodismo. Y Simón Alemán, aunque colabora con Joaquín en su investigación, afirma que la manera más fácil de arruinarse es con palabras (149). Lo perdido no es solo la confianza en que un cambio social sea posible, sino el entusiasmo del lenguaje como un revólver cargado, capaz de mostrar caras ocultas de la realidad. Incluso la novela construye una lista de títulos de obras y autores que constituyen un pequeño panteón personal de literatura panfletaria: desde el “poema” a cuatro manos que funciona a manera de epígrafe, un ensamble de versos tomados arbitrariamente de Neruda, Vallejo, Barba Jacob y Joaquín Pasos, hasta Hamburgo en las barricadas, pasando por Maquiavelo, por Léon Bloy en sus diatribas contra literatos, por los existencialistas franceses, por una selección de obras rusas del diecinueve que no son las más famosas, por Swift, por John Reed, por Benito Feijoo, por Marx (más por sus ideas que por su estilo, supongo), entre varios otros. Esas referencias no alcanzan ni siquiera la categoría de dioses muertos, pues dan más bien la impresión de ruinas polvorientas.

Las dos experiencias, la de la palabra como un revólver y la del cambio social, se han disuelto, y la novela expresa una melancolía frente a tales pérdidas. Allí, en esa melancolía, Ferreira ha hecho un hallazgo que definitivamente llama la atención. El texto ha sido escrito con la voluntad rabiosa de la causa justa y desde el principio perdida. Tiene la fuerza suficiente para que creamos, a través de Joaquín, en el poder de la palabra, antes de caer desencantados junto a él, pisoteados todos por la Sociedad de Hierro que forman los comerciantes y terratenientes para perseguir en la ilegalidad a los líderes políticos. La fuerza que mueve la narración de la novela de Daniel Ferreira es la indignación contemporánea por la multitud política aplacada, por la falta de rebelión, que ha sido la gran herencia histórica, no del activismo de los sesenta y setenta, sino de su represión sistemática. No es que no pueda contarse el relato de los vencidos, ni que no haya un compromiso ético allí, sino que sabemos que no va a importar, que la democracia, la buena democracia, puede convivir perfectamente con la injusticia histórica y con el relato de las víctimas, sin que el problema crucial de la concentración de la riqueza sea tocado. Hay una catársis a la inversa: no salimos purificados de la novela, al asistir al horror y vernos expuestos a la compasión por el destino de los personajes, sino que nos dejamos caer en un pozo de desazón, y medimos qué tan inofensiva se ha vuelto la palabra escrita, seguros de que no se tejerá ningún complot para bombardear la casa de Ferreira, ni se le va a exiliar en el futuro inmediato, porque la economía ha aprendido a convertir en entretenimiento, en premios, en venta de libros, en activismo de Facebook, cualquier indignación que nos cause el mundo. (Termino entonces de escribir esto, pensando en empezar la segunda temporada de Narcos en Netflix).

Rebelión de los oficios inútiles por Jose Hoyos

José Hoyos* Revista Corónica

Me pregunto qué dirán los naturalistas cuando descubren una nueva especie de mariposa. Imagino el vértigo emocional al sospechar que no ha sido antes descubierta y nombrada, por ejemplo, Catocala Cara. Y cuando confirman que es un hallazgo sin precedentes ¡qué sentirán! Dirán: ¡soy la luz, soy el inventor de los colores! Y los forenses, cuál será su reacción cuando hacen una autopsia y descubren que la causa del deceso es absolutamente nueva, que la muerte se acaba de reinventar en algo inédito y desconcertante –una enfermedad, un proceso químico nunca experimentado por nadie que doblega creativamente la vida–. Hay que considerar también otras variantes de la muerte, no ya en los seres humanos, bastante carcomidos por esa idea milenaria, sino en, digamos, una tórtola que atraviesa con toda su juventud una tranquila llanura y un perdigonazo le descose el buche: ¿será novedad para ella morir tan de golpe defraudando la expectativa de irse apagando ya vieja? Una muerte relámpago: pasar del todo a la nada. Un descubrimiento absoluto: pasar de la nada al todo, descubrir tu voz, escritor.

¿Eres un joven y desconocido escritor? Ven, te invito a comer algo, seguro no has desayunado. Se sienta junto a las torres de libros con que vive y toma litros de café porque energiza y es barato y gasta papel borroneando ideas para novelas, cuentos, versos sueltos, citas potentes. Cuando sale de la cueva que es su casa y va a la biblioteca o a la ciudad tiene que lidiar con terribles ganapanes: “Aterrice, pendejete, consiga trabajo”, y se traga todos los sapos y sigue hurgando archivos buscando algo, quién sabe qué, al fin y al cabo un archivo es un depósito de historias en semilla buscando escritor. Aunque ya tiene algo: realidades que lo hacen tambalear, porque ¿quién se acordará de estos muertos mañana? Sigue prestando oído a lo que cuentan los viejos. De regreso te encuentras con un personaje de postín y te dice estoy escribiendo una novela pero ufff, una cosa volaísima. Manga de escribas, adoradores del dios Snob, piensas. Te vas en silencio y antes de llegar a casa para ponerte frente al teclado y beber tu sorbito de vida pasas por una librería de nuevos para hacer lo que los excluidos en los centros comerciales: ver todo lo que no pueden tener y maldecir tanto vigilante. Tienes claro que el propósito del trabajo no puede diferir del de la existencia. ¿Daniel Ferreira, qué más tienes en común con Joaquín Borja, el periodista corajudo de Rebelión de los oficios inútiles? ¿Alguna vez empeñaste un piano Apollo, herencia sagrada de tus padres, para financiar tu motivo de vida? ¿Alguna vez le apostaste todo, como él, al caballo por el que nadie daba nada? ¿Alguna vez te dijiste por Dios, cómo no voy a contar todo este horror? Cuesta caro leer y escribir y estar por completo ofrecido a “el modelo exacto de lo que debe ser un escritor, si es que un escritor debe ser algo en este mundo”. Entonces viene el escollo mayor: todo lo que pasa por lo ético, la acción, el deber, Camus. Y prepárate para ser mordido y vilipendiado, como corresponde. El significado de El Compromiso para un escritor no es algo definible, solo se entiende si es penetrado. En el zoológico de Pereira vivía un rinoceronte joven angustiosamente encerrado en su pequeña parcela. Un día temprano se sacudió, gritó con furia, arremetió de repente y tumbó tres vallas de seguridad que parecían insuperables y paseó su fuerza y su inconformidad y su mugre y su herida sangrante y su verdad por entre la multitud decente del restaurante y después fue a zambullirse en el estanque de los cisnes. ¿Qué pulsión reclamó su lugar en el espíritu del animal? Tienes que ser el resultado de una inquebrantable pulsión animal, escritor. La novela Rebelión de los oficios inútiles es el resultado, estoy seguro, de años de caminar herido tumbando vallas. La literatura, al decir de Juan José Millás, es como el bisturí eléctrico de un cirujano: causa la herida y al mismo tiempo la cauteriza.

Hay un narrador que siempre, en cada capítulo o subcapítulo, consigue conducir de cabestro al lector porque sabe para dónde va. Por encima del narrador está el escritor y por encima del escritor está el pensador. Más arriba que todos está el develador de un momento histórico. En tu cabeza cupo una novela nodriza: Rebelión es una historia global hecha a base de retazos cuyas costuras no se notan. Hay frases, subtramas y capítulos que se muerden la cola con habilidad, como evocando a Rulfo. Las escenas están construidas siguiendo la lógica de esos juegos de maletas en que la más grande contiene todas las demás. La violencia colombiana es el aura de la novela, pero no su tema. De nada serviría presentar contexto sin piel, sin humanidad, sin nombres propios. Conocimos el mundo interior de Oscar Matzerath en El tambor de hojalata. Günter Grass no describió, representó su carácter como la templanza misma. Para Oscar el tambor es un vínculo con el mundo y una forma de evasión. Puede sentir, razonar, soñar, pedir –exigir– expresar, asentir, repudiar o recordar solo mediante el tamborileo. Y alrededor la guerra jodiéndolo todo. Conocimos el mundo interior de Ana Dolores Larrota, su tremenda humanidad, la conciencia de lucha y fuerza de ideales que erige a sus setenta y tres años: “La realidad espiritual depende de la realidad material, señor teniente, porque si yo no soy dueña de mi tiempo, ni de un refugio inviolable, ni de mi cuerpo, ni de mi alimento, ni puedo decidir mi trabajo, tampoco seré dueña de mi pensamiento, ni de mis sentimientos (…) No hay nada más sobrevalorado que ser rico o tener un título. No soy rica ni tengo títulos (…) No soy líder política, simplemente porque no pertenezco a partido alguno, ni tengo aspiraciones a un cargo oficial. Soy solo una vocera de gente que tiene conciencia de la desigualdad y el abuso (…) Hay gente que es pacífica por naturaleza. Pero igual que mi perro puedo morder si alguien me pisa el rabo”. No hace falta escribir para ser poeta cuando tu inspiración es la indignación. Hay quienes prefieren la peligrosa búsqueda de la justicia resignando su destino humano. Ana Larrota y Joaquín Borja no temen porque “un cuchillo no puede herir a otro cuchillo”.

He estado en Jalisco porque he leído a Rulfo y conozco Paris porque he leído a Cortázar. Sería falso decir que no he pisado esos lugares, así mi vidita nunca haya salido de Colombia. Puede que físicamente nunca hayas estado, Daniel, en Turín o Nueva York, aun así has logrado recrear el color de esos sitios y caminar por ellos acompañando a Simón Alemán, tu personaje, con total precisión. Puede ser que Cesare Pavese te hizo conocer Turín. Quiero pensar que hacer coincidir a Simón Alemán y a Pavese en el mismo hotel donde el escritor italiano se suicidó es homenaje y retribución.
Cosas que tiene Rebelión: respiración, vigor, hondura, potencia. Cosas que no tiene: timidez, miedo, tacañería, tópicos. Es delicioso hacer de una reseña una divagación. No sé qué más decir, es que son tantos los cánones para hacer una reseña que temo preocuparme más por ellos que por la reseña misma. Tengo una idea y estoy obligado a escribirla con total precisión y fidelidad. No puedo engañarme, mi deber es decir justo lo que quiero, no puedo irme por las ramas o conformarme con aproximaciones. Atravesaste ese muro, escritor: Rebelión es la exacta representación de cómo se trasladan al papel los propósitos originarios de una novela. Son páginas escritas como atajando el embate de una fuerza invisible, pero la fuerza gana, y termina por superar la contención y el caudal de la prosa se echa a correr. Puede verse en la cronología y puntos de vista saltantes, en los diálogos efectivos. Pude terminar de leer Rebelión de pie en una librería. De no ser por tanta cámara de seguridad lo habría hecho en mi casa. Fue cosa de varias visitas, paréntesis en el tiempo que abre la buena lectura. La lectura fácil solo puede significar escritura difícil.

Voy a las iglesias cuando no hay misa ni más donde leer. Es un espacio tranquilo, uno puede leer a sus anchas siempre que tome la precaución de ocultar el título del libro. Estoy sentado frente al confesionario donde dos señoras pomposas y muy dignas hacen fila. Cerca, un joven expectante parece estar esperando a una de ellas. La primera estuvo unos veinte minutos limpiando su conciencia con el cura. La segunda tardó un poco más. El joven expectante no se fue con ninguna de ellas. Observo con discreción y entonces, con la suspicacia del animal de calle que soy, deduzco que el joven está esperando al cura. Pero el cura sale directo a su trastienda y raudo el joven se dispara hasta el confesionario y con disimulo extrae una grabadora pequeña pero potente escondida entre las tablas, justo debajo de donde susurraron sus crapulencias las dos damas. El joven sale y yo salgo detrás. Camina tan distraído y volátil que no parece ser periodista. Entra a un café y se sienta con los audífonos a recibir la confesión electrónica de las señoras ilustres. Lo sigo con mirada agazapada desde otra mesa. Saca de su bolso desteñido, donde de soslayo puedo leer los lomos de dos libros (El extranjero y La genealogía de la moral), un cuaderno con muchas anotaciones, hojas sueltas, recortes de prensa, y busca un espacio en blanco y sonríe –diablo sereno– y anota todo lo que los audífonos le dictan. Es la más pura extracción de la realidad. ¿Puede alguien ponerle una grabadora a una época en que no había nacido, a un periodo político, a la historia de un país? ¿Puede traer esos hallazgos al presente con total fidelidad? Si sabe ficcionar, sí. Los registros oficiales son las antípodas de las grabaciones hechas por nuestro, perdón por el término, joven escritor: en las páginas sociales de los periódicos aparecen esas dos señoras copetonas como adalides de la moral y las buenas costumbres. ¿Cómo se graba la historia? Lo sabrás si paras oreja a los relatos orales de tu pueblo, si logras interpretar las notas de prensa escondidas en recuadros pequeños de periódicos, las caras de angustia y ropas ajadas en blanco y negro de las fotos antiguas. La Historia y la Memoria no son tan inseparables como se dice, andan más bien distantes. La primera es una espectadora cómodamente sentada en su púlpito de academia; la segunda, en cambio, fue partícipe de los hechos, sufrió las tempestades de la guerra en carne propia. Suelen tener Memoria solo quienes fueron jodidos por la Historia. Esos jodidos son Ana Dolores Larrota, Salomón Novoa, Rafael Rangel, Donaldo de Jesús Estrada, Antonio Hinestroza, Evangelista Pimentel y toda la pléyade del Sindicato de Oficios Varios sublevados en  Rebelión y miles de colombianos durante el último medio siglo.

Hablemos pues de costumbres. Julio Cortázar tenía en algunos pocos escritos la satírica costumbre de poner haches a propósito en donde no iban, o de suprimirlas donde sí debían ir. Lo hacía para ironizar y poner en evidencia la inexistencia de algo, para denunciar a los ilustres farsantes, y para responderle a los críticos pedantes que lo mordían. Uno entiende lo que quería decir cuando escribía por ejemplo: “El notable doctor tiene una ermosa hortografía”. “La suprema hinteligencia de nuestro gobernante”. “Un ombre de habsoluta herudición hacadémica”. “Insuperable hobra poética”. En Lugar llamado Kindberg, uno de sus cuentos más brillantes, tuvo el desparpajo de ubicar casi todos los signos de puntuación justo donde no debían ir. Solo así podía escribirse una historia tan enrevesada y vertiginosa como la de Lina y Marcelo. Tan bueno que Cortázar le torcía el cuello al lenguaje, a la ortodoxia, a los cánones, a la rutina. La de los grandes escritores es una bonita desobediencia y arrojo puro. Arrojo es que el primer párrafo de Rebelión dure doce páginas. Arrojo es que en algunos capítulos extensos no aparezca un solo punto seguido. Larguísimos enunciados de deslomadora construcción y perfecta agilidad y sentido narrativo. Sabemos que no es novedad (a quien busca la novedad solo por llamar la atención le bastaría con salir desnudo a la calle), pero no sabemos lo difícil que es mantener la lógica del enunciado y adentrar al lector en una historia sin hacer un uso convencional de la sintaxis. No es un arrebato innecesario: a las personas torturadas del primer capítulo, a Joaquín Borja y a los sublevados víctimas de la represión, como al lector, no se les daba tiempo de respirar.

Entonces un día, Daniel, en una conversación un figurín del común te dice: “A mí no me gustó ni cinco tal personaje de tu segunda novela”. Los personajes sacados del tópico que es la realidad no gustan cuando tampoco gusta esa realidad. El mafioso de pueblo es grotesco pero rico, y la ignorancia colectiva descarta lo grotesco y se queda con lo rico, entonces pasa a ser admirado y emulado, y esa personalidad –un molde– prolifera. Los personajes maqueta abundan. La gente bienpensante no quiere verse reflejada ahí. El escritor tiene que mostrar lo que nadie quiere ver, inquietar, incomodar. Hay que ponerle a la sociedad ese espejo, al menos cuando la línea literaria es la realidad social y política. Sí, lo sé, en la palabra escrita todos queremos encontrarnos con La Maga, con Maqroll, con Juan de Mairena, gente única. En tu pueblo, entre los mineros rasos, entre los vendedores de minutos, entre los celadores, entre los jornaleros, entre las empleadas domésticas, entre las prostitutas, entre los jíbaros, entre los barrenderos, ¿cuántas Magas, Maqroll o Juan de Mairena conoces, figurín?


En la ficción se esconde una verdad más honda y elástica que la mostrada por la realidad. La realidad insinúa, la ficción excava. Hay que escribir lo que pasó hoy para mañana saber si ha sido cierto. Todo lo que esté bien escrito es verdad, así nunca haya pasado. Lo  aprendí de Franz Tunda, el protagonista de Fuga sin fin, la novela de Joseph Roth. Tunda es un oficial del ejército austriaco en tiempos del Imperio Austrohúngaro. La Gran Guerra, para la que se enlistó con orgullo patrio, resultó ser la gran putada, así que decidió convertirse en desertor. Huye por toda Europa oriental, siempre cambiando de identidad cada que llega a un pueblo diferente. Se instala bajo un nombre falso, busca un oficio minúsculo, y entabla relaciones sociales con toda naturalidad. Sabe que no puede arriesgarse a que descubran quién es porque para traidores y desertores no hay perdón. Además del nombre, inventa un pasado, una tradición familiar, unas historias vividas, una forma de pensar, unas afinidades políticas: una personalidad. Pero como tiene tan mala memoria (y la buena memoria es el principal atributo de todo buen mentiroso) se ve obligado a consignar en su diario todo lo que dice. Al cabo de un año ya tiene escrito un personaje de ficción perfectamente verosímil. Se ve en peligro, tiene que huir de nuevo, y al radicarse en otro lugar el proceso empieza de nuevo. Franz Tunda es un militar de vocación que descalifica el oficio literario y que, sin saberlo, nunca para de crear personajes de ficción. La realidad dice que Franz Tunda es un militar desertor, pero la ficción dice que en realidad es un hombre en busca de sí mismo. Joseph Roth creó un personaje inventor de personajes para sublimar su propia búsqueda existencial. El escritor nos cuenta una historia cuyo subsuelo está cargado con la fuerza de su revelación. Da con su voz –su alma– y es como un relámpago: pasa de la nada al todo. Sucede que en un país como Colombia es común que las revelaciones de muchos converjan. En Rebelión, Daniel Ferreira echó mano de realidades sociales y las volvió ficción para expeler una verdad mayor: la de tantas voces acalladas durante la larga noche de las injusticias.

*Cuentista colombiano.

Jose Nodier Solórzano: Rebelión de los oficios inútiles

Por Jose Nodier Solórzano, Crónica del Quindío

Las sociedades de todos los tiempos, desde la invención de las imágenes lingüísticas,  han necesitado de sus escritores. De esos seres que sin que nadie se los pida andan por el mundo con los ojos alborotados, la mirada atenta, casi demente,  y un aguijón ensopado de dulzura y acidez entre sus dedos.

Ellos, los honestos en su expresión, los que dejan la entraña en cada palabra, dicen más que los mismos historiadores de método y saben interpretar su tiempo. No conocen esos escritores, tal es su devoción por la palabra, de evasiones a la realidad. Casi que rezan con George Steiner, el crítico francés, que “los hombres son cómplices de lo que les deja indiferentes”.

Así pienso al leer  Rebelión de los oficios inútiles, novela de Daniel Ferreira, un escritor colombiano, que hace la presentación de esta obra (hoy) en el desarrollo del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, en Calarcá.

Es notable el talento narrativo de Ferreira. Construye personajes creíbles, porque nacen de su imaginación, obvio, y en particular de una realidad que los obliga a crecer en la ficción y en la conciencia  de su creador. No los matiza en sus defectos, no los encubre en su talante político,  porque son amalgamados entre sus dedos de hábil estilista, de escritor de oficio.  

En la novela, escrita en tres líneas o discursos narrativos, el autor diseña la arquitectura moral de los personajes, mantiene la atención del lector y la alimenta con el vertiginoso ritmo de su fraseo, que en su sintaxis  es riguroso. La precisión confiere elegancia a esa gramática de  emociones en los tres personajes principales. Gramática y dramática, para recrear una debacle colectiva.

Uno, con cierta facilidad, desentrañaría de la novela su época, porque visualiza y ancla muy bien la Colombia de 1970, aquella donde las prácticas militaristas, la concepción autoritaria del gobierno, criminaliza la protesta social, como ocurre aún en los imaginarios de muchos colombianos, que no entienden que un personaje como Ana Larrota, dirigente de un movimiento popular, es solo el producto de la exclusión y la marginalidad.

Simón Alemán, por su tanto, es un aristócrata arruinado y venido a menos, que tiene su mejor versión cuando joven viaja a Italia y a Estados Unidos en procura de mantener ciertos sueños, ciertas búsquedas intactas. Las mismas que luego, al calor de licores, podrá invocar con la nostalgia propia del fracasado.

A su vez Joaquín Borja, el periodista de la Gallina Política, una publicación local, nutre con su independencia una insurrección en un pueblo de Colombia. Reivindica este personaje el ideal de una prensa libre, despojada de los intereses pragmáticos tan propios de nuestra realidad.

Rebelión de los oficios inútiles es un libro de ficción que evidencia el porqué de la guerra en Colombia. Ganadora del premio Clarín de Novela 2014, en Argentina,  su polifonía nos pone de frente a la tragedia que hemos vivido por cuenta del Frente Nacional, de su  obtusa cerrazón ideológica y política.

Daniel Ferreira es un escritor indispensable para una comunidad, como lo es Pablo Montoya  o Fernando Vallejo, en su postura de conciencia crítica del país, porque redescubre con destreza literaria las llagas  de un cuerpo travestido, enmascarado, de civilidad.

Rebelión de los oficios inútiles, en Semanario Voz

Por Juan David Aguilar Ariza 
Fuente: Semanario Voz

–¿Cómo construir una realidad como la colombiana si posee en sí misma la paradoja de sonar inverosímil?

–Imagino a mis personajes descifrando arquetipos de una sociedad descosida como la nuestra donde los antihéroes están en muchas manifestaciones de la cultura popular. Donde los héroes, contrario al adagio publicitario, no existen, porque no sobreviven, porque los matan o los desaparecen, o van al exilio. Donde los personajes principales de los dramas han sido siempre un sujeto colectivo, borroso, olvidado, secundario: las Antígonas, los rebeldes, los desvalidos. Imagino cuáles serán las metáforas del pasado. Cuáles son los momentos de ruptura de una sociedad como la colombiana. Observo cuáles han sido los dramas colectivos y veo que coinciden con historias que he visto de cerca. Luego escribo sobre mi pueblo y es como si escribiera sobre todos los pueblos.

–¿Cómo logra las voces, por ejemplo, la de un niño, o la de un alcalde militar?

–No sé por qué se me ocurren justo esas tragedias, esas voces, una anciana que exhuma los restos de su marido, un niño que camina por un escenario de barbarie, una madre filicida que decide sacrificar a un hijo desvalido, un pintor que plasma en un fresco la tragedia colectiva que se cierne sobre un pueblo. Me inquieta el arte trágico. El gran arte para mí es el arte trágico. Goya. Caravaggio. Vida y destino. El camino del tabaco. El águila y la serpiente. La casa grande. Absalom Absalom. Mi infancia ocurrió en un pueblo. En lugares específicos de un pueblo: un río, un parque, una casa. Siempre sitúo un argumento dramático en un pueblo, y dentro del pueblo, siempre en lugares de periferia, y estos parajes se corresponden con recuerdos de mi infancia.

Cualquiera puede escribir ficciones basándose en la infancia que tuvo. La infancia es una esponja que lo va absorbiendo todo: las leyes de la vida, el estado del mundo, las taras, la moral. Lo más personal, lo que nos pertenece de forma más íntima es nuestra infancia. Recuerdo al sacristán de la iglesia, Carlitos, en la escalera del campanario de la torre indicándome cómo darle cuerda al reloj y la vista desde el pueblo desde ahí, el edificio más alto que había, y por eso para mi el horizonte está debajo.

Recuerdo los paisajes, por las jornadas de caza en los montes cercanos. Recuerdo que mi madre me había dado un cuarto sin ventana en todo el centro de la casa y que allí nos refugiábamos cuando había enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército. Recuerdo animales, gente viva, gente muerta o gente que mataron. A los que mataron, los recuerdo cuando estaban vivos. Esos recuerdos no coinciden con cadáveres que estaban tendidos en la calle ensangrentados o en un ataúd. El recuerdo de la gente viva aumenta cuando la encuentras muerta.

–¿Su literatura intenta equilibrar de cierta forma los poderes, darle voz a los invisibilizados?

–Hay poder y hay no poder. El poder se impone. Para eso les sirve a los poderosos la violencia, la barbarie legal. La lucha por el poder será aplastada siempre por el poder de turno. He escrito sobre esas contradicciones. Pero no me interesan los actos de violencia en sí, porque los conflictos dramáticos de los personajes son más importantes que las situaciones en que discurre su destino. Hay una intensión ética, política y estética en lo que cualquiera escribe, pero no es indispensable que el lector lo disocie. El lector con su propia axiología puede encontrar las fronteras éticas, los dilemas morales y las tensiones políticas de una obra.

La prosa no puede ser revolucionaria si no trata de cambiar la sociedad. Basta con que resuelva las formas anteriores con nuevas formas, nuevos contenidos y nuevos pensamientos. Yo escribo para descifrar mi mundo. Para mentir, para no mentir, para amar, para recordar lo que otros han olvidado, para convertir en metáfora la tragedia colectiva, para levantarme cada mañana y seguir vivo, para no enloquecer, para enloquecer, para soñar, para hacer algo hermoso con mis angustias y mis pesadillas y mis derrotas.

Por lo demás, la realidad es inabarcable. Yo he delimitado mis temas para que coincidan con lo que conozco o con lo que me apasiona. Tener todos los temas es tener ningún tema. Mis temas son la orfandad, el destino colectivo, la lucha del no poder contra el abuso del poder, el misterio del amor.

–Usted lee a escritores poco conocidos ¿Lo hace por una estética de los apartados del sistema. Encuentra en ellos cierta belleza de lo “imperfecto”?

–El canon está determinado por la industria editorial. Y eso habla de lo que es este mundo de hoy. El canon es Penguin. Eso determina comportamientos de lectura, nichos, autores, premios, logros, difusión, presencia. A mí me gusta la literatura de periferias. De países al margen de la historia o que se parecen en su destino histórico al nuestro. Me gusta leer libros de autores de editoriales con pequeños fondos; editoriales y escritores y lenguas que han tenido que enfrentarse a las reglas del mercado mundial.

Así he encontrado a Max Frisch, Agota Kristof, Amo Oz, Nellie Campobello, Milorad Pavic, Michael Ondaatje, Coetzee, Reinaldo Arenas, Tomás Eloy Martínez, Walter Hugo Mae, Philip Forets, Patricia Nieto. Pero los leo sobre todo porque me los recomienda gente que considero buena lectora. Con eso me ahorro tiempo perdido en libros malos, y en suplementos de novedades o en estafas editoriales.

–¿En sus primeras obras había demasiado adjetivo, qué descubrió en ese proceso en particular con la palabra?

–Escribo con las palabras que usaba la gente entre la que viví cuando era niño. Palabras de un mundo particular que es Santander. Cuando voy a Santander siento que estoy entrando en mis libros. En un sentido más profundo, tal vez lo que escribo vive en mí por un tiempo hasta que encuentro palabras para fijarlo. Una historia puede empezar como un sueño primero. Me sueño siendo otro. Haciendo lo que en mi vida no haría. O lo que tal vez vi vivir en otras vidas.

Otras historia han empezado por relatos que me contaron de niño y que me han perseguido hasta ahora. Son historias que buscan un médium. Y yo las escribo como si fueran un mandato interno. Me producen insomnio. No puedo escribirlas por un tiempo, pero no dejo de pensar en ellas un solo día hasta que al fin descubro la clave, las pongo por escrito y luego me siento liberado. El modo de adjetivar lo depuré leyendo poesía.

–¿Y el I Ching y el amor?

–El I Ching es un libro que ayuda a descifrarlo todo. Toda mi infancia cabe en un estanque con peces de colores. El amor es un misterio más grande que el de la muerte, parafraseando a Wilde.

Rebelión de los oficios inútiles, por Alberto Pinzón Sanchez

Por Alberto Pinzón Sánchez | Radio Macondo
La Rochela. Prensa


(……) “esta historia comienza el día que fundé un periódico y continua el día que grabo este mensaje de viva voz en la bocina de un magnetófono, porque ya no escribiré más, porque debajo de los escombros de mi casa destruida encontré el cuerpo de mi hermana Luisa, fundé ese periódico para acompañar a un pueblo para narrar sus luchas y necesidades, para para contar sus historias domésticas, pero un pueblo que no se paraliza ante la atrocidad cotidiana, que permanece impertérrito ante la desaparición y la muerte, que animaliza al enemigo para darle muerte como a bestia sin alma, un país que responde unánimemente a los mercaderes de la moral, a la puesta en escena de los gobernantes y sus bufones, un país rodeado de muerte que se regodea con imágenes de millares de seres caídos y pide enseguida la pena de muerte para pagar crimen con crimen, para apaciguar su sed de sangre y su morbo, un país que masacra de uno en uno para que no se note el genocidio, un pueblo que es un monigote que permanece impávido ante la injusticia, un maniquí que considera a los escuadrones de la muerte como males necesarios, un país de sicofantes, de impostores, de traidores, con ciudadanos acéfalos que actúan como subnormales con artistas y músicos despreciables que actúan como bufones de una clase y hacen las bandas sonoras para acompañar el ruido de fondo de la infamia con políticos de baja estofa que legislan sus destinos desde una cueva de raposos, con la muerte como economía menor, un país un contaminado de envidia malévolo, culpable como los asesinos que pide ajusticiar en la ley del ojo por ojo y diente por diente, un país que lleva dentro la letrina que le dejaron por corazón, la herencia de la atrocidad, el esperpento que llamaron democracia, la justicia, esa venérea inoculada al nacer, su desahucio, la capacidad para heredar odio, un país de sayones, de sicarios, de ladrones, de usurpadores, de banqueros, de lacayos, de soplones, de infanticidas, un país que considera la milicia como un oficio noble y no parasitario, un país que se siente inferior a sus militares, que le otorga superioridad y servidumbre a la investidura castrense, un país que permuta el crimen por condecoraciones, un país que terminará el siglo con escuadrones de la muerte que tratarán como desechables a los  derrelictos, a los destechados, que ajusticiarán sin ley a los que viven en las calles que acabará el siglo en la debacle más aberrante desde su colonia salvaje, aherrojado a los contradictores, eliminando a los objetores, acabando con una generación entera que será enterrada en fosas comunes desperdigadas por todo el territorio, con hienas sedientas de dinero y sangre que se apropiarán nuevamente de las tierras fértiles, mercaderes de la moral que harán del Estado una ingente gleba de nepotismo, ese pueblo merece que lo sometan, que lo manipulen, que lo estafen, eso pensaba entre las ruinas, sumido en el escepticismo”(…….)

Así percibe el joven Daniel Ferreira a la actual Colombia y así la describe por boca del periodista Joaquín Borja, fundador del periódico alternativo “la gallina política-prensa libre”, en una de las últimas páginas de su impactante (no tengo más adjetivos) novela “Rebelión de los oficios inútiles”, con la cual en 2014 ganó el premio Clarín, publicada en Alfaguara Bs As ese mismo año y que lo consagró como uno, sinó el mejor, escritor colombiano en lo que va de siglo.

Sin embargo y mientras tanto, hay quienes, por los laureles y reconocimientos pseudo-literarios que momentáneamente pudieran dar una columna en la revista Semana.com. 01.06.2016 (¡ay la revista del sobrino del presidente de Colombia, una de las más importantes trincheras de la contrainsurgencia colombiana!) para quienes posiblemente la guerra terminó en junio de 1996 en Remolinos del Chaguan; talvez confundiendo el concepto civilizatorio y universal de Paz, con la firma de unos acuerdos para finalizar el conflicto armado de Colombia, les aconsejan a sus antiguos compañeros de armas, los “viejitos de las Farc envejecidos echando bala”, que para no volverse obsoletos y más vetustos aún, cambien de “relato”.

Que “armen” uno más post-moderno, o más chévere. Como si la guerra contrainsurgente desarrollada en Colombia desde hace tantos muertos y tantas infamias, fuera un simple “relato para armar” narrado por alguna ONG o alguien con un mínimo talento para escribir, y no una realidad social compleja históricamente determinada, que espera ser trasformada o cambiada profundamente a partir de lo realmente existente, mediante una formidable movilización social como la que hoy se está presentando ante nuestros ojos. Cual si no hubiese pasado nada y todo se compusiera con “un buen cuento bien echado y con chispa”.

En fin… como si se pudiera evitar el proceso vital y universal del envejecimiento humano, o este fuera una afrenta irreparable. Un baldón personal que impidiera a los viejos, el “übergang” (transición y superación marxista) hacia lo joven, nuevo y superior. En fin, como si los muchachos que vienen empujando con tanta fuerza no tuvieran nada en el cerebro o no hubieran sacado lecciones teóricas de las experiencias vividas colectivamente y se hubieran traicionado. En fin…. como si no siguiera nada y la guerra contra la Historia de la humanidad (con mayúscula) decretada en 1991 por Fukuyama y adelantada con todos los fierros posibles, en todas las partes posibles, por el complejo militar-industrial-financiero y el Pentágono estadounidense ya hubiese terminado y hubiera sido ganada totalmente por ellos, no quedando nada más que la nada (el vacío) existencial. En fin.

Rebelión de los oficios inútiles, Humberto Ballesteros

Humberto Ballesteros | Fuente
[Traducción aproximada]


And this is a perfect cue for the entrance of our second author, Daniel Ferreira, born in the town of San Vicente de Chucurí, department of Santander, in central Colombia. When he was six years old, Ferreira heard shots in the street, ran to the door, opened it and saw two men in uniform, perhaps guerrilla fighters but most probably members of a paramilitary group, that killed two policemen in front of the terrified child and left without noticing him. In a recent interview, Ferreira references that traumatic experience as a possible motive for his obsession with Colombia’s violence. Ever since he has wanted to know why these men had to die; and in his effort to understand that, he has been forced to grapple with the myriad atrocious complications of our history. The result of that obsession is a titanic project, which he calls the Infamous Pentalogy of Colombia: Five novels, of which he has already published three, each focused on one aspect of the conflict.

The third and most recently released volume of the Pentalogy is Rebelión de los oficios inútiles, or Rebellion of the useless trades; an account of the short-lived insurrection of a group of poor workers of a small Colombian town in the 1970’s, in the immediate aftermath of the presidential elections of that year, elections that left an important mark. On April 9th, 1970, conservative candidate Misael Pastrana Borrero was declared president after suspiciously defeating the immensely popular candidate of the opposition, Gustavo Rojas Pinilla. In the first official reports, Rojas was comfortably beating Pastrana; but then communications with the electoral offices were suddenly interrupted by what was later described as a ‘technical malfunction.’ When they were restored, the count was over and Pastrana was shown to have beaten Rojas by a very short margin. The results were challenged by Rojas’ supporters and examined by the Electoral Court, which confirmed the election of Mr. Pastrana on July 15th. This led, among other developments, to the creation of the M-19, one of the main Colombian guerrilla groups, active for more than two decades. So Ferreira has chosen to stage his novel in a particularly important moment of our history, and it is the beginning of this novel that I want to mention today as my second moment of delight.

The book opens in a fairly straightforward way: “Esta historia comienza con…”, “this story begins with…” What follows is a purposefully dry, journalistic account of the kidnapping, and subsequent torture and murder, of Serafín Meneses Tovar, a construction worker, by members of the military forces of Colombia. The only punctuation marks between the sentences are commas; Ferreira literally does not leave you any room to breathe. And there is no pause, either, between the end of the Meneses Tovar story and the beginning of another one, which also begins with “esta historia comienza con”, “this story begins with”, and is the story of Benigno Durán, a peasant which is kidnapped by soldiers after inquiring about a friend of his who has recently disappeared; but we never learn of Durán’s fate, because his story is interrupted by yet another “esta historia comienza con”, and this new story is that of Zacarías Arrieta, an electrician who is imprisoned after a suspicious search by the police in which weapons which he had never seen before are discovered in the back of his truck. And yet again this story is interrupted by another “esta historia comienza con”, and another one follows after that, and another, and another, and another. And there is no pause between any of them. And after dozens of these stories, all of them different, all of them the same, the chapter ends without a period, or a comma, or any other punctuation mark. It’s just interrupted. Because clearly there is no end to this series of terrible beginnings, for even before a beginning gets to an end there is another beginning, and another, and all of them lead to the same dark place. And I find this beginning of Ferreira’s novel absolutely delightful.

Delightful here perhaps seems like a problematic word. But allow me to explain.
Readers of contemporary Latin American fiction are not total strangers to the furious beauty of total despair perfectly rendered. An illustrious antecedent of Ferreira’s masterful beginning is the third book of Roberto Bolaño’s 2666, in which the murders of dozens of poor women in Ciudad Juárez by a mysterious, bestial serial killer are detailed in a dry, journalistic style, one after the other, relentlessly, until the accumulation of names and similarities and differences and blood and knives and bullets and corpses and wounds and blood and names becomes an unbearable weight in the reader’s mind. And perhaps there is no better way to portray the dehumanizing effects of absolute violence. This is what Ferreira does in the opening pages of Rebelión de los oficios inútiles, except for the key fact that he has chosen not to finish some of his stories and not to use any punctuation; and those stylistic additions are as subtle as they are brilliant. And I find it to be a source of painful, paradoxical pleasure that a young Colombian author who, for both personal and aesthetic reasons, has been forced to grapple with the endemic violence of our society, has found such a perfect literary vehicle for his, and our, despair. Because I believe, as Dante did, and perhaps as Ferreira also does, that the acknowledgement and the exploration of hell is a necessary prerequisite for escaping it.

Javier Moreno sobre Rebelión de los oficios inútiles

Javier Moreno | Escritor y editor de Hermano Cerdo | Finiterank

A veces de lejos Colombia se ve (y sé que no se reduce a eso, lo sé) como una masacre constante e interminable donde los bandos mutan y evolucionan, bifurcan, se funden y difuminan pero la muerte rabiosa persiste incolumne, arrasando con gente mayoritariamente pobre, mayoritariamente campesina, mayoritariamente oprimida, a quienes les da más o menos igual quién gane o pierda tanto en la confrontación circunstancial como en la global ya que sus vidas y las de sus conocidos y descendientes son determinadas por la guerra y sus reverberaciones más que por la identidad y afiliación de quienquiera que ocupe el papel de la autoridad (inevitablemente déspota, reaccionaria y explotadora) en los territorios que habitan y trabajan: tan lejos y tan incomprensibles para los educados que desde las ciudades los estudian, analizan, gobiernan y mal resuelven (aunque estén justo al lado). La rebelión de los oficios inútiles de Daniel Ferreira es una novela sobre eso, sobre ese efecto de la guerra lejana y la forma como es más o menos siempre la misma pese a todos los cambios a su alrededor, tan parte integral de la configuración social establecida como los apellidos de las familias poderosas y las jerarquías estrictas que aseguran que algunos muchos vivan mal y sin futuro para que otros pocos vivan bien y cada vez mejor.
Primicia Diario

Rebelión de los oficios inútiles: el nudo de nuestra violencia, por Ivan Andrade

La obra del santandereano Daniel Ferreira, ganador del Premio Clarín de Novela en 2014, le da voz a los olvidados de siempre en nuestra historia y nos ayuda a entender mejor el origen de nuestra violencia atávica.
Por Iván Andrade* | Razón Pública


Rebelión de los olvidados

“Lo que buscamos es cambiar el futuro”, le responde Ana Dolores Larrota a sus interrogadores militares. La anciana representa a los despojados que se han visto obligados a ocupar las tierras que fueron arrebatadas a sus antepasados por los poderosos de siempre. Es la rebelión de los olvidados, de los oprimidos. La rebelión de los oficios inútiles.

La gente que hace “los trabajos que no se consideran trabajos” no puede soportar por siempre la injusticia y los atropellos, no puede ignorarse toda la vida. Ana Larrota y sus compañeros han visto y experimentado en carne propia la exclusión de un país que olvida al débil y al pobre, aunque, paradójicamente, son esos débiles y pobres los que sostienen sobre sus hombros a los demás. Así que se rebelan.

Pero esa rebeldía se muestra como un movimiento sin razones, como una revuelta de criminales y perezosos que se niegan a trabajar para merecer la vida. La “gente de bien”, la que controla los medios y las armas, deforma los objetivos y las proclamas de los rebeldes y los hace parecer lo que no son. Con sus mentiras borran de un plumazo toda una historia  de explotación, desplazamiento, opresión y violencia. Se lavan la cara y muestran a las víctimas como victimarios.

Aun así, quienes se encargan de los oficios inútiles siguen adelante. Se atrincheran en un pedazo de tierra que bien podría ser la representación de toda la tierra que les han robado, un punto en donde se concentra la historia de la usurpación, del olvido y la muerte.

“—Ana Dolores —le dijo el hombre de las tenazas—: las antorchas ya deben verse desde el pueblo.

—Mejor: así sabrán que la protesta iba en serio.

—¿Y si salen los toros a misa?

—Que vengan juntos, ejército y policía.

—¿Y si disparan?

—Que disparen, Lorenzo. A nosotros ya no pueden matarnos, porque para el gobierno no existimos: ya estamos muertos”.


El nudo gordiano

En la novela Rebelión de los oficios inútiles hay un recurso narrativo que me parece clave: la repetición de la frase “esta historia comienza”. Digo que es fundamental porque muestra la complejidad de nuestra historia convulsa, una historia que comienza y termina con muchas personas y en varios lugares, de diferentes formas y con variados resultados.

Rebelión de los oficios inútiles está lejos de ser un panfleto.
Empieza con los campesinos y trabajadores que han sido torturados y asesinados por quienes deberían protegerlos, con los policías y soldados que mueren por los intereses de personajes que no saben a qué huele la sangre, con los periodistas que se atreven a desenmascarar la verdad oficial y sufren las consecuencias de su valentía, con los terratenientes que se lucran de la expoliación y están convencidos de tener el derecho a hacerlo.

¿Hay buenos y malos en esta historia? Seguramente sí. Pero la literatura, como la vida, es más compleja que eso. Y en todas esas vidas, ideales, luchas y mezquindades que se cruzan en la historia está el testimonio del nudo gordiano de nuestra violencia. Alejandro Magno cortó el nudo con su espada. Nosotros también hemos intentado desatar el nudo violentamente, pero solo hemos logrado enredarlo más.

Deshacer el nudo se ha complicado porque nos hemos dejado contar una historia espuria, donde la dignidad de los oficios inútiles aparece como salvajismo y desvergüenza, y donde la brutalidad y la iniquidad usan los ropajes de la justicia y la verdad.

Rebelión de los oficios inútiles es un recordatorio de que el conflicto de hoy hunde sus raíces en un pasado sangriento e injusto, un pasado que se repite una y otra vez porque, como decía William Faulkner, ni siquiera es pasado.

Los olvidados

No sé si Daniel Ferreira autor de Rebelión de los oficios inútiles, tenía a Albert Camus en mente cuando escribió esta novela. Quisiera creer que sí. No por el estilo, sino por las palabras que pronunció este al recibir el premio Nobel: “el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren”.

No hay que confundirse, Rebelión de los oficios inútiles está lejos de ser un panfleto. Por el contrario, es una novela estremecedora capaz de ponernos ante seres casi palpables que testifican el sufrimiento y los atropellos, pero también la dignidad y la voluntad que no se rinden ante las peores dificultades. Los olvidados, los pisoteados que sufren la historia son de carne y hueso y protagonizan la novela, se alejan de los números fríos y distantes con que nos han contado la violencia y con su voz y su presencia narran esa crueldad que se ha tragado tantos recuerdos, tantos amores, tantas esperanzas. Tantas vidas.

Los oficios inútiles no se resignan. Siguen adelante, salen del fango, quieren ver la luz a la cual tienen derecho: “Lo que buscamos es cambiar el futuro. La forma en que vivimos. Las condiciones en que estamos dispuestos a realizar un trabajo. La forma en que están repartidas las responsabilidades en una casa y en el trabajo y en el amor y en la vida diaria. Esta lucha común ha unido a gente que realizaba trabajos que no se consideran trabajos: como vender frutos de la tierra en las plazas de mercado, como abrir las venas del alcantarillado, como criar niños, como mantener una casa limpia, como lavar ropa en un río porque no hay acueducto, como recolectar cosechas, como pegar ladrillos para construir casas de otros, esta lucha unió a gente que está acostumbrada a sentirse marginal, en el último puesto de la fila del progreso. Esta gente busca un sitio que se parezca a la vida. El mundo cambia si cambia tu vida”.

Es una lucha de generaciones. Los olvidados recuerdan y siguen, pelean para que los de arriba dejen aunque sea un poco de espacio a los de abajo, como lo hicieron sus abuelos y sus padres. Aunque parezca increíble, quienes sufren la historia pueden ser valientes. Nos recuerdan a Atticus Finch en Matar a un ruiseñor: “Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence”. Son valientes y siguen poniéndole la cara a la élite que los menosprecia y los elimina. Ana Dolores y los suyos son una fuerza de la historia que tiene todo en contra, pero de todas formas persiste, incluso ante la amenaza de la muerte.

Joaquín Borja intenta mostrar la otra cara, poner en la prensa algo más parecido a la verdad, pero su idealismo se estrella contra la pared terrible del poder. Simón Alemán, por su parte, es uno de los privilegiados, pero también parece estar atrapado en la convulsión de la historia violenta del siglo XX colombiano.

Sudar hielo

Gabriel García Márquez publicó en 1959 un corto ensayo titulado “Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia”. Allí planteó que la novela que se ocupara de la violencia “no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas”.

Quienes sufren la historia pueden ser valientes.
En la lectura de Rebelión de los oficios inútiles uno sabe con certeza que esos hombres y mujeres rebelados supieron lo que era sudar hielo, han visto y sentido las consecuencias de la guerra. De nuevo Ana Dolores Larrota, frente a los militares que la interrogan, les da voz: “Tengo un problema para entender la justicia sin comprender su revés. Será porque a través de mi vida he sido testigo de más cosas injustas que de cosas justas, señor. Injusto fue ver arder un rancho a orillas de un río, y ver a una mujer esconderse en un platanar con sus dos hijos para que no los fueran a quemar vivos con los escombros de su casa reducida a ruinas. Esa mujer era mi madre. Espero que no tenga que decirle la identidad de los niños. Le puedo decir que injusto es dejar a un niño morirse de hambre o frío sin hacer nada. Me pueden matar o hacer matar, pero moriré diciendo que la invasión fue justa”.

Los rebelados han sudado hielo y han decidido hacer algo para dejar de tener miedo, para recuperar lo suyo. Una dignidad que se ha cultivado en la adversidad los motiva y los impulsa, aunque perder sea la más alta de las probabilidades.

Esa lucha fundamental es el centro de la novela y ha sido un elemento muy importante de nuestra historia, por lo que Rebelión de los oficios inútiles es una novela necesaria, una lectura capaz de conmocionar, y necesitamos esa conmoción para entendernos mejor.

Necesitamos, sobre todo, aprender a leer nuestra historia con los ojos de los que más la han sufrido.



* Historiador y magíster en Escrituras Creativas, corrector de estilo y editor.
@IvanLecter

Rebelión de los oficios inútiles
Daniel Ferreira

Lo que nos recuerda Rebelión de los oficios inútiles

Por Julián Mauricio Pérez G.* | Periódico 15, Bucaramanga, Unab
jperez135@unab.edu.co 

Este texto comienza cuando uno termina de leer “Rebelión de los oficios inútiles” y se queda pensando en el pasado como en una herida que todavía sangra a borbotones, y se imagina hasta dónde puede llegar la violencia y la barbarie de la especie humana, y se recuerda que algún conocido a muerto porque pensó diferente, porque iba en contra del statuo quo o porque en este país, siempre, alguien está dispuesto a matar a otro por dinero, por tierra o por venganza. Este texto comienza cuando uno termina de leer esta novela de Daniel Ferreira y descubre que la tierra vale más que la vida, que la tierra es dinero y que el dinero es poder; y quien posee tierra, dinero y poder es capaz de los peores vejámenes con tal de tener más y más. Publicada por la editorial Alfaguara en septiembre de 2015, “Rebelión de los oficios inútiles” es una novela que narra la lucha violenta entre un grupo de campesinos, la “fuerza pública” y un terrateniente.

Esto ocurre cuando el grupo decide tomarse una tierra baldía en la que el terrateniente Simón Alemán desea construir un condominio. En casi trescientas páginas, la novela nos presenta una historia en la cual los campesinos sufren el destierro social, la discriminación humana y la avaricia “progresista” de los años setenta. Con una poderosa voz, Ferreira nos lleva a un pasado cada vez más reciente para hacernos reflexionar sobre nuestras acciones diarias, la igualdad social y el medio y los fines de aquello que hemos llamado desde hace varios años “el progreso”. En esta obra, las acciones de los personajes están motivadas por la confrontación entre intereses particulares y comunitarios.

Los campesinos luchan por tener un lugar dónde vivir con sus familias, dónde soportar con menos indignación el hambre y la iniquidad; mientras otros pocos viven entre la indolencia, el desprecio y la ostentación. Sin embargo, el poder de la novela no está en estos hechos, sino en cómo el novelista construye la historia, cómo nos conduce por caminos diversos y distintos. A la hora de fabular, el escritor presenta un sinnúmero de recursos narrativos que llevan al lector a arrebato de los mismos personajes.

Quizá, con un estilo incansable y potente como el de Céline o Mc- Cullers y con una manera desnuda y cruel de describir las acciones y los pensamientos humanos como lo hacen Capote y Bukowsky, estamos frente a una de las jóvenes voces más inquietantes y esperanzadoras de la literatura colombiana. Escrita durante casi siete años, esta obra fue ganadora en el 2014 del Premio Clarín de Novela en Argentina. Uno de los jurados del premio, Sylvia Iparraguirre, afirmó que “es una gran novela latinoamericana, polifónica, que se dispara a partir de unas elecciones fraudulentas en abril de 1970 en Colombia y que logra una prosa que hace mucho tiempo no leía”.

Sin duda alguna, aquellos lectores curiosos que se acerquen a esta conmovedora historia evidenciarán el acierto de estas palabras y, además, entenderán por qué hasta ahora se habla del premio que ha obtenido. Aceptarán que la novela habla por sí misma del talento de Ferreira como constructor o fabulador de historias, de su ingenio para contarnos algo muy humano y natural: la lucha a muerte por la propiedad de la tierra.

En varias entrevistas el novelista santandereano ha dicho que “la única obligación de un escritor es recordar”; y para recordar hay que leer, investigar, ser un sabueso de la historia, olfatear en aquellos lugares recónditos que son difíciles de percibir. Esto nos permite reconocer que Ferreira, además de ser escritor, es un gran lector de nuestra historia. Por esta razón, este texto termina cuando empezamos a recordar que aquello que nos cuenta Ferreira se parece mucho a nuestra realidad, a la que sabemos que otros viven, a la que intentamos olvidar para no hacer nada.

*Docente del Programa de Literatura Virtual, UNAB.

Rebelión de los oficios inútiles, por Tomás Aurelio Muñoz

Tomás Aurelio Muñoz  (Universidad Javeriana. Miembro del colectivo El Alacrán. Presentación Fiesta El Alacrán, Bucaramanga).

Esta novela de Daniel Ferreira es una obra de arte que se introduce en toda una tradición de la gran novela colombiana, la novela de la violencia. Pero, más que introducirse o sumarse, entra en diálogo con ella. Al leerla uno reconoce la realidad de nuestro país a través de ciertos rasgos, como el toque de queda y el Estado de Sitio de La mala hora o el anonimato de ciertos organismos como La Sociedad de Hierro, muy parecida a la de los ejércitos de la novela de Evelio Rosero. Pero, al dialogar con la tradición de la novela de la violencia colombiana, no la deja intacta, por ejemplo, de las novelas que conozco, ninguna tiene tan marcada la lucha de clases como causa de la violencia. Por lo general ésta está enmascarada por luchas individuales o se ve relegada como causa.

Una reseña sobre esta novela resulta difícil y quizá se trate de una tentativa de reseña, pues no es fácil saber por dónde comenzar. Vale hacerse la pregunta ¿cuándo comienza el tiempo de la historia, es decir, cuándo empieza lo que se está narrando? Las primeras palabras del libro son: “Esta historia comienza con el albañil Serafín Meneses Tovar, quien hacia las ocho y treinta de la mañana…” y continúa con comienzos de esta historia, en los que se hace una especie de antología de víctimas de un momento específico, los setentas, pero el lector reconoce estos casos específicos como una constante de nuestra historia.

Esta manera de desaparecer, de asesinar, de torturar, de que el ejército tome por la fuerza a los civiles, es un rasgo que parece pertenecer no sólo a esta década específica, sino a gran parte del siglo pasado y lo que llevamos de éste. La novela está cargada de ecos que no menciona, previas o posteriores, como Trujillo, El Salado, El Aro, San José de Apartadó, el Bogotazo, la toma o, mejor, la retoma del Palacio de Justicia y un largo etcétera. El libro indica que esta historia comienza muchas veces, en muchos momentos y con muchos acontecimientos, así como la historia de Colombia. Detenerse a precisar el momento exacto en el que comienza nuestra tragedia es una tarea tan abrumadora como nuestra historia misma. Desde la técnica, este capítulo está muy bien logrado y no podría ser escrito de otra manera por esto mismo; la ausencia de puntos, incluido el punto final del capítulo, genera un vértigo y señala que esta historia, como la historia colombiana, no termina o no ha terminado. Esta técnica se repite en varios capítulos.

Esta historia que cuenta la novela es la de las víctimas y los victimarios. Pero no desde un punto de vista maniqueo, no se limita a apuntar responsables y víctimas, se adentra en las vidas, en los pasados y en las preocupaciones de los actores de la violencia; así, cuenta la historia de Ana Larrota, su infancia, sus matrimonio, la vida de su marido y su hijo muerto por una bala perdida, la de su hermano, la de ella misma luchando por los derechos de los “destechados” en el Sindicato de Oficios Varios, su juicio marcial y su muerte cuando pelea a cuchillo limpio con su asesina en prisión, como un duelo de gauchos. Igual sucede con la vida de Joaquín, director de prensa independiente y crítica, que sufre la pérdida de un ser amado por asumir su trabajo de manera ética, quien nunca conoció como tal el amor de una mujer y problematiza la incidencia de su labor de intelectual en el mundo real. Este proceder narrativo les da un rostro como víctima.

Pero no se queda ahí. También nos muestra brevemente la historia del capitán Penagos, quien sufre un conflicto con la invasión que debe erradicar de la propiedad del señor Alemán, porque reconoce en un niño de la “invasión” a su propio hijo. Está, por ejemplo, la historia un poco difusa de Martina, la asesina de Ana Larrota, y se destaca sobremanera la historia de Simón Alemán, un terrateniente feudal colombiano con ideología burguesa, cuya familia, cargada con el peso de la idea de la nobleza, expropia una tierra enorme como botín de la Guerra de los Mil Días. Su historia es una de amor, de viajes y de ilusiones a partir de la propiedad privada. Y por esto quizá se puede decir que, en el fondo, brille el ideal como tal marxista de expropiar al expropiado, ideal viciado por el caso venezolano.

La novela, así, pasa de lo privado a lo público y viceversa, demostrando que la historia de nuestra violencia nos afecta a todos en todas nuestras esferas. Sin embargo es digno de mención que, aunque esta relación exista en todos los personajes, sólo uno no logra dimensionarla, Simón Alemán, pues para su ideología burguesa resulta imposible concebir una colectividad más allá de la tragedia personal y todo se puede explicar para él desde su amor fallido con la italiana Laura Litri. Quizá por esto es que se aventura en la excursión final de la novela a incendiar el campamento de los destechados, pues para él el otro no es más que una cualidad de su tragedia personal, no un rostro de una colectividad en desgracia.

El único sector que no queda como tal al descubierto, con una historia que le dé humanidad de victimario, es La Sociedad de Hierro. Pero parece que no la necesita, queda muy al descubierto con su consigna (que coincide con la de los sectores más conservadores de nuestra historia, incluidos un partido y un ejército paramilitar): tradición, familia y propiedad privada es un leitmotive colombiano, la excusa más estúpida y válida para matarnos los unos a los otros. La Sociedad de Hierro no necesita un rostro, el lector crítico ya sabe quiénes están detrás de esta máscara.

Aunque el panorama parezca aterrador, que lo es, aunque este país se construya “Piedra en la piedra, y en la base, harapos”, como decía Neruda, la novela cumple la tarea del gran arte: rescata la dignidad de los hombres que padecen la historia. Esta dignidad está presente en las luchas, en el aguante, en los ideales, en la búsqueda de lo justo, en la determinación de vivir y de morir, en el coraje de la verdad que se sobreponen a las amenazas contra la libertad de prensa, a los juicios marciales, a la peligrosa masa que ignora su historia, a los interrogatorios, a la tortura y al olvido.

Rebelión de los oficios inútiles, por Mattías Meragelman

(Antes de adentrarse en esta reseña, los lectores deben saber que el libro del colombiano Daniel Ferreira es el mejor texto que leí en los últimos años. Hacía mucho tiempo que una novela no me impactaba tanto. Hecha esta advertencia, pueden leer).
“Rebelión de los oficios inútiles” es parte de una serie de cinco relatos que el colombiano Daniel Ferreira decidió escribir como parte de la descripción sobre su país y que en el caso de este libro en particular le valió el premio Clarín de novela del año 2014.
El texto narra la historia de Ana Larrota, una dirigente social que encabeza la lucha por la ocupación de unos terrenos abandonados y que pretenden se usen para construir viviendas para los sectores carenciados de la población. También cuenta la vida de Simón Alemán, el empresario dueño de esos predios y al mismo tiempo el protagonista de una historia de vida marcada por el desamor. Finalmente, aparece Joaquín Borja, el periodista que decide contar la historia de estos personajes y enfrentar desde el relato periodístico a la sociedad de la cual forma parte.
La primera virtud de esta historia es cómo está escrita. Ferreira logra una gran dinámica narrativa y la concreta a partir de una mezcla de estilos: aparece y desaparece la primera persona, surgen nosotros, ellos y ustedes, capítulos sin puntos aparte y con párrafos eternos. Sin embargo, en todo momento uno sabe quién y de qué está hablando. Un relato que manifiesta muchos estilos sin que el lector se pierda.
El segundo elemento a considerar es la gran metáfora que la obra es, desde su título, desde las pequeñas historias de los personajes y sus consecuencias colectivas. Ferreira logra el sueño de todo escritor de pintar su aldea para estar pintando el mundo. No está contando la historia de un pueblo de Colombia, está narrando una gran parte de América Latina y es fácil sentirse identificado con muchas de las historias que en este texto se plantean.
Quizás más cerca de la crudeza de Fernando Vallejos que del realismo mágico de García Márquez, quizás parecido a algunos momentos de Vargas Llosa y su descripción de la dictadura de Trujillo. Daniel Ferreira impacta, atrapa y si el resto de la “Pentalogía de Colombia” logar mantener el mismo ritmo, estamos frente a un joven de 34 años que seguiremos leyendo por varios años más.

Mattías Meragelman [Argentina]

Un café en Buenos Aires con Daniel Ferreira, por Pablo Di Marco

Foto: El Clarín

[Esta entrevista hubiese sido imposible sin el generoso aporte de Isaías Peña, Pedro Martínez Domene, Laura Massolo, Juan Pablo Fiorenza, Jerónimo García Riaño, Silvia Miguens, Marco Tulio Aguilera Garramuño y Luz Mary Giraldo. Mi agradecimiento tanto a ellos como a los queridos Gustavo Álvarez Gardeazábal y Nomi Pendzik.]

Por: Pablo Di Marco* / Especial para Libros & Letras.

Había en Daniel Ferreira un dejo de escritor extranjero en su propia tierra. Es una figura triste pero no infrecuente. Como si el camino a recorrer por el escritor no fuese de por sí tortuoso, muchos de ellos deben cumplir una prueba extra: alcanzar el éxito en el exterior para poder ser reconocidos en su patria. 

Colombia —siempre tan generosa a la hora de acoger y reconocer artistas extranjeros— supo reparar su olvido, y el pasado 17 de septiembre Ferreira presentó su novela Rebelión de los oficios inútiles en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá. Para celebrarlo, le pedí a algunos queridos amigos que me ayuden a ahondar en el pensamiento de un muchacho al que los años de seguro convertirán en un clásico de nuestro rincón del mundo. 

—¿Qué haría Daniel sin Ferreira? (Isaías Peña, maestro de escritores colombiano)

D: Escarbaría en mi pasado, seguramente para defraudarme y morir rodeado de fantasmas como Juan Preciado Tocarruncho.

—Su novela tiene un aire épico, que recuerda a la lucha de clases, evidente y patente, en regiones olvidadas de toda Hispanoamérica, ¿considera que sigue siendo un tema narrativo de interés? (Pedro Martínez Domene, periodista español)

D: A la literatura le sirve cualquier tema. Los abismos de clase, en efecto, siguen presentes en Latinoamérica y la fisura, la brecha entre clases privilegiadas y gente que vive en la precariedad, entre explotados por el sistema voraz de la economía (que ahora es global) y opresores, no ha caducado. No será raro que sigan apareciendo relatos sobre confrontaciones sociales. El hambre de Caparrós, un libro inmenso construido desde el ensayo y el periodismo, es para mí el gran libro de lo que va de la década y nace de esta paradoja: ¿por qué hay hambre en el mundo si hay comida suficiente para todos? Toda la historia de nuestro continente es un enfrentamiento constante entre clases. La literatura es un sismógrafo que ha ido registrando los diferentes grados de estas fuerzas telúricas. Ojalá estén en el porvenir grandes libros que ayuden a comprender la vida en este lugar del mundo, en esta época, la nuestra.

—Indudablemente, uno de los pasajes más tristes de la novela es la muerte de Luisa, que se anuncia desde las primeras páginas. ¿Tuviste alguna experiencia personal cercana a un acontecimiento tan triste? Decís que tenés el plan de continuar esta historia en otras novelas. ¿Pensás trabajar desde el mismo narrador? ¿No te resulta doloroso crear una primera persona que es testigo de hechos tan crueles? (Laura Massolo, escritora argentina)

D: Hace poco circuló por internet un cartel en el que se buscaba a una muchacha desaparecida en Antioquia. Multipliqué el cartel de búsqueda en las redes sociales como otras personas. Pocos días después, la muchacha apareció muerta en Envigado. Esa tragedia me abrumó el día. Creo que es lo que pasa con la muerte de Luisa. La empatía por el destino del personaje involucra dos aspectos que hacen dramática su historia: es la muerte de un ser humano en el esplendor de su juventud y una muerte violenta a causa de una represalia en contra de su hermano. Eso la hace doblemente trágica, porque nuestras aceptaciones de la muerte son la muerte natural en la vejez, y lo que esté fuera de ese límite, sobre todo la muerte violenta, nos conmociona porque involucra una vida truncada y a alguien que se aboga el derecho de matar. La experiencia de esa tragedia proviene de la tragedia de los demás, pero pasada por la imaginación. No sé nada de la muerte de un hermano o ser querido, pero puedo imaginarlo. En el libro, todo lo que sabemos de la muerte de Luisa está enfocado en el pensamiento del sobreviviente, que es el hermano de la muchacha, asesinada en un atentado, pero es un dolor que se matiza porque queda interrumpido por las decisiones que toma el hermano tras el atentado.

Creo que la violencia se puede narrar desde muchos sitios, desde los orígenes, desde las consecuencias, desde el efecto en la vida de los sobrevivientes, pero no desde el dolor, porque el dolor paraliza. El dolor solo puede encontrar un lugar: el duelo. Por eso el relato finaliza cuando el protagonista se enfrenta a ese doble dolor: el de la pérdida del ser querido y el de la una muerte brutal.

Por lo demás, esta novela está terminada. No habrá segundas entregas. Lo que pretendo concluir es un proyecto literario de cinco novelas sobre el siglo XX que he titulado Pentalogía de Colombia. Pero cada pieza es independiente una de otra, con técnicas y puntos de vistas múltiples, múltiples lugares del sujeto, y los personajes, y las época, y las historias, todas están desconectadas al menos de uno a otro libro.




—¿Qué contacto tuviste con Ana Larrota?, ¿fue un personaje real?, ¿la conociste de alguna manera? (Juan Pablo Fiorenza, escritor argentino)

D: Hubo una líder cívica llamada Ana Larrota en este mundo, pero su destino no fue trágico como el del personaje del libro, aunque lleven el mismo nombre. Dejé su nombre por hacer homenaje a la mujer que construyó un barrio para la gente más pobre en el pueblo donde nací. De la real, solo me fueron contadas anécdotas pintorescas que por sí mismas no habrían permitido elaborar un personaje sólido. Sin embargo, el arquetipo sí ha estado presente la historia de Colombia, aunque no en la literatura colombiana. Manuela Beltrán, Antonia Santos, Policarpa Salavarrieta, Felicidad Campos: el arquetipo de la mujer que se rebela contra la opresión. No es raro. En una sociedad como la nuestra en las mujeres ha descansado gran parte de la explotación y de la opresión. A mí me conmueven sus historias, porque el coraje inspira coraje.

—Teniendo en cuenta que la violencia es un tema recurrente en la literatura colombiana, ¿cuál ha sido tu principal intención a la hora de escribir sobre ese tema? (Jerónimo García Riaño, escritor colombiano)

D: Ser fiel a los ciclos de barbarie en que se desenvolvió la vida de este país en el siglo pasado. Hemos trasegado por el sectarismo, por el horror, por la represión, por la desaparición forzada, por el genocidio, por el holocausto de cuerpos, por la política de tierra arrasada, y prácticamente la suma de todo ese pasado es una guerra civil de todos contra todos.

—¿Cómo hace para crear ficción en un país cuya realidad no deja de superar, cada día, a toda ficción e imaginación? Y por último, cómo hace para vivir en Bogotá sin esas deliciosas arepitas santandereanas? (Silvia Miguens, escritora argentina)

D: El arte es una forma de resistir. Y es curioso, pero ha florecido en los momentos de mayor oscuridad de las sociedades, y los artistas en Colombia van a tener que crear aunque haya paz o aunque cueste décadas la reconciliación.

Cuando voy a Santander traigo una provisión de arepas de maíz pelao y las congelo. Así que mi casa es una pequeña colonia de comida santandereana en Bogotá. Eso sí, te dejo en claro: detesto la “santandereanidad”. Cualquier rasgo de falsa “identidad” que alimente el orgullo de una sociedad machista, sectaria y paramilitarizada por su clase política.

—¿Cómo afrontas el pasar del anonimato casi absoluto al hecho de tener tus días de fama mediática? Y por último: menciona cinco novelas colombianas que consideres las más importantes después de Cien años de soledad… si las hay. (Marco Tulio Aguilera Garramuño, escritor colombiano).

D: La fama es un malentendido. La dan los demás. Y se confunde entre lo que hace un creador con el propio creador, como si lo más importante no fuera la obra. Aquí sigo a Hugo Hiriart y Gabriel Zaid que han estudiado la naturaleza de ese malentendido. Y es un malentendido que viene de confundir en un mismo ser: arte, vida de artista y mercado de arte. Hay gente que cree que es famosa y hay otra que cree que otros tienen la fama que desmerecen y de estas confrontaciones y suspicacias surge el equívoco. La fama no garantiza la perduración de una obra de arte. Lo importante es la obra, sus hallazgos formales, su solidez. La vida de artista está empedrada más de anonimato y frustraciones y precariedad que de éxito social. Muchos artistas comen mierda por años, a veces por toda la vida, sin recibir ninguna atención por los mercaderes del arte. El mercado del arte, al menos el del libro, se rige por márketing, promoción, y un largo etcétera de actividades extraliterarias. Lo que ha pasado es que se publicó un libro y que algunas personas le han dado un cierto reconocimiento. Pero es reconocimiento a una labor que me ha tomado años realizar, pero que no habría valido la pena si no existiera algo en el mundo, una novela. Este año he tenido compromisos relacionados con la difusión de ese libro y esto me ha ocupado un tiempo precioso que tenía para otras labores. Pero nada más. Hay que seguir escribiendo. Y para escribir, hay que estar solo.

Me gustan los Cuentos de Juana de Cepeda Samudio que leo como una novela por sus experimentos formales. En El Lejero de Rosero por su atmósfera y su conexión con Rulfo y Mejía Vallejo. Donde mueren los payasos de Luis Noriega por ser un ejemplo de sátira mordaz que es la manera más lúdica de narrar un periodo de oscuridad política como los dos mandatos de Álvaro Uribe. La cárcel de Jesús Zárate que se la recomiendo a todo mundo.

—¿Para qué sirve la literatura? (Luz Mary Giraldo, poeta y catedrática colombiana)

D: Sin ponerme místico, le daré la respuesta que me dio el yagé: la literatura sirve para comprender la vida y para descifrar a Dios. Pero hay otros mil caminos para eso. Cada uno de los que nos comunicamos a través de la literatura tendremos una respuesta distinta para esa pregunta. De todos modos no deja de ser una pregunta incómoda. ¿Tiene todo que servir para algo? ¿No es el mismo rigor del positivismo aplicado ahora a la literatura? ¿Lo que no sirve debe ser reemplazado o desechado? Hay miles de saberes e instrucciones que toman las personas a diario a los que dedican y sacrifican y desperdician vidas enteras sin cuestionarse si quiera si sirven para algo, pero que seguramente no sirven más que para frustrar sus sueños. Actividades que funcionan como simulacros de la felicidad: hacer dinero, ascender socialmente, viajar sin fijarse. La literatura es importante para los que leemos. Que no somos tantos en Colombia pero nos contamos por millones en el mundo. Y mientras siga siendo una pasión, será “útil” para alguien, en algún sitio, y perdurará.

Pablo Di Marco* Escritor y periodista argentino. Ganó la bienal de novela Jose Eustasio Rivera con Tríptico de la memoria. Vive en Buenos Aires.